¿Comenzó la diáspora del kirchnerismo?

Por Mariano Grondona

Si tradujéramos el dicho inglés "Una vez es casualidad; dos veces es coincidencia, tres veces es acción enemiga" a nuestra realidad política, podríamos decir que el alejamiento del diputado Felipe Solá preocupó a los Kirchner, que la deserción casi simultánea del vicepresidente Cobos los alteró, y que deben haber recibido con alarma, ahora, la renuncia de Carlos Reutemann al bloque oficialista de senadores.

Desde el momento en que hay que sumar a estas tres deserciones centrales -y una cuarta, que incorporamos a último momento: la renuncia del senador Juan Carlos Romero- las numerosas deserciones periféricas que las han acompañado, ¿nos hallamos entonces ante el comienzo de una diáspora potencialmente peligrosa para el kirchnerismo?

Kirchner se alteró en forma indirecta frente a Solá cuando su vocero más consecuente, el diputado Kunkel, lo insultó a gritos en la Cámara de Diputados. La alteración de ambos Kirchner contra Cobos se ha traducido en una serie de desconsideraciones dirigidas contra el vicepresidente de la Nación, las últimas de las cuales han sido negarle el avión oficial al que tenía derecho cuando era presidente en ejercicio y dejarlo sin granaderos en el homenaje a San Martín en Yapeyú. Si bien debe de haberse sentido afectado por estos gestos lesivos de su alta investidura, quizás al calmo Cobos lo haya aliviado advertir el saludable impacto que estas y otras andanadas del mismo porte han tenido en su envidiable nivel de popularidad.

Es llamativo, sin embargo, que la renuncia de Reutemann haya sido seguida, en lo inmediato, por el silencio bipresidencial. ¿Esperanzas residuales de tentar otra vez al senador con viajes o privilegios que éste ya ha rechazado? ¿Desconcierto sobre cómo proceder frente a su inmutable personalidad? El hecho es que, habiendo desdoblado el gobernador Binner las elecciones locales en Santa Fe, que ya no serán en octubre sino en agosto para evitar que queden "pegadas" a la elección nacional, a los Kirchner ya no les queda en esta estratégica provincia más que la modesta posibilidad de lograr que sus representantes en ella, sean Bielsa o Rossi, ocupen un distante tercer lugar frente a Reutemann y Binner.

Ni las groserías frente a unos ni el silencio frente al otro pueden arrojar en todo caso alguna luz al sombrío cuadro electoral que se le presenta a la pareja presidencial con miras a octubre en nuestros cuatro distritos principales, no sólo porque sus candidatos ya figuran terceros frente a Reutemann y Binner en Santa Fe, sino también porque ocupan el mismo lugar en la Capital Federal detrás del duelo eventual entre Carrió y Micheti, porque figurarán segundos en Córdoba frente a Juez a menos que el gobernador Schiaretti, para salvarse, se vuelque él mismo a la oposición y finalmente porque, habiendo perdido el interior de la provincia de Buenos Aires, no les queda otro recurso en ella que aferrarse al voto clientelista del conurbano y al discreto apoyo que todavía les brinda el gobernador Scioli, uno de los pocos kirchneristas que conserva una imagen recuperable. Si a los Kirchner les va a quedar este sombrío panorama en octubre, difícilmente lo podrán contrarrestar con el voto decididamente clientelista de algunas provincias menores en el Norte y en el Sur de nuestra extensa pero escasamente poblada geografía.

La madre de las batallas

Por las novedades que venimos comentando, algunos observadores se han preguntado en estos días si no nos hallaremos frente a la diáspora del kirchnerismo. La palabra "diáspora", ligada al antiguo inglés sper , "esparcirse" (como en spray ), y vecina a esperma (que se esparce), podría aplicarse correctamente a lo que le estaría ocurriendo hoy al kirchnerismo, que amenaza esparcirse, dispersarse, diseminarse, por las crecientes disidencias que lo afectan.

