¿Comenzó la cuenta regresiva o es sólo una ilusión?

Por Mariano Grondona

En 30 días habrá un nuevo Congreso. Por efecto de las elecciones parlamentarias del 28 de junio, en las que perdió rotundamente el Gobierno, la nueva composición de las cámaras legislativas dejará de favorecerlo a partir del 10 de diciembre. Dos interpretaciones opuestas sobre nuestro futuro inmediato están chocando desde ahora. Alentados por las cifras de junio, los optimistas creen que, a partir de ellas, el kirchnerismo ha iniciado un camino descendente que terminará por alejarlo definitivamente del poder de aquí a dos años, cuando se celebren las elecciones presidenciales. Pero, entre junio y ahora, los Kirchner han demostrado tal capacidad de supervivencia que quizás estarían en condiciones de demostrar en 2011 que, habiendo sido las elecciones parlamentarias sólo un grave tropiezo, todavía están a tiempo de alcanzar su máximo objetivo: retener el poder, por lo pronto, hasta 2015.

¿Cuál de estas dos interpretaciones es la más probable? Cada una de ellas almacena sus propios argumentos. Al día siguiente del 28 de junio, muchos pensaron que la derrota del matrimonio presidencial era inexorable por la sencilla razón, decisiva en una democracia, de que tres de cada cuatro argentinos le habían bajado el pulgar. Una frase en la historia de la Iglesia que ya tiene larga vigencia es Roma locuta, causa finita (" Cuando se pronuncia Roma, la discusión se termina"). En la democracia, "Roma" ha pasado a ser el pueblo porque, ya por afuera del ámbito exclusivamente religioso, "la voz del pueblo es la voz de Dios". Los optimistas suponen en consecuencia que, habiéndose pronunciado categóricamente el pueblo en la histórica jornada del 28 de junio, nada podrán hacer los Kirchner para revertir su veredicto.

Pero el kirchnerismo aún aspira a contradecir a sus opositores con aquellos versos de José Zorrilla que rezan así: "Los muertos que vos matáis gozan de buena salud". Si algunos creyeron que el 28 de junio marcaba el principio del fin del kirchnerismo, ¿se encuentran ahora, entonces, en camino hacia la desilusión? Aun heridos y golpeados, ¿no podrán demostrar todavía los Kirchner, cual si fueran un Lázaro profano, una insólita capacidad de recuperación?

Esquizofrenia

Lo que pasa es que la palabra "democracia" se dice de dos maneras porque, si ella alude en una primera significación al demos , al "pueblo", también alude al "poder", al cratos , que se monta a partir de él. En las democracias bien ordenadas, estas dos expresiones se armonizan de modo tal que el pueblo es, en definitiva, el que manda. Pero en aquellas democracias desordenadas donde aún sobreviven fuertes residuos del autoritarismo del cual provienen, el cratos y el demo s no andan todavía con mismo paso. La transición del autoritarismo ancestral a la democracia plena permite entonces que, al menos por un tiempo, la mayoría donde reside el consenso y la minoría que usufructúa el poder parezcan circular por sendas separadas. Si la esquizofrenia consiste en la disociación de la mente entre dos visiones contrapuestas de la realidad que puede ser más intensa aunque también más pasajera en la pubertad, entonces la democracia argentina, con sus escasos 25 años de edad, todavía la atraviesa.

En el plano del cratos , así, el kirchnerismo sigue manipulando mediante la "caja" una masa de gobernadores, intendentes y legisladores que, sea cual sea su íntima preferencia, se pliegan una y otra vez a la voluntad autoritaria de los Kirchner. Pero en el plano del demos, el kirchnerismo sigue perdiendo con la particularidad de que, cuanto más poder retiene mediante diversas extorsiones, discursos y maniobras, más se aleja de la voluntad de los argentinos. Como lo señaló alguna vez el analista Rosendo Fraga, en los tiempos que corren la esquizofrenia política de la democracia argentina se traduce en esta paradójica fórmula: a más poder, menos consenso. Cuanto más fuerzan el sistema los Kirchner mediante la arrogancia y el hegemonismo, más antipatía recogen porque lo que la gente condena no es simplemente l-a situación económica o social. Esta podría incluso mejorar sin grandes consecuencias porque lo que la gente condena en el matrimonio del poder es, en definitiva, su estilo.

Cuenta la leyenda que, cuando estaba atravesando el desierto acosado por la sed, un caminante se encontró con un mercader que le ofreció de beber. Los ojos del caminante se iluminaron entonces, pero sólo hasta el momento en que el mercader le exigió, como contrapartida, que se convirtiera en su esclavo. En este momento preciso se frustró la transacción porque, apremiado por las circunstancias, el caminante estaba dispuesto a entregarle a su interlocutor todas las cosas que llevaba menos una: la dignidad.

Dos medias verdades

Tanto el optimismo de los opositores como el empecinamiento de los Kirchner no nos sirven como la mejor interpretación que tenemos a mano para predecir el inmediato futuro porque ambos expresan dos medias verdades. Es verdad, de un lado, que el pueblo le ha bajado el pulgar al matrimonio del poder. Pero de ahí no habría que sacar apresuradamente la conclusión de que, con sólo haber perdido el favor del pueblo, los Kirchner están irremediablemente perdidos. Sólo lo estarán, en realidad, si sobre el firme suelo del consenso popular que los sostiene, los opositores se dedican a levantar mediante un esfuerzo compartido y sincero, la catapulta que finalmente los proyectará dentro de la fortaleza del poder de aquí a dos años. Es que, si bien ya están bendecidos por el demos , a los opositores todavía les falta el cratos , la supremacía que sólo adquirirán en las cámaras, las gobernaciones y las intendencias hasta conquistar al fin el premio mayor de la presidencia. Del mismo modo, si los Kirchner no atinan a encontrar el mensaje de simpatía que les llegue a los argentinos de a pie y esa humildad que podría llevarlos a un diálogo auténtico con los que no piensan como ellos, de nada les valdrá agregar nuevas alquimias como las que ya ensayaron en torno del cambio de fecha de la convocatoria electoral, del apoderamiento de los fondos privados de las AFJP, de las candidaturas testimoniales, de la ley de medios audiovisuales o de la "reforma política", porque si no se reconectan con una auténtica mayoría será como si hubieran arado en el mar.

Lo cual quiere decir que, en la medida en que cada uno de los bandos en pugna insista en su visión parcial de la realidad y en su estrategia unilateral, insuficiente, para avanzar por ella, los argentinos asistiremos en el tiempo que viene a un doble fracaso, tanto del Gobierno como de los opositores. Sólo el bando que, reconociendo su propia insuficiencia, se ponga con urgencia a remediarla, llegará al fin deseado. El Gobierno, a perpetuar su poder. La oposición, a restaurar la república democrática. Sin duda, este objetivo es más noble que aquél, pero también hay que decir que la nobleza de los objetivos no garantiza por sí sola el éxito de los que luchan por ellos, ya que lamentablemente la historia está llena de inmerecidos ganadores y de injustos perdedores. Ni el kirchnerismo ni la oposición pueden dormirse por consiguiente en los laureles de su presunta superioridad, aunque sea maquiavélica en aquel y bien intencionada en ésta. La superioridad moral no basta para consumar la victoria de los objetivos superiores como el que sería, en este caso, la plenitud de la república democrática. ¿No advierte acaso el propio Evangelio que los hijos de las tinieblas han probado ser muchas veces más astutos que los hijos de la luz?

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