En un clima de violencia y fragmentaciones

Por Joaquín Morales Solá

Una sensación de violencia contenida, y a veces no tan contenida, usurpó el espacio público. Desde las indignadas rutas del interior, los productores rurales estuvieron al borde de dejar a sus propios dirigentes totalmente desautorizados.

Ciudadanos atemorizados se desplazan por las calles de la Capital y la provincia de Buenos Aires frente a una ola de frecuentes y brutales delitos. Hasta los propios jueces han denunciado un nivel sin precedentes en el consumo y tráfico de drogas. La crisis llegó. Sindicalistas poderosos amenazaron con simbólicos alardes de armas a gobernantes democráticos y convirtieron la ciudad en un recinto de furia e impotencia. La violencia no ha concluido tampoco de parte de algunos kirchneristas (Guillermo Moreno, sobre todo) que siguen maltratando a funcionarios y empresarios como cuando su gobierno era fuerte y popular, cuando ya era malo.

El problema entre el Gobierno y el campo comenzó con la soja y terminará, bien o mal, con la soja. Cristina Kirchner les negó el martes último a los líderes rurales, tajante, el pedido de revisión de las retenciones de la soja. Se respaldó en razones fiscales, pero también en la necesidad de frenar la "sojización" del país, un latiguillo despectivo y recurrente en su discurso.

Fue el momento más tenso de la reunión, porque los dirigentes rurales no la dejaron avanzar con ese último argumento. El argumento es contradictorio: la Presidenta quiere bajar la superficie de siembra de soja, pero el Estado cosecha de ese producto el 86 por ciento del total de las retenciones a las exportaciones.

Esta última certeza es lo que hace imprevisible una solución, rápida al menos, del conflicto entre gobernantes y campesinos. Los líderes rurales han quedado atrapados entre la necesidad de no aparecer como rupturistas del diálogo, conformar a bases cada vez más insatisfechas y desconfiadas, y, por último, llevar adelante una gestión en medio del común pesimismo de ellos mismos. De hecho, los dirigentes agropecuarios le adelantaron a Cristina Kirchner que no dejarían de bregar por una significativa reducción a las retenciones a la soja. Háganlo a través del Congreso , les deslizó la Presidenta, convencida de que todavía cuenta con una mayoría parlamentaria. ¿Cuenta con ella?

Los productores rasos llevan un año de confrontación, de maltratos y de considerables pérdidas económicas. Hasta cuando Néstor Kirchner quiso elogiar la actitud dialoguista del campo le salió una descripción peyorativa: calificó de patronales rurales a los dirigentes. Esos dirigentes no podían, a su vez, cancelar un diálogo después de haberlo pedido durante seis meses y de haberlo requerido formalmente desde diciembre pasado. El resultado del encuentro presidencial fue ciertamente módico y vaporoso, para peor, y eso soliviantó a los campesinos.

Alfredo De Angeli expresó, tal vez de manera tosca y brutal, esa opinión de la base agropecuaria. Tuvo un lamentable forcejeo verbal con el presidente de su federación, Eduardo Buzzi. Los dos se fueron de boca en un país demasiado expuesto a los exabruptos. También Mario Llambías debió vérselas con algunas entidades asociadas a CRA, que él preside, porque aquéllas no confiaban en los acuerdos del martes.

El propio presidente de la Sociedad Rural, Hugo Luis Biolcati, se metió el viernes en una manifestación de productores autoconvocados para explicarles que los líderes rurales no habían traicionado nada. El Gobierno cometería otro error si desestabilizara a esos dirigentes: no hay peor conflicto que el que carece de interlocutores.

Con todo, es difícil para esos líderes explicar las razones del diálogo, aunque deban hacerlo, con un gobierno que aún mantiene como poderoso funcionario a Guillermo Moreno, autor de la política que, por ejemplo, destruyó la ganadería hasta poner al país en las puertas de la importación de carnes. Moreno insultó, hace pocos días, a un funcionario de la provincia de Buenos Aires con las peores palabras de su pendenciero y soez vocabulario. La violencia es una siembra constante en el repertorio verbal del kirchnerismo.

Cristina Kirchner llamó a no cortar las rutas del país con palabras que podrían ser homologables por cualquiera que lo haya hecho con coherencia. Pero nada dijo de las tropelías que ese mismo día cometían en las calles de la Capital los camioneros de Moyano, que juegan con los revólveres hasta en los tatuajes más visibles. El hijo de Moyano, Pablo, se ufanó con sus habituales extorsiones cuando lo amenazó a Mauricio Macri: ¡Pobre Macri si queda sin empleo un solo trabajador! , arrojó. Silencio del gobierno nacional. Moyano es un amigo que sirve para hacerle esos aprietes a un enemigo como Macri.

Otro gremio amigo de los Kirchner, el de la construcción, usó la misma hora y el mismo escenario para protestar también contra el jefe de gobierno capitalino. ¿Motivo? La perspectiva cierta de que se reprogramen de manera más lenta las obras públicas en marcha en la Capital y que no empiecen las nuevas que están proyectadas.

Hace varios meses, Macri sentó delante de él al gremio de la construcción y le pidió que intercediera ante Néstor Kirchner para acceder al crédito por 600 millones de dólares que ya le habían concedido las viejas AFJP. Kirchner manoteó esos recursos, ahora en manos de la Anses, y Macri nunca más tuvo noticias del crédito. Macri padece una recaudación en caída y se ha quedado sin crédito. Los sindicatos presionan sobre él, pero no sobre Kirchner.

Las idolatradas obras públicas son buenas sólo cuando están en manos de Julio De Vido. Macri cometió, además, un pecado imperdonable para el universo kirchnerista: se ha metido en un claro proyecto político opositor, que todavía no se ha terminado de cerrar. ¿Será Felipe Solá o Francisco de Narváez quien encabece la lista de diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires?

Por ahora, y según una encuesta de Hugo Haime en manos de funcionarios nacionales, el propio Néstor Kirchner estaría empatando en Buenos Aires frente a la alianza de Macri, Solá y De Narváez. La mayoría de las encuestas señala que será inevitable la candidatura del ex presidente en territorio bonaerense si no quiere perder en el distrito que ya considera suyo.

El triunfo de una lista encabezada por De Narváez dejaría a la homérica provincia sin un candidato presidencial para proponerle al peronismo disidente; él no puede serlo porque nació en Colombia. La Constitución argentina, como la mayoría de las constituciones del mundo, exige que el presidente de la Nación sea ciudadano nativo. Felipe Solá no sería candidato en segundo lugar, porque ya es diputado, si se tratara sólo de ganar una diputación.

Macri, que es el jefe natural de ese espacio y otro candidato a presidente, prometió arbitrar según cálculos electorales y políticos independientes y confiables para todos. Es optimista: Quien abandone este espacio desaparecerá de la política , sentenció, aludiendo, desde ya, a una condena social.

Esa alianza y la que lideran Cobos, Carrió y el radicalismo no carecen de obstáculos ni de errores, pero cuentan a su favor con un gobierno capaz de cometer una garrafal equivocación política por semana. El último error de Néstor Kirchner fue haberse jugado personalmente en Catamarca, junto con dirigentes tan desprestigiados en la política nacional como Luis Barrionuevo y Ramón Saadi, en una elección donde siempre se puede perder. La crucial elección se hará hoy.

Perder una elección es siempre una desdicha para cualquier político. El problema será más grande en este caso. Derrota o victoria se transformarán en una ruina política cuando lleguen, como llegarán, de la mano de semejantes compañías. La percepción de violencia no es un hecho accidental, porque hay personas que la expresan mejor que los actos.

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