La aplicación de "diáspora" no sería tan precisa, en cambio, si no la tomáramos en su versión etimológica sino en su versión histórica, tal como lo hace el Diccionario de la Lengua Española cuando la define como "la dispersión de grupos humanos que abandonan su lugar de origen", en general como consecuencia de una persecución. La diáspora más conocida ha sido en este sentido aquella que dispersó al pueblo judío en diversas oportunidades, una de ellas después de la destrucción del primer templo de Jerusalén por parte del rey babilonio Nabucodonosor, que se lo llevó cautivo a Babilionia en el año 606 a.C., y otra, después de la destrucción del segundo templo de Jerusalén por parte del futuro emperador romano Tito en el año 70 d.C. Han sido tantas y tan graves las persecuciones sufridas por el pueblo judío a través de la historia que la palabra "diáspora" ha quedado ligada a él, aunque ha habido otras diásporas cuyas víctimas fueron no judíos; por ejemplo, la del pueblo vasco.

Esta aplicación histórica de la palabra "diáspora" difícilmente podría aplicarse al kirchnerismo porque su merma actual no proviene de un violento ataque exterior. Es, más bien, al revés, porque es el kirchnerismo el que atacó al campo, siendo resistido victoriosamente por él. Es como si Nabucodonor o los romanos hubieran sido derrotados por los defensores de las fortalezas que intentaban capturar.

Obsérvese que las grandes disidencias de Solá, Cobos y Reutemann que hoy debilitan al kirchnerismo ocurrieron todas ellas en defensa del campo. La lucha entre Kirchner y el campo ha sido y es todavía hoy la madre de todas nuestras batallas, y el kirchnerismo haría bien, si le queda sentido común, en darse cuenta de que el campo ha rechazado sus ataques y de que, si las cosas siguen como van, aun podría rechazarlos de nuevo.

La hilacha

De lo que a veces no se dan cuenta los gladiadores de nuestras luchas políticas es de que el pueblo los contempla desde las gradas, siendo él, en definitiva, el que les subirá o les bajará el pulgar. Lo que está determinando el comienzo de la diáspora kirchnerista no es que el Gobierno haya ganado o perdido su duelo contra el campo, porque hasta podría pensarse que, si su objetivo era destruir al campo, quizá lo está logrando. Lo que ha determinado su desgaste es que, al luchar contra el campo, ha sido tanta su ansiedad por ganar que ha mostrado la hilacha de la motivación que lo impulsa y que es ella, precisamente, la que disgusta a la sociedad que lo contempla desde las gradas.

Véase sino lo que acaba de pasarle a Hugo Biolcati. El Gobierno lo invitó a dialogar confidencialmente con Julio De Vido. El diálogo, como era previsible, terminó en la nada, pero el presidente de la Sociedad Rural concurrió a él con la remota esperanza de que se abriera un camino de entendimiento y, cuando el entendimiento no se logró, respetó la confidencialidad que había prometido. Lo contrario hizo el Gobierno cuando, al advertir que no podría dividir a la Comisión de Enlace a través de la supuesta "debilidad" de Biolcati, optó por denunciar las conversaciones para desprestigiarlo ante sus pares y para lograr así, por un pasadizo, su permanente objetivo de dividir al campo. Otra vez, empero, el campo no se dividió.

¿Pero qué pasó a consecuencia de esta fallida maniobra? Que el kirchnerismo sufrió un nuevo desgaste, no tanto porque no se logró el acuerdo que en el fondo no buscaba, sino porque actuó con el disimulo de los jugadores no confiables. Y es este lamentable espectáculo de los engaños del kirchnerismo el que ha incomodado nuevamente a la platea, confirmándole por enésima vez que el gobierno de los Kirchner no es digno de crédito porque, en vez de buscar el bien de todos los argentinos, como es su deber, parece buscar el mal de algunos argentinos, precisamente de aquellos a los que considera sus enemigos.

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