Las complicidades de la Presidenta

Por Martín Dinatale

Un mar de silencios y complicidades rodeó la gira de Cristina Kirchner por Cuba y Venezuela. Esta vez, la diplomacia internacional parece haber registrado con mayor detalle lo no dicho por la Presidenta que sus largos y pomposos discursos.

En su paso por La Habana la Presidenta obvió hablar del caso de la médica disidente Hilda Molina, que no puede salir de Cuba para conocer en la Argentina a sus nietos. Se les podría conceder a los funcionarios de la Cancillería aquello de que no se habló públicamente del tema para resguardar un secreto de Estado. Pero cuesta pensar en una negociación para sacar a la médica disidente de Cuba cuando después del sorpresivo encuentro con Fidel Castro éste emitió un comunicado en el que dijo que en la charla que tuvo con Cristina "no hubo debate". La reunión parece haberle servido más a Castro que a la presidenta argentina, por tratarse de una emisaria más digerible que Correa o Chávez si la idea era distender el clima con EE.UU. y esperar que Obama levante el bloqueo a Cuba.

Ante la perplejidad que causó la visita de Cristina a Cuba en el preciso instante en que Obama llega a la presidencia de los Estados Unidos e inaugura un nuevo mapa de las relaciones internacionales, algunos funcionarios aventuran que esta estrategia buscaría posicionar a la Argentina como una suerte de "nuevo puente" entre La Habana y Washington.

De todos modos, resulta difícil conceder a la Presidenta su desplante a los grupos de disidentes cubanos y a Hilda Molina, a menos que los Kirchner se reserven el discurso de los derechos humanos exclusivamente para la Argentina.

Otros silencios tampoco encuentran explicación. Se mencionó que el viaje a Cuba generará beneficios económicos para empresas argentinas que exportarán a la isla, aunque no se dijo abiertamente que el BICE o el Banco Nación financiarán parte de esas exportaciones.

En su paso por Caracas la Presidenta profundizó lazos económicos con Chávez, pero evitó hablar de la crítica que Obama hizo al caudillo venezolano, al que acusó de "haber impedido el progreso en la región". No hubo mención alguna de esas palabras. Se optó por el silencio y la firma de 21 acuerdos comerciales con Chávez.

Al embajador argentino en Washignton Héctor Timerman le costó explicar la presencia de Cristina en La Habana a los diplomáticos demócratas que se le acercaron tras la asunción de Obama. A la vez, ayer hubo muestras desesperadas del Gobierno por remontar el terreno perdido con Estados Unidos. Algo de esto evidenció la publicitada reunión del embajador Earl Wayne con el ministro del Interior, Florencio Randazzo, que no dio más resultados que los formalismos.

Hay gestos y palabras que difícilmente logren ocultar los sugestivos silencios presidenciales.

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