Conmoción en muchos y el silencio de unos pocos

La opinión pública se vio conmocionada el lunes pasado con la noticia de la muerte violenta de Ramiro Blanco en la cárcel, a raíz de un escopetazo de Itaka que recibió a corta distancia.
De acuerdo a la versión oficial, durante una requisa de rutina que se realizó luego de una visita, el interno –condenado por la muerte del prestamista De Luigi– se resistió y en ese tumulto se le "escapó" un disparo a un efectivo del Servicio Penitenciario. Pocas horas después, Blanco murió en el hospital y el informe forense indicó que el disparo se efectuó a medio metro de distancia, prácticamente a mansalva.

El gobernador Luis Beder Herrera sostuvo inicialmente que esperaría los resultados de la investigación judicial, pero un par de días después decidió intervenir el SPP, en una medida inédita en la provincia, lo que marca la enorme gravedad del crimen cometido.

Poco afecto a realizar cambios entre sus colaboradores, y menos de sopetón, eso hizo que la secretaria de Gobierno Graciela Nader conserve su puesto, pero se esperan cambios en la plana mayor del Servicio Penitenciario una vez que avance la gestión del interventor José Carrizo. En la Casa de las Tejas deberían pensar también en completar rápidamente la vacante que dejó Carlos Luna en Gobierno, para tomar su lugar en la Legislatura.

A diferencia del ciudadano común, fuertemente conmovido por este hecho, es llamativo el silencio de la política sobre este gravísimo caso de inseguridad en el seno de la institución carcelaria. Tal como lo señaláramos en otras ocasiones, como ante el caso del juez Walther Sinesio Moreno, no se oyeron las voces de funcionarios, legisladores –oficialistas u opositores–, sindicalistas, integrantes de asociaciones de derechos humanos o partidos de izquierda, ni ningún otro dirigente, acerca de la muerte de Blanco. Es una ausencia que cabe subrayar y que evidencia.

La presencia de la droga

Como informó NUEVA RIOJA en exclusiva el jueves pasado, en esta Capital se encontró casi un kilo de marihuana en La Quebrada y, al día siguiente, un operativo policial incautó más de 400 "porros" y 200 pastillas, cantidades hasta ahora poco vistas de sustancias prohibidas en la provincia.

Estos decomisos, cada vez más frecuentes y de mayor envergadura, podrían mostrar dos caras: por un lado, un accionar más intenso de las fuerzas policiales en busca de quienes trafican drogas, por el otro, la dura comprobación de que en la provincia existe una amplia red de distribución.

En una nota publicada ayer, el titular de la Unidad de Asuntos Juveniles de la Policía de la Provincia, comisario Carlos Madrid, reconoció la relación del aumento de los delitos realizados por menores y el crecimiento de la venta y consumo de drogas en la Capital.

Este dato, proveniente de una alta autoridad policial, marca la gravedad de una problemática de difícil solución, que podría empeorar radicalmente la situación de la inseguridad en toda la provincia.

El verano, en emergencia

En el ámbito capitalino, los riojanos volvemos a comprobar que las políticas que pretende aplicar el municipio son casi siempre espasmódicas, sujetas a cuestiones tan inesperadas como el clima mismo.

La semana pasada, en una reunión anunciada con todo el boato del intendente Ricardo Quintela con los concejales, se declaró la mal llamada "emergencia estival", lo que en realidad significa emergencia por lluvias o algo por el estilo. La intención de los funcionarios es poner en funcionamiento un sistema conjunto de distintas reparticiones para actuar ante las fuertes precipitaciones, que se vinieron repitiendo en el último mes. De este modo, Servicios Públicos, Electromecánica, Defensa Civil, Asuntos del interior y Saneamiento Ambiental, deberían trabajar en forma coordinada en caso de producirse un nuevo temporal.

Lo cierto es que el municipio ya tendría que haber advertido estas situaciones que, aunque en cierta medida son imprevistas, son esperables, ya que la temporada de lluvias comienza con el verano y a tal efecto debería haber creado mecanismos permanentes que se activen ante un fenómeno climático de grandes dimensiones.

El intendente debería pensar, en primera medida, en mantener limpias las calles y las bocas de tormenta, que cada mínima precipitación convierte en lagunas, como sucede en la avenida Favaloro a la altura del regimiento y en otras tantas arterias capitalinas. Señores funcionarios, cuando cayeron 45 milímetros en 5 minutos, como sucedió el pasado 19 de diciembre, es muy poco lo que puede hacerse si antes no se tomaron las debidas precauciones.

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