Cómo será la Argentina después de Alfonsín

Por Fernando Laborda

El fenómeno social suscitado por la desaparición de Raúl Alfonsín puso nostalgiosos hasta a algunos funcionarios del gobierno nacional. El propio jefe de Gabinete, Sergio Massa, confiesa que, en 1983, imitaba al líder radical subiéndose a un balde y gesticulando como el presidente de la reapertura democrática. Por entonces, Massa tenía 11 años de edad.

Pocas veces hubo tanto consenso en la dirigencia política toda. Sus voces se unieron para exaltar la figura de quien fue rebautizado el padre de nuestra democracia.

¿Cambiará algo en la Argentina tras el fallecimiento de Raúl Alfonsín? ¿Recogerá el gobierno kirchnerista alguno de los tantos mensajes reflejados por la calurosa despedida que la ciudadanía le tributó al ex presidente?

Sólo una notable sensación de orfandad institucional y la percepción de ausencia de no pocos valores que supo encarnar Alfonsín pudieron haber generado el dolor, la nostalgia y la emotividad evidenciados en estos días de duelo.

El gobierno de Cristina Kirchner debería reflexionar profundamente sobre esos valores que, súbitamente, la opinión pública pareció descubrir que añora y que sí le atribuye a la figura de quien lideró el proceso democrático iniciado en 1983.

Dirigentes kirchneristas confían en que la movilización ciudadana por Alfonsín le dará aire al radicalismo. Es claro: les conviene que en el distrito bonaerense la lucha electoral sea entre tres listas y que no haya una polarización entre la nómina oficialista y la encabezada por Francisco de Narváez y Felipe Solá.

Sorprendió que, entre los discursos con que se tributó el homenaje a Alfonsín en el Salón Azul del Senado de la Nación, fuera un dirigente kirchnerista, el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner, quien subrayara el diálogo como el valor central del líder radical. Paradójicamente, es una de las características por las cuales no se han destacado los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Ambos han hecho de la falta de diálogo -incluso hasta dentro de sus propios gabinetes- un estilo de hacer política.

Es probable que el mensaje de Fellner no quede mucho más que en palabras. Sin embargo, puede especularse con que, cuando faltan menos de tres meses para las elecciones, el oficialismo acusará algún recibo de cierto clamor ciudadano en favor de la concordia, la convivencia democrática y el diálogo del que tanto se habló en los tributos a Alfonsín.

Por lo pronto, el Gobierno trabaja para apurar la convocatoria al Consejo Económico y Social, donde abordará con sectores empresariales y sindicales la presente crisis global y sus efectos en la Argentina.

No sería extraño que el Gobierno presentara ese acontecimiento como una suerte de homenaje a Alfonsín. Sin embargo, el ex presidente hubiera preferido un diálogo político. Tampoco hubiese admitido que el adelantamiento de los comicios nacionales anulara cualquier tentativa de proceso electoral interno. Era un férreo defensor de los partidos políticos, hoy relegados al papel de meros sellos que cobijan candidatos y donde impera el poder del dedo.

Habrá que ver si la multitudinaria despedida del padre de nuestra democracia es una manifestación de fe en la política que se contagia al resto de la población. Por ahora, la explosión de compromiso y participación política de 1983, que generó que un tercio de la ciudadanía estuviera afiliado a algún partido, es tan sólo un hermoso recuerdo.

Comentá la nota