Del Colón a la muerte rockera

Por Pablo Alabarces.

La semana pasada fue marcada por dos hechos culturales de envergadura: la renuncia de Sanguinetti al Colón y la muerte de Sokol.

Estaba convencido de que el verano era una buena excusa para escribir sobre el verano: con esos ímpetus comencé hace dos semanas, y terminé ocupándome de un ignoto recital de dos bandas nuevas en Mataderos. La cultura es así, y las vacaciones también: imprevisibles. Nada presagiaba en el calendario que la semana pasada iba a estar marcada por dos novedades culturales de envergadura: la necesaria renuncia de Horacio Sanguinetti al Colón y la inesperada muerte de Alejandro Sokol en su Córdoba adoptiva. El verano seguirá pasando y seguiré sin decir mucho sobre las sombrillas.

Sobre Sanguinetti se dice poco porque hay poco que decir, salvo que su renuncia confirma dos cosas simultáneamente: la primera, que designar un simple amante de la lírica en el Colón es como nombrar a un fanático de las novelas policiales en la Biblioteca Nacional. La condición de aficionado no transforma en administrador cultural a nadie: el vitae de Sanguinetti apenas mostraba su paso por la dirección del Colegio Nacional de Buenos Aires, un paso autoritario y excesivamente largo a juzgar por la opinión de unos cuantos de sus ex alumnos; antecedente bastante distanciado de la complejidad que la dirección del Colón exigía.

Los pormenores de la pésima gestión de Sanguinetti los ha discutido con su acostumbrada claridad Diego Fischerman en Página/12: no vale la pena agregar nada a sus argumentos irrefutables. Sí quiero recordar la segunda cosa que demuestra su renuncia: simplemente, que para la gestión Macri la cultura es una oportunidad de negocios, y nada más. Lo sabíamos desde antes de que asumiera: la complejidad del mundo simbólico se reduce, para el macrismo, a los avatares de Riquelme. El Colón ha perdido, consecuentemente, un año irrecuperable.

Esperemos que Sanguinetti no pase ahora al área de educación, con el objetivo de poner en caja a tantos alumnos irrespetuosos y tantos docentes quejosos: después de todo, ésa es su verdadera especialidad.

Lo de Sokol, en cambio, tiene más densidad: porque vuelve a poner en el tapete algunos de los rasgos más complejos de la cultura del rock. Hace tiempo, hablando de Charly García, dije que el rock no era más la locomotora de la música popular, la que marcaba sus líneas de creatividad y novedad. Pero esto, que pretende ser un juicio estético, no implica que el rock no siga siendo un nudo central de nuestras culturas juveniles: el lugar donde tantos y tantas se afirman, se vuelven sujetos culturales y sociales.

La muerte de Sokol permite pensar una de sus claves: obviamente, el exceso. No lo digo con el tinte negativo que tanta tontería bienpensante puede afirmar. El exceso rockero es un rasgo estético y ético: estéticamente, porque es desborde de notas y de volumen, de ritmos y de estridencias.

Éticamente, porque el rock, a pesar de tanto “rescate” y de su conversión en mercancía millonaria, se sigue reivindicando como el exceso frente a tanta hipocresía. Pour épater le bourgeois –un modo del exceso que linda con lo ideológico– o como afirmación de una alternativa vital, de un modo de vida que se desvíe de lo programado, porque en ese desvío está el único futuro (o el no-futuro) posible.

Sokol provenía de esa línea, la más radical del rock argentino: la que se originó en Sumo y Luca Prodan, no en vano una de sus primeras víctimas. La muerte rockera argentina –la internacional también, en buena medida– está signada por ese dato: es una historia que arranca en Tanguito y su desborde psiquiátrico, y que tiene en Sokol otro de sus índices. Escapar de esa radicalidad tuvo dos posibilidades: el “rescate” de Ricardo Mollo o la transformación de Pettinato en mercancía televisiva. Para Sokol, en cambio, el reviente siguió siendo un significante crucial, por partida doble: por un lado, es el viejo mito romántico de la expansión de los sentidos, del poeta que abre las puertas de la percepción con la ayuda de sustancias que alteran la conciencia; por otro, es un gesto de resistencia, una forma de sustraer el propio cuerpo al régimen de lo prescripto y lo ordenado. Algo hay de machismo en todo esto, también: porque el reviente es parte del aguante, y la medida de la hombría pasa también por la cantidad de hectolitros consumidos –por eso las muertes de Federico Moura y Miguel Abuelo, ambas por sida, siempre fueron más sospechadas en una cultura tan masculina–. Pero a diferencia del aguante futbolero, en el rock este rasgo no se prueba en la violencia contra el otro: no se mide en combates, sino, nuevamente, en el exceso en sí mismo y contra sí mismo.

El desborde, entonces, es un signo cultural, hasta cuando se vuelve trágico. Y no empecemos, por favor, con lo de los malos ejemplos: mucho peor es ver tanta ignorancia y desidia en las clases dirigentes, tanto Colón inacabado.

Comentá la nota