Cobos es la pesadilla de Kirchner y parece que De Narváez también

Por: Julio Blanck

Si es verdad lo que cuentan quienes lo frecuentan, en estos días la preocupación mayor de Néstor Kirchner no son el por ahora fracasado intento de usar las reservas del Banco Central, ni el demorado despido de su titular, Martín Redrado. Lo que le quita el sueño al jefe del oficialismo, siempre según esa versión, es la resistencia al ataque sistemático que muestra el vicepresidente Julio Cobos, y la inesperada irrupción de Francisco De Narváez como potencial competidor en la interna peronista.

Cobos representa la amenaza en política más fuerte y directa para el kirchnerismo en particular y el peronismo en general, apuntando a la elección de 2011.

La novedad es el fuerte desafío que parece presentar De Narváez en el corazón mismo del peronismo y que Kirchner valida con su preocupación.

No se trata solamente de una impresión política del ex presidente: el temor está basado en datos de encuestas recientes que ponen a De Narváez en condición muy competitiva entre potenciales votantes de la interna peronista.

La información fue confirmada a Clarín por dos fuentes, una del kirchnerismo político más duro y otra del sector empresario que tiene llegada a Olivos.

La reacción kirchnerista ante Cobos es el intento de demonizarlo. Empezó en el mismo momento en que el vicepresidente balbuceó, en aquella madrugada interminable de las retenciones, que "mi voto no es positivo". Las últimas páginas de esta novela las escribió de puño y letra la presidenta Cristina Kirchner, atribuyendo a la fábula de la conspiración de Cobos la suspensión de su viaje a China. La acompañó en esa tarea el tradicional coro de funcionarios y legisladores bien entrenados.

Mala elección táctica de los Kirchner, una vez más. Los ataques parecen no hacerle mella a Cobos. Y la Presidenta, al asumir de modo tan dramático y personal la ofensiva sobre su vice, se expuso a un cotejo directo del que no parece salir con ventaja. Todo esto sin contar con la irracionalidad política y económica de suspender la visita a Beijing por motivos de difícil explicación y aún más dudosa credibilidad.

Está claro que Cobos no podrá eternizarse en su posición pretendidamente aséptica. Camina en una cornisa muy angosta y tendrá que entrenar su instinto para percibir en qué momento su papel pueda dejar de ser visto como contrapeso del poder, para pasar a ser considerado como simple obstrucción. Ese será el momento de irse, todavía con las acciones altas. Cobos supone que podrá seguir así hasta el último trimestre de este año. Esto es, hasta un año antes de la elección presidencial. Habrá que ver si el cálculo es acertado. Su espacio político está basado en ese equilibrio equívoco: si falla, puede perder todo.

Por cierto, Cobos hubiese deseado más énfasis del radicalismo para defenderlo de las últimas cascoteadas kirchneristas. Pero también hay que entender un poco a los radicales: están tratando de digerir el regreso triunfal del mismo al que expulsaran bajo la acusación de traidor, cuando se pasó con bandera y banda al kirchnerismo.

Cobos no cumple con algunos requisitos básicos para que los radicales lo colmen de afecto. Pecado original: alguna vez admitió que en 1983 no había votado a Alfonsín, sino a Oscar Alende. Se afilió a la UCR en 1991, después de la gloria y caída del alfonsinismo. No hay historia común, ni solidaridades pasadas que afirmen el futuro. Es casi todo oportunidad y conveniencia, a las que ahora tratan de vestir de sustancia y proyecto.

Pero sucede que cada ataque ciego del kirchnerismo contra Cobos consolida la difícil amalgama entre el vicepresidente y los radicales, Es otro daño colateral que se provoca a sí mismo el kirchnerismo, con esa torpeza que empieza a ser legendaria.

Esa misma torpeza ya le había dado aire a De Narváez en la elección de junio pasado. Lo transformaron en el cuco, el enemigo temible. Y le mostraron a una amplia franja de votantes adónde había que poner la boleta para hacerle daño a Kirchner. Ahora esa creación indeseada se les puede hacer incontrolable.

Los datos que maneja el Gobierno están bajo siete llaves. Pero Clarín tuvo acceso a una encuesta muy reciente, encargada a una consultora de añejo prestigio peronista por un gobernador de ese palo que quiere tener juego nacional en 2011. Allí se reveló la sorpresa: en Capital y provincia de Buenos Aires, los encuestados que decían estar dispuestos a votar en la interna del PJ repartían sus favores, en partes virtualmente iguales, entre Kirchner y De Narváez. Y ambos aparecían con clara ventaja por sobre Eduardo Duhalde.

Por cierto, si fuese por los resultados de ese sondeo, el gobernador que lo pagó debería pensar en horizontes políticos bastante más modestos.

De Narváez ya anunció que va a competir dentro del peronismo. La única frontera que reconoce para su ambición, por ahora, es Carlos Reutemann. Pero si Reutemann al final no arranca, De Narváez va a intentar la pelea por la presidencia. Tiene un impedimento constitucional, por ser nacido en Colombia. Ya puso un equipo de juristas a buscar la media biblioteca que le permita superar ese escollo.

Con baja exposición, apariciones programadas, recorridas por el interior y la provincia de Buenos Aires, y un equipo de reclutamiento de peronistas disconformes encabezado por Emilio Monzó, ex ministro agropecuario de Daniel Scioli, el plan de De Narváez avanzará hasta encontrar su límite.

Un kirchnerista durísimo de la Provincia, al reconocer el inesperado desafío que De Narváez les puede plantear dentro del peronismo, agregó un temor más: "Si Sergio Massa da el salto para el otro lado nos parten la interna por la mitad".

Massa, desde la intendencia de Tigre, viene timoneando una unión de jefes comunales que no quieren atar su destino al kirchnerismo. Tienen baja visibilidad como grupo político, pero la airada reacción de los jefes del PJ bonaerense ante declaraciones recientes de Massa dan la medida de su potencial desarrollo.

De Narváez y Massa, sin contacto directo pero con coincidencias objetivas, vienen construyendo en el mismo sentido. El asunto le gusta poco y nada a Felipe Solá, que intenta darle gas a su propio proyecto apoyado en su protagonismo en el Congreso. Pero mucho menos le gusta a Mauricio Macri, que todavía sueña con que su ex aliado De Narváez no tome demasiada altura y termine siendo su candidato a gobernador bonaerense en 2011, cuando él pegue el anunciado salto del Gobierno porteño a la candidatura presidencial.

Quizás todos estos sean "entretenimientos de verano", como los definió con su acostumbrada acidez Elisa Carrió. Pero de esta materia también está hecha la política.

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