Un conflicto sin salida a la vista

Por Cristian Mira

En todos los conflictos, por más duros que sean, siempre hay un instante, en medio del fragor del enfrentamiento, en que alguien intenta responder a una pregunta: "¿Cómo se negocia para encontrar una solución?".

Esa regla, sin embargo, no tiene aplicación para la disputa entre el campo y el Gobierno, que ya lleva tres años.

Ante la escasa voluntad que exhibe la administración de Kirchner por encontrar una solución de consenso, las entidades rurales no encuentran otra forma canalizar el descontento de los productores que no sea convocar a un cese de comercialización de granos y de hacienda.

La Comisión de Enlace preferiría otro camino. Después de miles de kilómetros recorridos por todo el país y de hablar en cientos de asambleas, desearía sentarse frente a un funcionario con poder político y conocimiento técnico para empezar a encontrar las soluciones que reclaman los productores.

Los ruralistas tenían esperanzas en el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, pero después de las palabras que dijo la ministra de Producción, Débora Giorgi, a la salida de la reunión que mantuvieron hace un mes en la Casa Rosada, esas expectativas se diluyeron. Entendieron que en el Gobierno sigue prevaleciendo una línea dura que se propone llevar el conflicto hasta las últimas consecuencias.

Ni siquiera el nombramiento de María del Carmen Alarcón al frente de una secretaría de Estado, que supuestamente se encargará de resolver conflictos con el agro, fue interpretado como símbolo de un cambio. Sólo el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, abrió un pequeño crédito en favor de la ex legisladora. El resto del ruralismo osciló entre el rechazo y la indiferencia.

Los dirigentes tampoco se muestran satisfechos con la protesta constante en las rutas. Temen que esa modalidad se convierta en testimonial y que quede instalada en el imaginario colectivo como una parte más del paisaje. Pero sienten la presión de los dirigentes intermedios y productores, que advierten que día tras día los problemas se acumulan y las oportunidades de revertir la crisis del agro se desaprovechan. Por ejemplo, si el Gobierno hubiera rebajado las retenciones al maíz, tal como los propios funcionarios hicieron trascender en los pasillos de la Casa Rosada hace un mes, es probable que el área sembrada con el cereal no fuera en la próxima campaña agrícola la más baja de los últimos 20 años.

Los funcionarios del Gobierno que quieren terminar el conflicto con el campo -Alarcón entre ellos- saben que, con unas pocas medidas (rebaja de retenciones y liberación de exportaciones de carne y granos), gran parte de la tensión quedaría desactivada. Pero una y otra vez se chocan con la negativa del matrimonio presidencial. Ante ese camino sin salida, los ruralistas se quedan sin opciones para intentar detener la presión de quienes quieren extender la protesta.

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