Cómo construir la próxima crisis

Por Martín Rodríguez Yebra

Los Kirchner acaban de dar un dramático giro a su hábito de reinventar la realidad desde el discurso: aquel "relato" favorable, pródigo en estadísticas retocadas y épicos logros políticos, cedió lugar a la construcción anticipada de la próxima gran crisis.

En el libreto de Néstor Kirchner -convalidado por la Presidenta-, las elecciones legislativas son un plebiscito, y una derrota del Gobierno equivale casi a un golpe de Estado.

Decir que el país volverá al caos de 2001 si el kirchnerismo pierde la mayoría podía leerse el lunes, cuando Kirchner lo dijo por primera vez, como un acto fallido, un sincericidio para un candidato que se jacta de favorito. El martes sonaba a estrategia de campaña. Ayer, con los Kirchner a dúo, empezó a parecer algo más que una táctica para captar votantes temerosos.

La mayoría de los estudios preelectorales -hasta los que paga el Gobierno- anticipan que el kirchnerismo puro perderá la mayoría en la Cámara de Diputados y le resultará difícil mantenerla en el Senado. Es una derrota preexistente, fabricada en la máquina de expulsar aliados que fue el oficialismo en el último año.

La pérdida de bancas será independiente de si Kirchner gana o no en Buenos Aires, donde apuesta su nombre, el del gobernador Scioli y el de los intendentes peronistas.

Cuando inventó el plebiscito, el ex presidente parecía aludir sólo a su batalla personal en la provincia. Ahora, ya lanzado, y cuando las encuestas son para él un compendio de malas noticias, extendió el desafío y habla obsesivamente de la mayoría legislativa. Lo curioso es que lo haga cuando el oficialismo puede salir primero en la suma nacional de votos y aun así quedar sin el número de bancas necesario para imponer leyes sin negociar.

Para colmo, los analistas económicos sospechan que en la segunda mitad del año empezarán a notarse serios problemas de caja. Imaginan también la temible llegada de los efectos sociales de la crisis global.

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El infierno de los Kirchner tiene todos esos elementos: fondos limitados, votos en picada, cuerpos legislativos rebeldes... Nada que la Constitución no haya previsto cuando dispuso la renovación parlamentaria en la mitad del mandato presidencial. Pero ¿se resignará el matrimonio presidencial a gobernar bajo esos términos? ¿O más fácil que negociar será alimentar el mito de un "ataque contra la estabilidad democrática", una versión mejorada del "si perdemos, nos vamos" que lanzó el piquetero Emilio Pérsico hace dos meses?

Ese mensaje asusta a buena parte del peronismo, incluidos los gobernadores kirchneristas. No quieren un 2001 prefabricado que los borre del poder. El equilibrio que deberán ejercitar para "mantener la gobernabilidad" desde julio ya es un tema de debate informal entre peronistas y opositores de distinta clase.

Ayer la Presidenta se quejó de esas especulaciones mientras no hacía otra cosa que instalarlas.

"¿Para qué quieren la mayoría?", bramó luego, en alusión a sus rivales. Casi como decir "¿para qué tenemos que hacer elecciones?" Pero, al menos por ahora, el cumplimiento de ese trámite es la única certeza en la cambiante estrategia kirchnerista.

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