Cómo terminar con la educación de segunda

Por: Rodolfo Terragno

ESCRITOR Y POLITICO

Sólo una revolución pedagógica que incorpore la telemática nos permitirá tener educación masiva de calidad.

Harvard, Yale, Cambridge, Oxford y Caltech son -según el autorizado ranking THE/QS- las cinco mejores universidades del mundo.

En la Argentina, resultarían "chicas". Yale tiene 5.247 alumnos. La UBA, 358.071. Uno de los datos que explican la diferencia: en Yale hay que pagar 36.500 dólares por año; en la UBA, nada.

La educación masiva y gratuita es una bendición. Pero, ¿cómo evitar que sea de segunda?

Hasta ahora, fue difícil. Una facultad abarrotada podrá tener un instituto o un curso de jerarquía; pero su calidad media será, inevitablemente, baja. No cuesta entender por qué. Albert Einstein puede tener 30 discípulos; pero no 30.000. Y no existen 1.000 profesores de Física que puedan compararse con el hombre que halló la fórmula E = mc2.

Durante años, la ecuación fue: más alumnos, menos calidad. Ya no. Una revolución pedagógica, unida a la telemática, hizo posible la educación distribuida.

Hoy, Einstein podría dictar clases a millones, ayudado por gráficos, animaciones y videos. Los estudiantes elegirían cuándo y dónde verlo. Cada uno lo tendría en su notebook, televisor, MP4 o iPod. O lo encontraría en el desktop de un locutorio.

Ninguno sería un receptor pasivo. Con la educación distribuida, los alumnos deben realizar trabajos prácticos -corregidos por un sistema computarizado- y navegar por la inmensa bibliografía de la que disponen.

Los 12.500.000 libros de papel que posee Yale ya no son un privilegio. Bibliotecas digitales como Flat World Knowledge, Questia, JSTOR, Proyecto Gutenberg o Miguel de Cervantes proveen libros y trabajos académicos que pueden bajarse a cualquier soporte. Incluso a dispositivos que imitan libros reales: sus delgadas pantallas flexibles, no iluminadas, son como hojas, en las cuales la "tinta electrónica" acentúa el "efecto papel".

Los estudiantes no aprenden en soledad. Si viven lejos de la universidad, asisten semanalmente a una subsede, donde reciben el apoyo de tutores, se relacionan entre sí y dialogan con otros profesores mediante videoconferencias. Todos ellos rinden, a su debido tiempo, exámenes presenciales.

Los costos de estudiar con apoyo electrónico son casi nulos para jóvenes que viven ligados por Facebook, juegan con PlayStation y bajan videos o música.

La tecnología permite, de este modo, masificar la excelencia; pero el proceso no está exento de riesgos.

Así como la Encyclopædia Britannica no sustituye a la universidad, no lo hace la Internet. Una y otra son formidables complementos. Las universidades del futuro no tendrán grandes edificios, pero deberán sistematizar la enseñanza superior, fijando secuencias de estudio, escogiendo profesores, evaluando alumnos y otorgando diplomas.

El primer peligro es la facilidad con la que cualquiera puede montar -con mínimo costo- una "universidad virtual". El ciberespacio está poblado de materiales didácticos gratuitos, que pueden ser capturados y organizados arbitrariamente. YouTubeEDU o iTunesU permiten subir y bajar clases universitarias filmadas. Más aún, existe el OpenCourseWare (OCW), ideado por Nicholas Negroponte, al cual adhieren varias universidades. Cursos enteros son colgados en la red, para que se los baje gratuitamente.

El Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) ya puso en OCW 1.900 cursos. Usadas con irresponsabilidad, esas nobles iniciativas dan lugar a sistemas precarios de educación a distancia. El valor de un título dependerá ahora, más que nunca, del prestigio que tenga la universidad otorgante.

La educación superior argentina enfrenta otro peligro. Si no se ofrece alta calidad, los alumnos más exigentes iniciarán una migración virtual a Harvard, Salamanca o la Sorbona. Salvo en las carreras que otorgan títulos habilitantes, les dará lo mismo estudiar en la Argentina o, desde aquí, en prestigiosas universidades ubicadas a miles de kilómetros.

Yale se ha propuesto convertirse en una "universidad global" y el proyecto tiene el impulso de un latinoamericano: Ernesto Zedillo, ex presidente de México.

La globalización educativa tiene ventajas y desventajas. Además de proveer conocimientos generales, una universidad contribuye al fortalecimiento de la identidad nacional. Un modo de conciliar el pro y el contra es el propuesto por Whitney International University System (WIUS): una red de instituciones privadas, cada una de las cuales diseña sus propios programas de estudio.

Hoy, nuestras universidades nacionales pueden ser masivas y ofrecer alta calidad. Para eso necesitan dos cosas. Una, admitir que la revolución tecnológica es irreversible. Dos, provocar un cambio copernicano en el modo de enseñar.

El psicólogo y tecnólogo David Wiley sostiene que "si las universidades no encuentran la forma de innovar y adaptarse a los cambios que se están dando en su derredor, hacia 2020 serán irrelevantes". Adaptarse no significa olvidar los viejos métodos sino combinarlos.

Barack Obama tiene como subsecretaria de Educación a Martha Kanter, que lideró una Comunidad de Recursos Educacionales Abiertos vía Internet. Sin embargo, a sólo 28 días de haber asumido la presidencia de Estados Unidos, Obama promulgó la ley que asignó 100.000 millones de dólares a la mejora de la enseñanza formal en todos los niveles.

Mis propuestas: Ley Nacional de Enseñanza Distribuida. Homologación de las aplicaciones a emplear. Presupuesto para el desarrollo del sistema. Adaptación de los planes de estudio. Capacitación de profesores en el uso de los nuevos recursos. Incorporación de la figura de tutor a la carrera docente. Formación de redes universitarias con subsedes en todo el territorio nacional.

Objetivo: una educación masiva, de alta calidad que alcance a los lugares más recónditos.

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