Contradicciones y confusión entre la tiniebla de la derrota

Por Julio Blanck.

Graciela Ocaña era el símbolo de la transparencia en el Gobierno. Más que eficiencia en la gestión se le reconoció vocación por desatar los nudos de corrupción que encontraba a su paso. Y se fue.

Ricardo Jaime era el símbolo de todo lo contrario. Repartió subsidios muchas veces millonarios. Estaba ubicado en el centro de todas las sospechas. Carga encima con dos docenas de denuncias judiciales. Y también se fue. Sergio Massa había llegado al Gobierno prometiendo una etapa de más apertura y diálogo, después de la cerrazón feroz que antecedió a la derrota en la pelea contra el campo por las retenciones. No tuvo suerte en ese emprendimiento. Y se fue. Carlos Fernández entró al Gobierno en pleno conflicto con el campo. Pasó con absoluta discreción y bajísimo perfil por el Ministerio de Economía. Lo de él nunca fue ni apertura ni diálogo. Casi se le desconoce la voz. Y también se fue.

José Nun es un politólogo respetable y respetado. Y una palabra escuchada, no hace tanto tiempo, por Cristina Kirchner. Era secretario de Cultura. Y se fue. Su lugar lo ocupa Jorge Coscia, que hizo carrera como cineasta, y después como funcionario vinculado al cine y como diputado. Asumió con tres causas judiciales pendientes.La Presidenta dijo, en su conferencia de prensa después del día de la derrota, que no había razones para producir cambios en el Gabinete. En los días inmediatamente posteriores produjo seis cambios en los elencos del Gobierno. Se terminaron yendo tres ministros, dos secretarios de Estado y hasta un fugaz funcionario que iba a manejar fondos especiales para las obras sociales, desafiando sin suerte el poder de Hugo Moyano.

La Presidenta también había remarcado, enseguida después de la elección, que el nuevo equilibrio político iba a reclamar consensos con la oposición para hacer funcionar al Congreso. Allí el oficialismo perdió la mayoría, pero sigue siendo primera minoría. Buen diagnóstico, loable propósito. Pero desde entonces el Gobierno ha operado de forma de anestesiar al Congreso, de hacerlo dormir el sueño más largo posible suponiendo que, para cuando despierte, se habrán disipado los malos humores de la derrota.

Lo consigue en Diputados, donde puede manejar los hilos. Pero fracasó en el Senado, donde manda Julio Cobos, que al menos hizo sesionar a la Cámara y promovió un informe de Juan Manzur, el nuevo ministro de Salud, sobre la Gripe A. Acertar cuál es el hilo conductor de las modificaciones que se produjeron en el Gobierno, cuál el sentido de algunas conductas, resulta por momentos tan complicado como cotejar los dichos de la Presidenta con sus hechos posteriores. Quizás suceda porque sea éste, una vez más, un tiempo de paradojas, de razones extraviadas, de intenciones inconclusas, de manotazos en la tiniebla de la derrota.Es auspicioso haber llamado al diálogo, si el propósito es sincero. Pero convocar al diálogo ha sido, en la historia democrática reciente, la reacción refleja, instintiva, de cada gobierno que sintió que su poder comenzaba a esfumarse. La reacción desconfiada de la oposición y los actores económicos ante cada uno de esos llamados fue, también, la respuesta de manual repetida con puntual monotonía. Porque la oposición también aporta su cuota generosa de confusión y contradicción a estos días inciertos y agitados.

Demasiados opositores empezaron a mirarse furiosamente el ombligo, confiados en que el oficialismo deberá cocinarse en su propia crisis y creyendo que las responsabilidades que tienen son las mismas ahora que antes de ganar la elección. Quizás deberían recordar a cuántos antes que ellos los votos se les hicieron volátiles e inasibles. Oficialistas y opositores han coincidido: "La gente votó para sacarse la bronca". Por cierto, nadie empujó al Gobierno el día después y el "clima destituyente" se demostró apenas una pesadilla afiebrada de los que perdieron y no se explican por qué, cuando las razones son atronadoras. Pero las cosas siguen como estaban, y estaban mal, de acuerdo al modo en que el pueblo se expresó en la elección ¿Quién entendió el mensaje de los votantes y está haciendo algo en consecuencia? El nuevo mandamás de la ANSeS, Diego Bossio, un ascendente funcionario de apenas 29 años que manejará carradas descomunales de dinero que es de todos, consideró "un tema menor" que su esposa sea síndica adjunta del organismo que debe controlarlo. Dijo, jocosamente: "Mi esposa sabe controlarme y lo hará muy bien". Y fue apenas otra noticia.

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