Conmoción

La ciudad se sacudió con un episodio policial que dejó aterrados a los vecinos e indignados a aquellos que solamente conocen la zona por referencias. En la Feria Comunitaria de Avenida Fortunato de la Plaza y Friuli, otro menor violento destrozó la vida de dos familias en poco más de dos minutos.
Eran poco más de las nueve de la mañana. Dos jóvenes menores de edad iban a bordo de una moto Honda Smash color azul con funda blanca por la calle Friuli, y llamaron a la atención de uno de los testigos: al parecer dudaban entre detenerse o seguir. Finalmente pararon.

Ya en el interior de la feria, uno de ellos extrajo un arma que traía oculta entre sus ropas y comenzó a disparar con insistencia contra otro adolescente que se encontraba allí acompañado de su madre. La víctima, ahora identificado como Mauricio Brizuela, de 18 años, intentó evadirse mientras era perseguido por el tirador, que disparó unas seis veces. Una de las balas impactó en la cabeza de una pequeña de 21 meses, Tania Rodríguez, que aún se debate entre la vida y la muerte, debido a la pérdida de masa encefálica.

Otra de las balas vino a atravesar la pantorrilla de un hombre que se encontraba en la línea de tiro, José Sáez, de 64 años, quien se encuentra fuera de peligro. Los testigos estaban atónitos: sólo atinaron a describirlo como un muchacho delgado, de tez blanca y cabello corto, que vestía una campera negra y un jean gris. Las detonaciones fueron estruendosas.

Al llegar la policía, el panorama era desolador. Un coche blanco salía con la beba herida rumbo al IREMI, y luego una ambulancia llegaría a cargar a los otros dos heridos. A esta altura se verificaba que Brizuela había recibido un impacto de bala en el abdomen: falleció luego dentro del hospital, debido a la gravedad de la herida recibida.

En la mira

La zona se encuentra a escasas tres cuadras de las primeras viviendas del plan Dignidad, por medio del cual se trasladaron algunos habitantes de la Villa de Paso. A pocas cuadras se emplaza el barrio Las Heras, de alto índice delictivo. Y precisamente en las manzanas linderas se encuentra el sector donde aparentemente vivían los principales narcotraficantes de la zona, que ya habían sido denunciados ante este medio por el párroco, harto de los robos y ataques a sus fieles, y a la misma iglesia.

Los menores violentos también concurren a escuelas cercanas, porque la ley obliga a la escolarización, y la mayoría de ellos asiste garantizando a sus familias el cobro de las becas del Estado. Además, la permanencia a perpetuidad en estas instituciones les permite mantenerse vinculados con pares fuera de sus casas. La ley cree que con mantenerlos dentro de las escuelas alcanza, pero los menores violentos se aletargan en clases que han sido preparadas para jóvenes comunes, y están siendo dictadas por profesores que se especializaron en la enseñanza de una disciplina, para transmitir conocimientos a alumnos que desean recibirlos.

Los menores violentos y sus parejas también adolescentes están sentados en bancos de escuelas que no están preparadas para contenerlos. Por lo tanto, en la mayoría de los casos sus directivos se escudan en las formalidades de la norma para limitarse a mantenerlos allí, sentados, pensando, vendiendo a veces, comprando otras, hablando con potenciales socios, agrediendo a otros, amenazando las más de las veces y generando a su alrededor una esfera de silencio por miedo al ajuste de cuentas. Los profesores les temen, están pendientes de escuchar la frase "sé donde vivís". Los funcionarios no ofrecen soluciones, pero trabajan lejos de las aulas.

Los adolescentes violentos no aparecen por generación espontánea en el momento de matar a un taxista o torturar a un jubilado: durante el día van a una escuela, compran en los negocios del barrio, concurren a las salas barriales. Allí la gente común los ve, y pretende no ser vista por ellos.

