Un combate contra todos

Por Joaquín Morales Solá

Acompañado sólo por los muy fieles, encerrado en sus propias trincheras, el matrimonio Kirchner parece enfrascado en un combate contra todos al mismo tiempo. El marido resiste la ofensiva opositora en el Congreso, en una semana decisiva para la conformación de los próximos cuerpos legislativos, con la decisión de no negociar nada con quienes tienen la mayoría parlamentaria. Paralelamente, la Presidenta reinició una cruzada verbal contra los empresarios, justo cuando en Buenos Aires se reunía la conferencia de la Unión Industrial (UIA), el encuentro anual de la central empresaria más distante y crítica que les ha tocado a los Kirchner.

El dato más novedoso del ajedrez parlamentario es que la oposición se llevó los bloques de la izquierda y la centroizquierda. Estos son los que están en condiciones de volcar la balanza del Congreso hacia el Gobierno o hacia la oposición, integrada por el radicalismo, el peronismo disidente, la Coalición Cívica y Pro. Néstor Kirchner siempre creyó que esos grupos de izquierda terminarían optando por él.

De ahí, aquella famosa y ya vieja frase de Agustín Rossi: "No creo que seamos minoría después del 10 de diciembre". Muy distinta, por cierto, de la que está pronunciando en las últimas horas: "Nos quieren trabar el gobierno. Tendremos que vetar". La matemática es fatal para el oficialismo: 139 diputados consolidados se han registrado en la oposición, diez más que la mayoría absoluta de 129, pero la decisión de abrir el juego a la oposición cuenta con el consentimiento de 144 diputados. Cifra inalcanzable para el oficialismo.

Con las distintas franjas de la izquierda pasaron dos cosas. Una de ellas fue la reforma electoral. Obsesionado por cerrar en el peronismo las puertas de inminentes fugas, Kirchner escribió un sistema electoral sólo apto para los grandes partidos políticos. En esa desesperación por reprimir a los desertores propios, se olvidó de que también estaba matando a los pequeños y medianos partidos. La izquierda se inscribe entre éstos y actuó como actúan los condenados a muerte: pueden perdonar muchas cosas menos la crueldad del verdugo.

La otra cosa que sucedió es la conveniencia política. ¿La izquierda quiere ser la izquierda de Kirchner o la izquierda de la oposición? En la izquierda o en la derecha, lo cierto es que ningún sector político quiere aparecer vinculado a un gobierno extremadamente impopular. La izquierda será, por lo tanto, la izquierda de la oposición.

En verdad, en la reunión de líderes opositores de los diputados, anteanoche, se convino en ofrecerle al actual presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner, la reelección en el cargo. A partir de él, todo recaería en manos de la oposición: las tres vicepresidencias de la Cámara y la mayoría en la integración de las comisiones; está dispuesta a proponer una dura discusión con el oficialismo sobre la titularidad de esas comisiones.

La oposición ha debatido mucho sobre la tradición republicana de dejar en manos del oficialismo la presidencia de los cuerpos parlamentarios. Mauricio Macri y Felipe Solá todavía verbalizan la intención de arrebatarle al Gobierno esos cargos. Pura teoría. El problema de fondo es que los opositores nunca tendrían número para conseguir esos lugares. La Coalición Cívica y todas las vertientes de la izquierda votarían disintiendo con el resto de la oposición.

¿Qué los lleva a éstos a respetar aquella vieja tradición? Saben, en primer lugar, que las tradiciones no sirven para enfrentar al implacable Kirchner. Pero hay un principio que nadie puede olvidar sin el riesgo de parecerse demasiado al propio Kirchner. Las presidencias de los cuerpos parlamentarios corresponden siempre a la primera minoría, no ya al oficialismo. Y, guste o no, la primera minoría será del kirchnerismo. La suma de varios partidos opositores es mucho más que el oficialismo, pero no ningún partido opositor por sí solo.

En cambio, la oposición insistirá con prorrogar las sesiones ordinarias a partir del 10 de diciembre. El Congreso puede prorrogar esas sesiones, pero no puede, según la Constitución, convocar a sesiones extraordinarias una vez que los legisladores entraron en receso. La Cámara de Diputados esperaba forzar esa prórroga en una sesión especial que pediría para el 10 de diciembre, día en que comenzará el mandato de los nuevos legisladores. Aprovecharían que la Presidenta dispuso la continuidad de las sesiones ordinarias justo hasta el 10 de diciembre para darle tiempo al Senado para que aprobara la reforma política.

Una información de último momento consternó a los opositores: el Gobierno prepara un decreto interpretativo de aquel otro decreto que prorrogó las ordinarias. Aclarará que deberá entenderse el 10 de diciembre hasta la hora cero de ese día. Es decir: eliminará el 10 de diciembre y virtualmente cerrará el Congreso durante casi tres meses, hasta el 1º de marzo.

Otra cosa es la aritmética parlamentaria. Hay número suficiente en la Cámara de Diputados como para prorrogar las sesiones ordinarias, pero el Senado estaría muy cerca del empate o con ventaja del oficialismo. La oposición había decidido, de todos modos, dar la batalla en la Cámara alta para establecer quiénes serían los cómplices del oficialismo para cerrar el Congreso. Pero Cristina Kirchner estaría a punto de arruinarles esos preparativos con una interpretación que borrará un día del año.

Cristina Kirchner sometió a los empresarios de la Cumbre Iberoamericana a sus habituales sermones sobre lo trillado. Les dijo que debían dar trabajo y crear una riqueza más equitativa. ¿Quién estaría en desacuerdo con esos postulados? Nadie. No dijo nada, sin embargo, sobre las obligaciones de todo gobierno de crear las condiciones para la inversión y el progreso. En Buenos Aires, los empresarios argentinos de la UIA decidían al mismo tiempo tomar distancia del Gobierno por primera vez en seis años de kirchnerismo. Reclamaron por el intervencionismo estatal y por la falta de reglas del juego.

Hay una ideología renuente a entender la necesidad de los empresarios de contar con una clara hoja de ruta. Hay un feroz proyecto de poder, y no de gobierno, que justifica la intransigencia oficial con los opositores. Ideología y poder explican la decisión de combatir contra todos.

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