La Compañía

Por Martín Caparrós.

Una amiga me contó que uno de sus hermanos era jesuita, que tuvo amores no divinos y un embarazo no deseado. Su superior le ofreció que si aceptaba olvidar a su hijo, la Compañía se haría cargo del chico de por vida; sino tendría que abandonarla

Hace unos días, mientras la relación entre la Iglesia y la Argentina aparece en los diarios con frecuencia, una amiga me contó una historia. Me contó que uno de sus hermanos era jesuita, profesor en un colegio de jesuitas, y que tuvo, ya casi cincuentón –quién sabe si por primera vez–, amores no divinos. Que la carne infernal pertenecía a una ex monja, una mujer tranquila, y que sus relaciones, serenas, espaciadas, ya llevaban unos años sin incidentes cuando ella se quedó, sin ninguna intención, embarazada. Que él, leal a su orden –que era, de algún modo, el único hogar que conocía–, le contó a su superior su encrucijada: que por supuesto no pensaba en un aborto, pero tampoco encontraba otra salida. Que su superior no tardó en ofrecerle una tan claramente estructurada que el réprobo entendió que no era nueva: que si él resignaba cualquier reclamo de paternidad, si aceptaba no conocer a su hijo y olvidarlo, la Compañía se haría cargo del chico y de sus gastos de por vida y olvidaría el asunto; pero que, si no lo hacía, tendría que abandonarla para siempre. En síntesis: que tenía que elegir entre la Orden y su hijo. Que lo entendiera: que ellos aceptaban que un hombre podía tener esos deslices, pero que lo que no podían tolerar era que cosas como ésa se supieran.

Mi amiga me contó que su hermano pasó semanas debatiéndose en la duda y que, al final, cierta manera de la culpa pudo más: aunque no estaba convencido de querer ese hijo –o incluso a esa mujer–, le parecía poco cristiano abandonarlos, aun en manos de una organización tan poderosa. Así que decidió dejar su hábito y su empleo y buscarse la vida por fuera de la ley de san Ignacio. Ahora, me contó mi amiga, el hombre está en problemas: debe mantener una familia, y no es fácil conseguir un empleo cuando uno tiene más de cincuenta años y un doctorado en teología. La historia me impresionó mucho. No estoy seguro –nunca se puede estar seguro– de que sea cierta, pero no tengo ninguna razón para pensar que no lo sea; me impresionó, en cualquier caso, lo arcaico de la escena y, sobre todo, la idea de una respuesta preparada para esos casos y la imagen de todos esos hijos de jesuitas repartidos por el mundo, ignorantes del nombre de sus padres pero bien atendidos por el dinero de la Compañía –que conoce y acepta lo que pasa pero que no soporta que se vea. Somos, es obvio, hijos dilectos de esa idea: callar y obedecer, decía san Ignacio, para Su mayor gloria. Hasta que, por las crisis, Dios deja de ser Dios, y entonces todo se derrumba.

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