En el 30 comienza una etapa de crisis de legitimidad y de debilitamiento del Estado

"La Argentina es todavía hoy un país donde la autoridad estatal es un desafío", dice Novaro.
- ¿Qué trascendencia tiene en la historia argentina el golpe del 30?

- Visto desde hoy, es clave para entender lo difícil que resulta para la Argentina del siglo XX construir un régimen estable, constitucional, basado en el consenso. También da cuenta de la enorme disputa entre los actores respecto de las vías para hacer eso y respecto del uso de la vía autoritaria y violenta.

- ¿Qué consecuencias deja el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen?

- El 30 es el inicio de una larga crisis de legitimidad. Entre los partidos y los actores sociales e institucionales (fuerzas armadas, la Iglesia) hay permanentes cuestionamientos respecto de las vías por las cuales los otros acceden al poder o construyen poder. Esa crisis da lugar a una inestabilidad política muy alta. No sólo los gobiernos civiles son precarios: los gobiernos militares también. Ellos tampoco logran estabilizarse. El propio golpe del 30 da una muestra de eso: es exitoso para derrotar a Yrigoyen pero es fallido como intento de construir un régimen corporativo. De hecho, abre las puertas a una etapa de indefinición de las reglas de juego. Algo similar ocurrirá en el 43 (derrocamiento de Ramón Castillo) y, después, en el 55 (derrocamiento de Juan Domingo Perón): son golpes militares que dan lugar a regímenes que no logran estabilizarse. Este ciclo de inestabilidad se profundiza luego en dos intentos de rediseño social y político fuertemente represivos, uno más agudo que el otro, que son la llamada Revolución Argentina (1966) y el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976). Y aunque ambas son dictaduras más prolongadas, no logran crear un régimen político estable: fracasan y dan salida a transiciones democráticas.

- ¿Cómo se compara la situación argentina, en este contexto, con la de otros países de la región?

- El fruto de todo esto es el debilitamiento de la fe en la gestión institucional, más que el establecimiento de una regla autoritaria. En Brasil y en Chile hay golpes militares, pero los regímenes que instauran no generan descreimiento ni debilitamiento de la autoridad del Estado o de su capacidad para imponer reglas: generan exclusión política. Y eso no es una crisis de legitimidad, que se da cuando todos los actores se sienten insatisfechos, incluyendo los que toman el poder, que también desconfían de las reglas de juego. No digo, de ninguna manera, que haya autoritarismos buenos y malos: digo que hubo (en América latina) autoritarismos que fortalecieron al Estado mientras que en la Argentina lo debilitaron. Eso explica no sólo la extensión de la crisis sino la destrucción institucional que ella ha provocado: se ha destruido la idea misma de autoridad estatal. La Argentina es todavía hoy un país donde la autoridad estatal es un desafío: hay que construirla. La democracia existe a duras penas sostenida en un Estado muy débil, más allá de su tamaño. Las pretendidas revoluciones en la Argentina, sean civiles o militares, sólo han sido facciosas: las facciones no intentaban imponer una autoridad para todos por igual sino que buscaban destruir a otras facciones.

- A su criterio, la del 30, ¿está bien llamada Década Infame?

- Hay que describir como pura negatividad para períodos muy concretos. El Proceso es una experiencia claramente trágica para la Argentina. Ahí podemos estar casi universalmente de acuerdo. Hay hasta cierta objetividad en la adjetivación de esa etapa. Pero la llamada 'Década Infame' o la década peronista descripta como la "Segunda Tiranía", ¿reúnen esas mismas condiciones? Creo que no. Hay que tener una visión menos decadentista de nuestra historia.

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