La confrontación no devuelve la confianza

Por: Alfonso Prat Gay.

Quien puede lo más puede lo menos. Si Néstor Kirchner puede manipular las estadísticas oficiales para ocultar hasta la pobreza, por qué se iba a privar de manipular la interpretación del resultado de las últimas elecciones legislativas.

"La gente votó una profundización del modelo", dijo esta semana. La cita sorprende menos por su impunidad que por lo que revela de la concepción del "modelo" que el matrimonio presidencial insiste en ensalzar. No puede Néstor Kirchner creer ni hacernos creer que la gente votó a favor de la recesión, la caída del empleo y el aumento de la pobreza que azotan al país desde que asumió Cristina Fernández de Kirchner. El voto popular no pudo haber aprobado, tampoco, las políticas públicas que consiguieron mantener incólume la desigual distribución del ingreso durante el quinquenio de mayor crecimiento de nuestra historia. Más que un nuevo exabrupto debemos entender esta cita de Néstor Kirchner como la racionalización de lo hecho por el Gobierno desde el 28 de junio: vaciar aún más al saliente Congreso de la Nación, forzándolo a una nueva delegación de facultades y vetando las pocas iniciativas propias; dividir a la oposición, a través de un "diálogo" tramposo y estéril cuando no cooptando turbiamente a algunos de sus referentes y a la población con discursos anacrónicos que buscan enfrentar a pobres con ricos (ellos) y denostar una oligarquía rural que hace tiempo que no existe; liberar los goles secuestrados y a su secuestrador (Grondona) para quedarse con la pasión futbolera y profundizar la propaganda oficial; enfrentar a los medios y confrontar con los monopolios que ellos mismos ayudaron a crecer en tiempos cuando no era necesario ocultar la realidad. Es un raro rapto de honestidad brutal que el ex presidente reconozca que, a fin de cuentas, el "modelo" no es otra cosa que la concentración de poder y la confrontación a cualquier precio. Pero, aunque brutal, esta honestidad no devuelve la confianza sino que la ahuyenta aún más. La Argentina lleva más de dos años sumida en la desconfianza y no puede darse el lujo de continuar por ese camino. Desde julio de 2007, los argentinos han sacado del sistema productivo más de 40.000 millones de dólares. Es un voto de desconfianza aun superior a los 15.000 millones de dólares que se fueron durante el desastroso 2001. El costo de esa desconfianza es la abrupta caída de la inversión productiva –superior a la experimentada durante las crisis del Tequila y la de Rusia, durante los 90–, la precarización del empleo, la destrucción de cientos de miles de puestos de trabajo y la consecuente profundización de la exclusión social de millones de argentinos. Estaríamos mejor si dejaran de irse 20.000 de millones de dólares por año, equivalentes a un 7% de lo que producimos. Y estaríamos mucho mejor si, además, volvieran los últimos 40.000 millones de dólares que se fueron. La pregunta, entonces, es: ¿Qué debemos hacer para recuperar la confianza y la esperanza? A diferencia de otros tiempos, esta vez la dificultad no reside en la economía: no hay déficit crónico ni obstáculos objetivos que nos impidan aprovechar el cambio de fuerzas que opera en la economía mundial y que nos favorece. Esta vez, las dificultades son eminentemente políticas y es sobre ellas que tenemos que actuar. A pesar de la expresión de deseos del ministro de Economía de retornar a los mercados de crédito –dicho sea de paso, ¿se acuerda cómo me criticaban durante la campaña cuando decía que necesitábamos ser creíbles para salir de la recesión?