Compartí tu mesa de Navidad con pobres, ricos en dignidad

Llegamos cerca del mediodía, como adivinando la hora del almuerzo. Y ellas estaban ya reunidas en el salón del comedor comunitario que construyeron con mucho esfuerzo, porque antes funcionaba a la sombra de un rancho.
¿Quiénes son ellas? Las muchas mujeres que para esta época del año se quedan al frente de sus casas, solas, en Kilómetro 100 porque sus maridos emigran a trabajar en la cosecha en otras tierras.

Para la Navidad comparten la noche con sus hijos, en compañía de los viejos que ya no están en edad de trabajar, y de las mujeres de las otras familias que también están como ellas.

Pero no hay dolor. Tampoco resignación. Más bien se podría decir que aceptan la realidad a la que buscan transformar con perseverancia, esfuerzo y trabajo conjunto.

No siempre fue así. Hubo una época de olvido y abandono, hasta que Dolores Ruiz, una animadora comunitaria, junto a otras personas de la parroquia de Loreto posaron los ojos sobre ellos.

El click en sus cabezas se produjo luego de un hecho triste y lamentable. La muerte de un adolescente, hijo de Ángela, una de las pocas (sobran los dedos de una mano) que tiene luz eléctrica en su casa desde hace un año y medio.

Para aquella época la familia de Ángela vivía en un rancho y lejos de toda información sobre la hepatitis que terminó llevándose la vida de uno de sus hijos. No tenían para el cajón, menos para el servicio fúnebre. Consiguieron que alguien les “fiara” el féretro, pero había que pagarlo.

Los vecinos separados por algunos metros e incluo kilómetros decidieron ayudar. Hicieron beneficios hasta terminar de saldar la deuda. Ahí se dieron cuenta de que si se juntaban, si todos tiraban para el mismo lado, la historia cambiaba.

Organizaron un comedor que actualmente cuenta con un subsidio del Ministerio de Desarrollo Social de la provincia, pero en lugar de esperar que las mujeres del Plan Jefe de Hogar sean las que les cocinen, ellas mismas elaboran la comida y la reparten. Los que viven cerca se llegan al salón a comer. El resto, pasa a buscar sus raciones para llevarlo a la mesa familiar.

En Kilómetro 100 todos saben de sacrificios. Desde el más chico hasta el más grande. Los primeros hacen todo lo posible para cumplir con la escuela, ya sea a pie o en bicicleta. Los otros aprenden a vivir la vida de la mejor manera.

Con otro prisma

Marta tiene dos hijos varones. Su esposo también es obrero golondrina. La plata no les sobra. A lo largo del año viven de lo que les deja la venta de leche de cabra, leche de vaca (cuando hay), quesillo y huevos. El dinero que su marido recibe por el trabajo durante la cosecha trata de guardarlo para las urgencias: casos de enfermedad o la necesidad de pagar el fiado.

Esta forma de mirar la vida la hace proyectar el futuro de sus hijos con otros deseos: “Nos gustaría que los chicos de la zona sigan la secundaria. Cuando llegan a los 13 ó 14 la mayoría de los padres los lleva a trabajar con ellos, conocen la plata, empiezan a tomar… Nos gustaría que fuera diferente”, explica.

En pocas líneas se puede entender que quieren romper el círculo, abrir delante de los chicos otro panorama, como intentan hacerlo con Cecilia.

“Ella quiere seguir estudiando, como otros chicos, sólo que tienen miedo de inscribirse y que después no puedan cumplir con las exigencias de la escuela: libros, fotocopias, útiles, traslado. Lo que buscamos es darles la posibilidad de que estudien para que puedan transformar su realidad”, cuenta Dolores Ruiz, quien años atrás vivió en la zona y luego se trasladó al centro de Loreto para permitirles a sus hijos asistir al secundario.

Comentá la nota