La conspiración viene desde adentro

Por Martín Rodríguez Yebra

Néstor Kirchner olfateó una trampa. La marcha del sí al Gobierno que organizaba la CGT iba a encontrarlo como un invitado de lujo en la fiesta de otros. Hugo Moyano y sus aliados habían dejado entrever, con escasa elegancia, que la manifestación contra los "conspiradores destituyentes" era también contra los gremios de izquierda que cuestionan el monopolio del sindicalismo ortodoxo.

La cara de Moyano era una postal cuando la Presidenta anunció su deseo de suspender la marcha del viernes que viene. Se había enterado cinco minutos antes. Cristina Kirchner le borró la sonrisa que traía de la reunión con Luis D´Elía, en la que habían anunciado al país su reconciliación en defensa del modelo kirchnerista. ¿Puede pensarse que los Kirchner hubieran sometido a Moyano a ese módico papelón si no tuvieran algún fastidio con el líder camionero? Fuentes del oficialismo decían anoche que en realidad no habían caído bien las advertencias del número dos de la CGT, Juan Belén, sobre la "zurda loca", en relación con la CTA y los sindicatos clasistas, como el de los subtes.

La diplomacia kirchnerista tiene mala fama, pero nunca llegan al maltrato con un aliado como Moyano. La Presidenta decidió culpar en público a los medios y al relato que, supone, iban a construir sobre esa marcha en medio de la tensión social que se vive en las calles de Buenos Aires desde hace tiempo. Incluso Cristina Kirchner le dedicó un mimo al camionero, al defenderlo de las críticas que habían despertado los bloqueos de su gremio a los diarios porteños. Fue un gesto fuerte: nadie del Gobierno se había pronunciado hasta ese momento sobre un tema que tuvo repercusión internacional hace una semana. Le añadió una crítica fuerte y explícita al diario Clarín .

Cuestión de imagen

El temor a lo que diría la opinión pública es real. Moyano y D´Elía no tienen la mejor imagen en la sociedad (que los identifica con cortes de calle y actos de intimidación). El conflicto de los subtes sigue latente, se organizan más piquetes para los próximos días y encima grupos de izquierda amenazaban con una "contramarcha". En la hipótesis de otra semana caliente en las calles, ¿cómo iban a explicar que el clima social lo regulan unos "oscuros conspiradores" si el propio Gobierno organizaba una marcha masiva?

Otro dilema serio se les planteaba a los Kirchner: cómo evitar una pequeña crisis con sus aliados de centroizquierda si la marcha iba a ser vendida como una ratificación del modelo de sindicatos únicos. Cómo hacer que Hugo Yasky, jefe de la CTA, no se viera forzado de una vez a una reacción opositora (cuando ya le cuesta sostenerse como filooficialista mientras el Gobierno sigue sin conceder la personería gremial a su central). Por qué incomodar más a los legisladores centroizquierdistas, revalorizados ahora que se acaban las mayorías en el Congreso.

Por eso, el matrimonio presidencial decidió parar la marcha y pasarla para más adelante, ya sin Moyano como anfitrión. Será -si al final es- una marcha del PJ, el "partido recuperado" de Kirchner.

Esas alianzas contradictorias le empiezan a costar caro al Gobierno. CGT vs. CTA; intendentes del conurbano vs. piqueteros que quieren controlar los subsidios asistenciales; peronistas ortodoxos vs. progresistas inorgánicos. El conflicto -la "conspiración", como dicen los Kirchner- explota desde el corazón mismo del conglomerado kirchnerista. Justo en momentos en que el ex presidente lucha -no sin éxitos- para evitar el derrumbe de su poder que podía intuirse después de su derrota electoral.

Es cierto que los Kirchner son expertos en convivir con las contradicciones. La Presidenta entregó ayer una página para un manual: predicó su condena a la flexibilización laboral y su elogio a la lucha sindical al lado de José Pedraza, el líder de los ferroviarios que acompañaba fielmente a Carlos Menem cuando, en plena fiebre privatizadora, gritaba su famoso "ramal que para, ramal que cierra". El mismo al que el riojano premió con la concesión del Belgrano Cargas, que elevó su rango de delegado a empresario.

Tal vez en esa acumulación de tensiones irresueltas radique el mayor problema que tiene hoy el Gobierno para controlar la calle, esa obsesión de Kirchner desde su primer día al mando del país.

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