Confusas señales de los Kirchner frente al nuevo tiempo de Obama

Por: Eduardo van der Kooy

La Argentina es siempre un verdadero arcón de sorpresas. El mundo observó ayer la soberbia puesta en escena política que significó la llegada del demócrata Barack Obama a la Casa Blanca. Nuestro país se asemejó más que nunca a una aldea cuando el Gobierno y la oposición se trenzaron en un intercambio de fuegos sobre la conveniencia o inconveniencia de la gira que Cristina Fernández realiza en este mismo tiempo por Cuba y, desde hoy también, por Venezuela.

Existe a primera vista una conclusión difícil de rebatir. La presencia de Cristina en La Habana y Caracas en simultáneo con el estreno de Obama resultó inoportuna. No definirá, para nada, el rumbo de la futura relación con Washington. Pero como anticipo político no ha sido auspicioso.

También habría que tener en cuenta un aspecto que nadie consideró hasta ahora. La Presidenta debió realizar su viaje esta semana porque tuvo que postergarlo antes a raíz de sus problemas de salud. La reprogramación de cualquier viaje responde también a las posibilidades de los anfitriones. Tal vez ni La Habana ni Caracas le hayan dado demasiadas opciones a la diplomacia argentina. La presencia de Cristina, objetivamente, será de una enorme utilidad política, en el actual contexto, tanto para Raúl Castro como para Hugo Chávez.

El interrogante consistiría en saber si Cristina y Néstor Kirchner consideraron en algún momento el significado político que multiplicó este viaje postergado. O si se lanzaron con improvisación, como tantas veces, sin analizar el fondo de la cuestión. Fuentes oficiales confiaron que el matrimonio priorizó el compromiso asumido con Cuba y Venezuela antes que los supuestos efectos que, a futuro, podría tener en el vínculo con el mandatario demócrata.

Cuba y Venezuela no constituyen dos referencias políticas inocuas para Washington. No lo fueron nunca para los republicanos que condujo hasta ayer George Bush. Tampoco lo son para los demócratas. Basta con repasar, para comprenderlo, las palabras que pronunció Obama desde que triunfó en las elecciones de noviembre. La Habana y Caracas estuvieron en su agenda. Casi una excepción para un presidente que, debido a la tremenda crisis que hereda, no ha tenido tiempo ni tampoco lo tendrá en el corto y mediano plazo para ocuparse en detalle de las naciones de América latina.

Sobre Cuba prometió un aflojamiento del anacrónico bloqueo que hace décadas castiga a la isla del Caribe. Sobre Venzuela sembró duda y Chávez no esperó nada para criticarlo y, casi, equiparalo con Bush.

La Presidenta solicitó ayer al finalizar su visita a Cuba el fin de aquel bloqueo. Pero se sabe que a la par, de modo discreto, sondeó la posibilidad de que el régimen cubano permita a la médica Hilda Molina viajar a la Argentina donde residen su hijo y sus dos nietos.

La intención de la Presidenta pareció querer establecer algún equilibrio en un día tan particular, que completó con un elogio al discurso de asunción de Obama, en especial cuando refirió a la irresponsabilidad de los mercados en la crisis financiera y económica que conmueve al mundo.

Ese mismo equilibrio será, a priori, más difícil de establecer en Venezuela. Chávez fue con Obama mucho menos paciente de lo que han sido Fidel y Raúl Castro. El líder de Caracas progresa, además, en una línea institucional que objetaron los republicanos y que objetan los demócratas: está empeñado en conseguir a través de un plebiscito la reelección indefinida que le negó el referéndum constituyente del año pasado.

La presencia de Cristina será un aval interno para Chávez y traerá a primer plano una relación bilateral que había ingresado en un ciclo de baja intensidad. Una intensidad que decreció con la falta de fiabilidad del líder caraqueño como financista de la Argentina y con el escándalo de la valija de Guido Antonini Wilson que salpicó feamente el debut de Cristina en el Gobierno.

Cuando Cristina concluya este viaje, tal vez pueda comenzar otra historia. Pero esa historia no pareciera depender tanto de lo que esté dispuesto a hacer Obama en la región -muy poco, según se desprende de sus planes- como de las señales que estén dispuestos a emitir los principales países.

Si esas señales, en el caso de la Argentina, se redujeran sólo a la lógica con que fueron concebidas las visitas a La Habana y Caracas probablemente el vínculo bilateral con Washington no supere la opacidad que alcanzó durante la última era de Bush.

Estados Unidos requerirá para hacer frente a la crisis de socios confiables en esta zona del mundo. En esta zona del mundo tiene dos y fuera de discusión: México y Brasil. Pero ambos sufrirán más que otros las consecuencias de la crisis económica. Ese fenómeno le impediría consolidar liderazgos excluyentes.

Washington tampoco dispondrá de fondos para afianzar nuevas amistades. Es factible que la política de los Tratados de Libre Comercio sufra un freno brusco. Ya lo hubo: la Colombia de Alvaro Uribe construyó una férrea unión con EE.UU. en los años en que comandó Bush. Pero su TLC quedó en veremos aunque goza igual de un Tratado General de Preferencias. El TLC que no llegó con Bush difícilmente llegue con Obama.

Las debilidades derivadas de la crisis renuevan la chance de la Argentina de recuperar un papel hoy devaluado en la región y el mundo. Un papel que aún no le arrebató Chile, aunque lo aceche.

Una duda es si los Kirchner son concientes de la oportunidad. La duda aún mayor es si querrán y sabrán aprovecharla.

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