Construyó poder en base a su propia imagen

Néstor Kirchner asumió la presidencia en el contexto de una de las crisis económica, política y social más profunda de nuestra historia.

La gestión que iniciaba se insertaba en una trama más que turbulenta: la renuncia de Fernando de la Rúa, expresiones de la bronca en las calles y en los hogares, el crispado grito "que se vayan todos", la ruptura de la convertibilidad y la consecuente crisis terminal del Contrato Social de los 90. Y aunque para mayo de 2003 lo peor de la crisis ya había pasado, nadie dudaba de que el desafío para el próximo Presidente era significativo: plantar los cimientos de un nuevo Contrato Social.

Kirchner asumió en un proceso electoral signado por tres factores: ruptura del bipartidismo y del sistema de partidos; desaparición de las lealtades tradicionales del voto y falta de una consigna de referencia que represente la mayoría popular. Las elecciones de 2003 dejaron al descubierto la incertidumbre y ningún candidato logró superar la barrera del ballotage: Carlos Menem redondeó un 25% y, Kirchner, el 22% de los votos. Aunque asumió con poca cantidad de votos y la legitimidad en tela de juicio, construyó poder en base a su propia imagen y a demostrar que no era "más de lo mismo".

En sus cuatro años y medio de gestión promedió una imagen positiva de 70%, con picos de más de 90%. Esta imagen positiva descansó en haber resuelto el grave problema de la desocupación, en recuperar al rol social del Estado y en instalar la credibilidad perdida en los equipos de gobierno. Un conjunto de medidas instalaron los elementos centrales de un nuevo Pacto Social: políticas ante los sectores más vulnerables de la sociedad, renovación de la Corte Suprema, de neto perfil menemista, el pago de la deuda al FMI y la instauración de una fuerte percepción de independencia económica, crecimiento sostenido de la economía y superávit fiscal, juicio y castigo a los genocidas de la dictadura militar.

Aunque los indicadores lo acompañaban y la ley se lo permitía, Kirchner decidió no presentarse por su reelección. La decisión fue que su esposa, Cristina Fernández, sea la candidata. A principios de este año, Néstor Kirchner decidió volver a ocupar el proscenio político de la Argentina. Consciente de que en realidad lo que se pone en juego es la gobernabilidad de los dos años restantes, en el mandato de su esposa, decidió establecer una nueva consigna de referencia dominante: legitimar la gestión.

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