–, la frase del ex presidente citada en el párrafo inicial nos debe recordar que el cambio no vendrá del Poder Ejecutivo. Lo actuado durante los últimos dos meses nos demuestra que la capacidad de daño de Néstor Kirchner está intacta. La responsabilidad de la oposición, entonces, es evitar que esa capacidad de destruir nos devuelva al 2001 –la inminente reaparición de las cuasimonedas es prueba de que ese temor no es infundado ni exagerado. Concretamente, debemos asumir la responsabilidad de ponerle límites a un gobierno que insiste en hipotecar nuestro futuro. Esto requiere un diálogo genuino y fluido entre los distintos espacios opositores. Requiere, también, una agenda parlamentaria amplia y una propuesta superadora que rompa con la lógica de suma cero que utiliza el Gobierno para no resignar espacios de poder. Quizá el mejor ejemplo de esto sea el rechazo oficial a la asignación familiar universal planteada por la Coalición Cívica y finalmente aceptada por otros partidos de la oposición, con argumentos defensivos que nos recuerdan el fiscalismo miope de la Convertibilidad. Este año nos recordó aquel viejo adagio argentino que reza que una buena cosecha tapa un mal plan económico. Cayó la cosecha y se desnudaron las inconsistencias. Pues bien, es hora de dejar que todo dependa de la cosecha o del precio de la soja y pensar, en cambio, en un proyecto de largo plazo y en las políticas de Estado que nos devuelvan el futuro. Si compartimos la visión de un país más integrado social, geográfica y económicamente, abierto al mundo y donde haya oportunidades de progreso para todos, los desafíos pasan por tres grandes ejes: 1) Asegurar que la infraestructura integre a las distintas regiones, que las actividades productivas respondan a un perfil que genere oportunidades para todos y que los recursos fiscales estén bien distribuidos en todo el país. Una discusión a fondo de la coparticipación es una necesidad imperiosa de los tiempos que vienen. Las inmensas posibilidades en el interior del país deberían potenciarse a través del impulso a las actividades productivas. Los precios internacionales de nuestros productos y la transformación del sector agroindustrial en los últimos 15 años nos dan la oportunidad de desarrollar el tremendo potencial y liderazgo de ese sector que tiene un efecto dinamizador sobre todo el país y que permitirá alivianar el hacinamiento del conurbano. 2) Se precisan políticas para erradicar la exclusión y mejorar la distribución del ingreso. Debe implementarse ya el Ingreso Ciudadano Universal para asegurar alimentación digna, salud y educación a todos los menores de 18 años. Y eso es sólo el primer paso. El desafío social de este tiempo pasa, también, por acercar la posibilidad de trabajo digno y de realización a los adultos postergados y a quienes enfrentan empleos inestables e informales. Hay que animarse a novedosas políticas públicas e instituciones que permitan prosperar a quienes tienen la vocación, la imaginación y las habilidades pero son discriminados en el acceso al crédito, a la vivienda, a los mercados o a las nuevas tecnologías. Estamos hablando nada menos que del 40% de nuestra población, que para algunos representa una carga porque los miran con ojos del pasado y de una economía estancada y de suma cero, y no como una oportunidad para hacer más vibrante y creciente nuestra economía y más justa nuestra sociedad. 3) Hay que consolidar un crecimiento económico sustentable y diversificado para que prosperen las pymes creando empleos de calidad. Aún contamos con recursos humanos muy competitivos, pero se requiere un renovado énfasis en la educación, a la que hay que dedicarle más recursos, nuevos métodos de enseñanza y una evaluación transparente de resultados. Por otro lado, el Estado debe cambiar su enfoque –agravado en estos últimos años– de ser una fuente de regulaciones, marañas e impedimentos para los emprendedores, y convertirse en un socio que les facilita su crecimiento y desarrollo, a través de una mirada estratégica. Todo esto requerirá funcionarios públicos a la altura del desafío y una burocracia dispuesta a este cambio de enfoque. No hubo suficiente espacio para plantearlo durante la campaña ni hay mucho margen para ponerlo en práctica antes del 10 de diciembre. Pero, independientemente de las interpretaciones trasnochadas de Néstor Kirchner, no debemos permitir que la confrontación y el veto pesen más que el voto que mayoritariamente se expresó a favor de más federalismo, más república, más dignidad y más igualdad de oportunidades.

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