Como locos, en un cambalache

Por: Ricardo Roa

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no se qué, dice Ferrer en "Balada para un Loco". Al menos en unos cuantos lugares de la ciudad, ese no se qué es un verdadero infierno. Un día puede irrumpir en la plaza de Mayo una procesión de dolientes bolivianos cargando un féretro con un muerto dentro, según ellos asesinado por la Policía, con la pretensión de velarlo allí mismo. Y Hebe de Bonafini, a agraviarlos al grito de "bolivianos de mierda" porque se considera la dueña de la plaza. Raúl Castells en su enésima huelga de hambre, llamarla fascista y Sergio Shocklender, condenado por parricida, agredir a Castells. Todo al mismo tiempo

La plaza de Mayo es parte de nuestro patrimonio histórico. Que se sepa no tiene propietarios, por más que el peronismo la considere propia. Hoy es un circo. Cualquier cosa menos un paseo; basta con visitarla para ver las carpas de supuestos ex combatientes que reclaman desde hace años ser reconocidos. Y otros que han sido reconocidos pero reclaman mayor reconocimiento. Se entiende de qué tipo

Cualquiera también puede cortar y acampar en la 9 de Julio, la avenida más ancha. Un emblema del tránsito. Piqueteros que piden planes sociales y piqueteros que ya los tienen y quieren impedir que se los den a otros, dado que ellos son kirchneristas de verdad. Se puede improvisar partidos de fútbol o instalar en la misma calle puestos donde se vende desde ropa a presuntas artesanías. Se ha naturalizado que el espacio público no es para transitar sino para bloquear. En un país democrático, nadie tiene derecho a impedir las protestas. Igual que es un derecho el circular libremente ¿Es posible que el Gobierno, responsable primario de lo que pasa, no haya logrado en más de seis años conciliar estas dos cosas?

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