Un consenso que duró 20 años

Por Sylvina Walger.

El viernes 6 de noviembre cumplió 20 años un cadáver conocido mundialmente como el Consenso de Washington, un conjunto de recetas de desarrollo defendidas por los Estados Unidos para hacer crecer a los países emergentes.

Nadie ignora los vaivenes que sacudieron a Europa hace 20 años, en 1989. Justo en el momento que se caía el muro de Berlín, la URSS entraba en agonía y se lanzaba la www (world wide web), que multiplicaría la globalización hacia el infinito. Momento ideal para que John Williamson, un distinguido economista neoconservador del Institute for International Economics, inventara la expresión Consenso de Washington para referirse al conjunto de recetas de políticas y estrategias de desarrollo defendidas en los años ochenta por las instituciones gemelas de Bretton Woods (un FMI policial y déspota) y el gobierno de Estados Unidos. Y destinadas a hacer crecer a los países emergentes.

Un recetario económico con 10 mandamientos, que en vez de Moisés los llevaba Satán y proclamaban la irrelevancia del Estado y el éxtasis del mercado. Sus principales recetas fueron: austeridad fiscal, liberalización comercial, desregulación financiera y privatizaciones. Semejante recetario se convirtió en una biblia que se conoció como "pensamiento único". Una de sus grandes equivocaciones fue la manera en que se lo aplicó. Según lo han demostrado economistas como Paul Krugman y Joseph Stiglitz, no interesaban las condiciones del medio en que éstas se aplicaban, había que privatizar y se privatizaba. Debían ser súbitas, sin medidas de acompañamiento para los empleos que se destruían.

También la liberalización comercial fue cínica (o trucha, según se prefiera), porque fue asimétrica. De los países emergentes a los desarrollados que les ponían todo tipo de obstáculos a su productos. Resumiendo, el desafío de los países emergentes era entonces llevar adelante los procesos de liberalización y apertura de tal manera de aprovechar las oportunidades.

La crítica del Estado providencia no era un fenómeno nuevo en Estados Unidos. En 1984, Charles Murray lanzaba en su libro Losing Ground un ataque frontal contra el Estado de bienestar y los programas de asistencia. En su opinión estos habían creado una mentalidad asistencialista y una cultura de la pobreza. Por entonces Giuliani, alcalde de Nueva York, proponía pedirles a los que dependían de la ayuda social que aprendieran a ser "autosuficientes". "Resolvamos nuestros problemas sin la injerencia del Estado" solía decirles.

Hacia mediados de los noventa los impulsores de las políticas neoliberales que debían sacar a América Latina de la pobreza tuvieron un gran disgusto. Los resultados económicos y sociales de las reformas orientadas al mercado que se llevaron a cabo en la región fueron realmente catastróficos.

El fracaso del modelo de modernización en el continente se cerró con un corolario: la prescripción neoliberal y el consenso de Washington debían pasar a mejor vida.

Tres países de América del Sur son paradigmáticos del estropicio causado por las recetas de los "neocons". Venezuela, Bolivia y Ecuador descubrieron como presunta solución que ambicionaban un indefinido socialismo que hasta ahora es nada más que estatismo. Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa ganan elecciones, pero los poderes constituidos les hacen la guerra y, muy especialmente, a través de los medios. Según el periodista M. A. Bastenier, experto en América latina del diario El País de Madrid, todo esto conducirá a un lento alejamiento de Occidente. "En realidad –apunta– la propuesta de estos países es confusa". No hay dudas de que todos quieren remediar injusticias pero viajan en la indefinición entre dos mundos, ni dictadura ni democracia, ni Occidente, ni ningún sitio, aunque sus amigos iraníes ya circulen por la región. "Las transformaciones de la sociedad a la que aspiran tienen poco que ver con medios estrictamente democráticos, tal como los define Occidente y practica en medio de bochornosa desigualdad América Latina. Y es cierto que en esta relación habría que incluir a la Argentina, a la que con ligereza se tacha de compañera de viaje y en la que los ‘presidentes’ Fernández-Kirchner avanzan en su plan de regulación de los medios, pero cuesta creer que Buenos Aires vaya a ir contracorriente de su propia occidentalidad", concluye ingenuo el periodista. En resumen, el modelo de modernización ha sido un fracaso y de él amanecen Chávez, Morales, Correa, y si todo sigue así por qué no los ‘presidentes’ Fernández-Kirchner. Vale la pena preguntarse si la justicia social justifica la violación de toda convención democrática. ¿Alguien conoce un caso, un solo caso, en que el autoritarismo haya sido igualitario?.

Llegamos aquí gracias a las ideas neoconservadoras, responsables no sólo de los pesares de América Latina sino del fracaso en Irak. Para los neocons, América está fundada sobre valores, principios que son universales. Estos valores no sólo deben ser puestos en práctica en USA, sino defendidos en el exterior y exportados al mundo entero. Eventualmente, si fuera necesario, por la fuerza. Un mesianismo que los lleva a pensar que a veces el statu quo internacional es más peligroso que la inestabilidad y que no hay que acomodarse, bajo el pretexto de estabilidad o de la soberanía nacional a los regímenes autoritarios. En ese sentido hicieron una alianza con los cristianos fundamentalistas, cada vez más influyentes en Estados Unidos, y que también cultivan ese aspecto mesiánico.

Los neoconservadores desprecian Europa, los consideran blandos, las organizaciones multinacionales tipo la ONU no sirven para nada. Creen solamente en el poderío americano, que después de la caída de la URSS no tiene rival.

Los neoconservadores perdieron poder cuando la aventura iraquí tomo proporciones sospechosamente parecidas a la ocurrida en Vietnam. Los neocons se refugiaron en puestos de segunda o debieron soportar otro tipo de castigos. Por ejemplo Lawrence Franklin, influyente neocon en el Pentágono durante el primer gobierno de Bush y defensor a ultranza de hacer volar a Irán por los aires. Hoy trabaja en un aparcamiento en Virginia, a la espera de cumplir más de doce años de condena por pasar información confidencial a tres israelíes, con la esperanza de que al hacerlo, Israel instaría a la Casa Blanca a adoptar una línea dura con Irán. El caso de Lewis Libby, asesor del vicepresidente Cheney, hasta que tuvo que dimitir por haber filtrado a la prensa el nombre de una espía de la CIA. Richard Perle, importante ex consejero del Pentágono, tuvo que renunciar porque maltrató al jefe de la OTAN diciéndole que le faltaba coraje para atacar.

El más pintoresco es el de Paul Wolfowitz, quien, nombrado presidente del Banco Mundial (un nombramiento que equivale a encerrar un zorro en el gallinero), se enamoró de una dama musulmana y le aumentó de tal manera el sueldo (él no se quedó atrás) que superaba al de Condoleezza Rice. Fue difícil convencerlo de que renuncie y, utilizando una cantinela bien conocida por los argentinos, partió de su trabajo echándole la culpa de todos sus males "a los medios".

Pobres neocons, llegaron llenos de ilusiones, enloquecieron a un presidente débil con su teoría de los ataques preventivos. Impusieron su visión del mundo incluso contra las Naciones Unidas. E invadieron Irak con la coalición de los amigos de Bush. Así les fue.

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