Construir un proyecto de país

Por: Gerardo Adrogué.

En la Argentina, existe una profunda crisis de insatisfacción con el funcionamiento de la democracia. No se cuestiona a la democracia representativa como sistema político y forma de gobierno, sino a la eficacia de sus instituciones para resolver los problemas que afligen a la sociedad. Aunque pueda parecer una diferencia sutil, no lo es. Los argentinos piden mejorar la democracia, no abandonarla.

Esta demanda no es exclusiva de la Argentina. En toda América latina, tal vez con la honrosa excepción de Uruguay, los estudios de opinión pública registran, hace ya un tiempo, apoyos mayoritarios a la democracia coexistentes con altísimos niveles de insatisfacción ciudadana con su funcionamiento. Los resultados obtenidos por un estudio reciente permiten conocer el diagnóstico que la sociedad argentina hace de las causas que explican esta brecha y la dirección que debe tomarse para superarla en el país. Repasemos sucintamente estos resultados.

¿Cómo mejorar la democracia? Para la inmensa mayoría de los argentinos se requiere, en primer lugar, garantizar un mínimo de bienestar social a todos los habitantes; bienestar que se expresa en el disfrute de derechos sociales básicos, como el trabajo, la salud, la educación, la seguridad y la vivienda digna.

En menor proporción, aunque también mayoritariamente, se requiere un Estado activo y responsable, cuyas instituciones se rijan por los principios de honestidad, transparencia y de eficiencia en la gestión pública. Para ocho de cada diez argentinos estas metas deseables están muy lejos de ser una realidad. Así, la crisis de insatisfacción con el funcionamiento de la democracia es básicamente un síntoma del malestar que genera la disociación entre la imagen del país deseado y la imagen frustrante que devuelve el presente.

¿Por qué no se puede avanzar en la dirección correcta? Como se demuestra en el material que acompaña estas líneas, existe al respecto un diagnóstico consensuado por el conjunto de la sociedad, sin distinción de la edad, el nivel económico social o las simpatías político partidarias. La Argentina es un país cíclico: cada cierto número de años, ocurre una crisis económica o política que obliga a "empezar de cero". La Argentina es un país sin proyecto: "un pueblo sin visión" compartida por todos que sintetice qué es lo quiere ser en el mediano y largo plazo, y más importante aún, cómo lograrlo. La Argentina es un país sin conducción estratégica: no existe un acuerdo entre las elites dirigentes que, reconociendo y respetando las diferencias, le dé continuidad al proyecto de país a través de gobiernos o situaciones económicas coyunturales. Surgen aquí las referencias inmediatas y espontáneas a Brasil y a Chile, países que, según la inmensa mayoría de los argentinos, lograron superar estos obstáculos.

¿Por qué hay razones para ser optimista? Porque como señalan quienes se han dedicado a estudiar el despegue económico y social de países como Australia, Nueva Zelanda e Irlanda en los años 80, o de Brasil y Chile en los 90, el primer paso en la dirección correcta se da cuando la sociedad reconoce las causas del problema y decide que necesita cambiar.

La sociedad argentina está transitando esta etapa y explícitamente demanda un proyecto de país. El desafío recae ahora en las elites dirigentes (tanto políticas, como sociales y económicas) que deben darle vida a este proyecto en común, capaz de traducir las aspiraciones generales de la sociedad en un sistema articulado de procesos, contratos e indicadores de desempeño de todos los actores sociales en el marco de las instituciones de la democracia.

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