Consejos para políticos: cómo portarse bien en Vendimia

La tentación es inmensa. Tantas miles de personas en las calles y en las plazas, contentas además. ¿Qué político no quisiera recibir para sí un poco de tanta aura popular vendimial? (tradúzcase el aura como un campo invisible luminoso multicolor de radiación que supuestamente rodea a seres vivos y objetos como un halo).
Pero también está el reverso. Como en las corridas de toros, el mataor puede ser el matao. O como en el imperio romano, el dedo pulgar de los asistentes al espectáculo, puede ser bajado.

Dividido entre la tentación por ser amado y el temor de ser odiado, el político suele perderse la maravillosa Fiesta de la Vendimia, demasiado ocupado en procurarse los aplausos y evitarse los silbidos. Dos intentos que en la mayoría de los casos suelen ser estériles, pero que ningún hombre del poder deja jamás de intentar, por si las moscas.

Cuando todo indica que la mejor forma de aprovechar la Vendimia es dejarse llevar por ella. No hacer nada para manipularla. Sólo permitir que el pueblo disfrute su fiesta dejando la política para el día después. Pero no, ningún político se perderá tamaña ocasión de ganar algo para sí, aunque se pierda.

La fiesta vendimial es la expresión cultural más acabada de Mendoza. Esta provincia es, políticamente, una República institucional y, culturalmente, una Democracia monárquica. Acá las instituciones están por encima de los hombres que las encarnan, cuando trabajamos.

Pero cuando festejamos queremos que nuestra máxima representante sea una Reina que surja de las entrañas populares. Por lo tanto, así como la Vendimia y sus soberanas no se meten con la política, tampoco queremos que la política se meta con nuestra fiesta y nuestras reinas.

Eso no quiere decir que la Fiesta sea sectaria, culturalmente cerrada. Por el contrario, acá todos los aportes son bienvenidos, vengan de donde vengan. Por eso en el Anfiteatro el espectáculo siempre empieza con el nacimiento del mundo y luego se prolonga con nuestra participación en él. La aldea, más que global (porque eso hoy es mala palabra) quiere ser universal. Y que se vengan todos. Hasta los caballos de los gauchos malos. Pero eso sí, que nadie se quiera quedar con nada porque el castigo será mortal (sino pregunten al gaucho malo).

La Fiesta empieza cuando en el barrio más alejado de la ciudad capitalina se elige una piba que luego competirá con otras y otras hasta llegar a reina municipal y, entre ellas, una será soberana provincial, nacional y ¿porqué no? mundial. Y cuando se elige a nuestra Reina allí termina todo. Inútil intentar prolongar lo que ha alcanzado su clímax. Entonces vuelve el pobre a sus pobrezas, vuelve el rico a sus riquezas y el señor cura a sus misas.

Por ende, siendo nuestra Fiesta lo que es y nada más (y nada menos) que lo que es, vayan unas reflexiones para políticos aprovechadores:

1) Los gobernantes (y los aspirantes a serlo o a influir sobre ellos) no deben hacer actos para su lucimiento propio porque todos los festejos vendimiales deben ser de todos para todos. Lo demás es contrabando ideológico, que sólo contribuye a alejar a los de arriba de los de abajo.

2) A los probables silbidos populares no se los debe intentar contrarrestar con aplaudidores contratados, porque sino el riesgo será doble: al perjuicio que los silbidos le puedan ocasionar a los políticos, se le agregará el costo que las claques producen al colarse en la Fiesta o al equivocar sus vítores en medio de la euforia popular, aplaudiendo al que deben silbar o viceversa.

3) El pueblo viene a la plaza pública a dar las gracias, a coronar su Reina y a expresar sus alegrías y desencantos. Déjenlo entonces cantar, bailar, aplaudir o silbar a voluntad.

Escúchenlo en vez de intentar callarlo o dirigirlo. A la larga será mejor para todos. Y viviremos la Fiesta en paz.

4) En síntesis, la mejor forma de aprovechar políticamente la Vendimia es no hacer política con ella.

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