Condenan al cerebro del genocidio ruandés

La Justicia internacional escaló ayer un nuevo peldaño al condenar a cadena perpetua a Theonese Bagosora, un ex coronel ruandés de 67 años, por haber orquestado el genocidio de casi un millón de personas en Ruanda en 1994
El crimen fue perpetrado en apenas cien días, y las víctimas, en su mayoría de la etnia tutsi (campesinos), perdieron la vida de la forma más horrenda: a machetazos. A pesar de que Bagosora pertenecía al grupo rival, los hutus (ganaderos), muchos de éstos también fueron aniquilados cuando se opusieron a su campaña de limpieza étnica. En un fallo histórico, los dos principales oficiales a sus órdenes fueron también condenados por el Tribunal Especial de la ONU para Ruanda, abierto en Tanzania, a pasar el resto de su vida en la cárcel.

Bagosora, que negó en el juicio “haber matado o bien ordenado la muerte de otros” y piensa apelar el fallo, es autor de algunas frases escalofriantes incluidas en el pliego de acusaciones presentado por los fiscales. “Voy a preparar el Apocalipsis”, habría dicho ya en 1990, mucho antes de que decidiera armar y entrenar a las milicias Interahamwe, autoras de la mayoría de los crímenes. Ese año, los rebeldes tutsi del Frente Patriótico de Ruanda invadieron el norte del país desde sus bases en el país vecino, Uganda. El asalto forzó al entonces presidente, Juvenal Habyarimana, un hutu, a acelerar unas reformas políticas que no impidieron el estallido de la guerra civil. Bagosora no esperó a la firma del pacto que permitiría a hutus y tutsis compartir el poder a partir de 1993. Para cuando llegó la transición del gobierno de doble etnia, él había redactado y repartido entre las fuerzas armadas “un documento donde describía a los tutsis como el principal enemigo”.

Con la semilla del odio racial sembrada entre unos subalternos que recibirían las órdenes de muerte que le han valido la condena por genocidio (además de otras dos por crímenes de guerra y contra la humanidad), el momento de Bagosora llegó el 6 de abril de 1994. En un atentado todavía sin resolver de forma satisfactoria, el avión que transportaba al presidente Habyarimana y a su homólogo de Burundi, Cyprien Ntaryamira, fue derribado, pereciendo todos sus ocupantes. Al día siguiente, la guardia presidencial se volvió contra el primer ministro, el hutu moderado Agathe Uwilingiwimana, y lo asesinó. Lo que siguió después fueron cien días de horror en los que las milicias Interahamwe recorrieron el país matando a machetazos a sus convecinos sin distinción de edades ni sexo.

Según el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, nombre técnico de la corte de Naciones Unidas –gemela de la de Yugoslavia, aunque ésta con sede en La Haya–, Bagosora habría “conspirado con otros tres oficiales para exterminar a la población civil tutsi y a los miembros de la oposición”. En los tres meses de paroxismo asesino, la ONU no hizo valer su autoridad y sus tropas desplegadas en Ruanda fueron incapaces de proteger a los civiles. La inoperancia de la organización internacional resulta todavía más dolorosa si se tiene en cuenta que ya en 1993, el general canadiense Romeo Dallaire, jefe de los Cascos Azules en suelo ruandés, había descripto a Bagosora como “un conocido extremista que controlaba a la milicia genocida”. Dallaire conoció a los jefes milicianos hutu, y dijo que estrechar su mano fue “como dársela al diablo”. Pero eso no fue todo. Durante su última cita, el coronel ruandés le apuntó con una pistola asegurando “que le mataría la próxima vez que se vieran”.

Poco después, Bagosora huyó a Camerún, donde fue arrestado en 1996. El proceso comenzó en 2002 en Tanzania, pero la situación en Ruanda dista de haberse aclarado. Ahora su frontera con Congo, donde hay una milicia tutsi y extremistas hutu, es una de las más peligrosas del mundo. Ha habido cinco millones de muertes desde 1994, y en lo que va de año, al menos 300.000 personas han perdido sus hogares.

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