El conflicto y la platea oficial

Por: Ricardo Kirschbaum

Las secuelas del violento desalojo de la fábrica Kraft están a la vista. Hay un incremento del activismo de la izquierda dura, sobre la que el Gobierno no tiene control, y de la solidaridad que la huelga cosechó en toda esa franja, a la que se han ido sumando sectores ex kirchneristas.

Desde el otro lado, los empresarios -e indirectamente la Embajada de EE.UU.- pujan por volver a la actividad normal de la fábrica, reincorporando algunos despedidos pero dejando afuera a los delegados más combativos. Hay una coincidencia objetiva del sindicato con la posición empresaria: cordón sanitario para los sectores que han radicalizado la protesta.Más allá de los detalles concretos del conflicto, el desafío de Kraft puso al Gobierno en una encrucijada. Desde que Kirchner asumió en 2003, el manejo de la calle fue una de las piezas estratégicas de su gestión. La política fue permitir los piquetes y, sobre todo, construir una fuerza propia para evitar que la protesta pública pusiera en jaque al Gobierno.

Lo ocurrido en Kraft comenzó a cambiar esa situación porque afloraron las contradicciones flagrantes entre el discurso y la realidad. La izquierda dura ha hecho siempre del conflicto su forma de hacer política sin matices. El todo o nada, que casi siempre termina en nada, tiene una dinámica de opciones extremas. Para el oficialismo, en este caso, es peligrosa porque lo coloca en un brete muy difícil. El desafío de correrlo al kirchnerismo por izquierda detonó una respuesta -el violento desalojo de la fábrica- que seguidores del Gobierno detestan. Y la presión de la embajada es una cuestión que el Gobierno no puede ignorar y lo pone aún más incómodo ante su platea porque lo desnuda.

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