Gente de ley

Pero aun existen quienes se arriesgan para evitar que la sociedad entera se convierta en tierra de nadie, en un reducto donde la cultura del esfuerzo sea nada más que un recuerdo y alcance con un arma para ser dueño de la vida de cualquiera. Esa mañana, un hombre que estaba casualmente en la feria comunitaria no pudo creer lo que veía. La madre de la bebé Rodríguez intentaba tapar el orifico de la bala por donde se iba la vida de su hija, un hombre sentado en la puerta de un local trataba de no dejarse vencer por el dolor mientras esperaba la ambulancia, y la víctima fatal –Brizuela- yacía en el suelo. Todo sucedía ante sus ojos: él se había ocultado detrás de una góndola de mercadería y salió tras el asaltante.

Es un testigo que se presentó con su nombre y apellido, su identidad no ha sido protegida en el desarrollo del expediente. De todas maneras, este medio prefiere no exponer sus datos para no ponerlo en más riesgos de los que él mismo se impuso.

Esa mañana, el testigo subió a su auto y salió tras la moto en la que se escapaba el presunto asesino, que era conducida por otro joven, de aproximadamente la misma edad. Los siguió a una distancia prudencial: por Vidal hasta Génova, por ésta hacia Polonia hasta llegar a la calle Cuba.

Se detuvieron en la casa número 2466, donde hay un almacén. El joven que había efectuado los disparos descendió, en tanto que el conductor siguió su camino. Inmediatamente, el testigo llamó al 911, dio las referencias del caso y permaneció en la cuadra hasta la llegada de los móviles policiales.

Una vez allí, los policías encontraron que en el comercio estaban la madre y la hermana de quien ellos estaban buscando: SDS. El sospechoso, que resultó tener 16 años, se hallaba en el interior de la vivienda junto con su amigo EMC, de 15. La madre dijo que jugaban a las cartas.

Mientras se realizaban las primeras pericias, la policía encontró un arma equivalente a la que acababa de matar a Brizuela y de herir a otras dos personas: un revólver 38 Rossi especial cromado. Estaba junto al cerco perimetral de la casa, pero del lado de la vecina.

Oportunamente intervino la fiscal del fuero de responsabilidad penal juvenil, Mariana Inés Baqueiro, quien solicitó a la jueza de garantías del mismo ámbito, María Fernanda Di Clemente, que la aprehensión de SDS se convirtiera de inmediato en detención preventiva, ya que consideró que el hecho se encontraba lo suficientemente acreditado, como también su intencionalidad. Se acusa al menor de homicidio agravado por el uso de arma de fuego, homicidio en grado de tentativa y lesiones leves: "resulta indispensable para asegurar la averiguación de la verdad, el desarrollo del proceso y la aplicación de la ley, que SDS permanezca detenido", dice la solicitud de la fiscal.

La jueza la concedió, así como la orden de allanamiento que permitiría encontrar mayores evidencias en la casa de SDS, y dar con el paradero del conductor de la moto, que se encontraba inicialmente prófugo. Lo apodan Nano, y fue detenido luego del allanamiento de su domicilio.

Mientras tanto, los rumores en la zona amenazan con convertirse en leyendas urbanas. Hay quienes dicen que Brizuela habría sido enviado a vender una moto robada, con cuyo resultante debía pagar una fianza de SDS, pero no cumplió. Es verosímil, porque los antecedentes policiales del acusado aún no han sido esclarecidos. La versión daría cuerpo a un posible ajuste de cuentas.

La cuestión es hasta cuándo. No hasta cuándo sucederán hechos luctuosos, porque son connaturales a la especie humana, a juzgar por los dos mil años de historia que conocemos. El tema es hasta cuándo se podrá sostener la indignación que parece minar a la sociedad por la aparente falta de decisión frente al castigo de los delitos atroces, cometidos por quienes todavía no han alcanzado la mayoría de edad.

Esta vez la movilización social, la inquietud fue sin duda un incentivo para la inmediata celeridad de las gestiones, que terminaron con la puesta en marcha del proceso. Pero no debería hacer falta. La conmoción no es un elemento de salud social. Esa conmoción, que habita en el alma de las personas de la zona, es una conmoción insana apoyada en la desesperanza de saber que se está gestando una generación de dolor.

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