Consumismo y depredación

Por Jorge Eduardo Lozano

Separados por 20 años y un mes, ambos acontecimientos, la caída del Muro de Berlín y la Cumbre de Copenhague, están unidos casi como causa y efecto. El 9 de noviembre de 1989 se procedió a derrumbar el Muro de Berlín. Y, ante los ojos de un mundo necesitado de algo que todavía no ponía en palabras, aquel suceso tuvo consecuencias contrastantes. Se empezaba a poner fin a décadas de libertades avasalladas, persecuciones, cárcel y hasta muerte para quien pensara diferente. La caída del Muro era signo de la caída de la experiencia marxista. Su fracaso.

Pronto se comenzaron a reconstruir nacionalidades, familias, pueblos. Algunos pudieron simplemente cruzar una calle y así recomponer sus lazos afectivos. Surgieron también expectativas de cambios en la humanidad. Aunque por poco tiempo, emergieron sueños de paz universal, fin del hambre y la pobreza: un mundo para todos, una sola familia humana. Al fin nacieron las palabras para deseos tanto tiempo acallados.

La caída del Muro también significó un golpe duro para las utopías y para las ideologías, al abrir paso al pragmatismo político y económico. Y también la debilidad y la inconsistencia de los regímenes marxistas fueron leídas por algunos como un triunfo del capitalismo.

Los hechos se encargaron de mostrar que muy pronto quedarían atrás los ideales de paz, justicia y de una sola gran familia humana.

La aparición en el escenario mundial de la arrogancia del neoliberalismo con aires triunfadores, en lugar de hacer del mundo una aldea global, ha procurado construir un gran mercado. Mejor dicho una gran boutique en la que sólo puede pasearse y comprar una reducida porción de la humanidad. El resto de la gran familia se reparte entre ferias populares, mercados para pobres. En el peor de los casos, revuelve entre las sobras y los residuos. Los fuertes han acordado pasar de la ética del trabajo a la estética del consumo.

El papa Benedicto XVI lo expresaba así en su encíclica: "La riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades. En los países ricos, nuevas categorías sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En las zonas más pobres, algunos grupos gozan de un tipo de superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora. Se sigue produciendo el escándalo de las disparidades hirientes".

El modelo de vida no es "pienso, luego existo", sino "consumo, luego existo". Y surge el deseo desenfrenado de comprar-usar-tirar.

Más que libertad de comercio hubo y hay hegemonía de los mercados. Para afianzar esta dinámica, se instituyeron los tratados de "libre" comercio (TLC), que buscaron más bien proteger al mercado interno de los EE.UU. y garantizar las ventas de los productos elaborados por sus empresas y las de vecinos amigos.

Esta hegemonía de mentalidad mercantilista que promueve el hiperconsumo de algunos y el hambre de inmensas mayorías ¿cómo se sostiene? Por una cultura hedonista y egoísta. El clima narcisista imperante introduce la indolencia ante el sufrimiento de muchos, mientras que el imperio de la injusticia es sostenido con la prepotencia del dinero.

En estas dos décadas, se ha expandido también un relativismo escéptico -que deriva en ironía y en nihilismo- y tirano: despótico, sordo y ciego, pero no mudo. La falta de cohesión social nos lleva por el tobogán de la fragmentación, que alienta la disgregación y el individualismo, mientras que casi sin darnos cuenta nos encierra en la soledad.

Pues bien: la hegemonía del neoliberalismo, la sobreproducción de artículos innecesarios ha llevado al uso de fuentes de energía más allá de lo sostenible. Toda actividad humana requiere de energía para desarrollarla y ella se obtiene actualmente sobre la base del petróleo y el desmonte, lo que se traduce en emisiones de gases de efecto invernadero (CO2 principalmente), y éstos en calentamiento terrestre.

El consumo exacerbado, casi lujurioso, se ha impuesto como único camino para sostener el "desarrollo" de los países occidentales del Norte.

También aquí se percibe la brecha cada vez más profunda entre pueblos pobres y pueblos ricos. Queda esto graficado en los números de las Naciones Unidas: un 25% de la población mundial consume (devora) el 80% de los recursos naturales del planeta, muchos de los cuales son no-renovables. Pensemos en una humanidad que estuviera formada por mil habitantes, todos viviendo en un mismo barrio, tal cual lo grafica la imagen de la aldea global. Imaginemos ahora que hay mil platos de comida por día disponibles para la subsistencia de todos. ¿Cómo juzgaríamos si 250 habitantes se quedaran con 800 platos? ¿Cómo imaginamos que pueden sobrevivir los otros 750 habitantes con los 200 platos que quedan? ¿Cuánto pensamos que puede durar la paz en esa aldea?

Al estilo de vida de los 250 primeros es a lo que llamamos consumista y depredador. A la situación de los otros 750 la llamamos de varias maneras: algunos consumen medio plato, otros un cuarto y otros sólo migajas. ¿Vamos sin eufemismos? Pobreza, hambre, desnutrición, muerte. ¿No es esto, acaso, un muro de violencia?

El calentamiento terrestre es resultado de un modelo social, cultural y económico que ya no va más y estamos en el límite del agotamiento. Un científico lo expresaba con este ejemplo: el calentamiento de la tierra es como la fiebre del cuerpo, que nos advierte que una perturbación mayor del equilibrio interno está afectando la salud global; es decir, estamos enfermos.

La reciente crisis financiera y económica que provocó el derrumbe de los mercados internacionales, las empresas y los bancos no es un problema solamente de dinero. Es la crisis de un modelo sociocultural, económico, neoliberal y consumista que habrá que reemplazar por otro más racional, solidario y a medida humana, que incluya el cuidado de la creación entera.

Del 7 al 18 de diciembre en Copenhague se realizará la Cumbre del Clima. Es una conferencia mundial impulsada por Naciones Unidas. Allí se intentará firmar otro protocolo que reemplace al de Kyoto, que no llegó a ser suscripto por algunos países industrializados, supuestamente más desarrollados.

Esta cumbre constituye una nueva oportunidad para revertir o mitigar los efectos del cambio climático.

Los estudios científicos son indiscutibles. Hay que hacer algo para detener el proceso. Los efectos negativos del cambio climático son sufridos por los países más pobres del planeta, aunque su origen es el modelo productivo de los países más ricos. Revertir el cambio climático implica combatir la pobreza, y viceversa. El hombre y el ambiente inseparables son creación de Dios. El nos puso en el jardín para que lo cultivemos y lo cuidemos.

Decía Joseph Stiglitz en un reportaje: "Si tuviéramos mil planetas podríamos seguir con este modelo de producción en este plantea y ver si resulta. Si nos equivocamos, como cree el 99,9% de los científicos, podemos pasar al planeta de al lado y listo. Pero no tenemos esa elección".

Tras la caída del Muro, no todo ha sido beneficio para los países del Este y tampoco para los del Sur. Entramos en la dinámica producción-consumo occidental y se zanjó la herida mortal del calentamiento terrestre para el planeta y para su gente. Con dolor para muchos, otros muros y abismos se profundizaron como divisiones infranqueables. La frontera entre Estados Unidos y México, entre Israel y Palestina son ejemplos de que hoy los capitales y los intereses pueden circular sin fronteras, pero las personas, no. Pero es el muro de la arrogante ignorancia el peor de los ejemplos, que no deja ver la verdad de los hechos.

El autor es obispo de Gualeguaychú; miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

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