El clima político pesa más que los datos económicos

Por: Ernesto Kritz

SOCIO DIRECTOR CONSULTORA SEL

La percepción de bienestar, la generación de empleo y la inflación definen en gran medida la opinión sobre una gestión. Este año, sin embargo, influyen otras variables.

La confianza en el Gobierno depende de una multiplicidad de factores, muchos de ellos ciertamente no económicos; pero parece igualmente claro que, en esa confianza, tiene un peso significativo la percepción de bienestar de las personas. En el corto plazo, al menos, la percepción de bienestar es un derivado de la situación ocupacional, ya que para la mayoría el trabajo es la principal, y por lo general única, fuente de ingresos del hogar. En nuestro caso, muy influido por una fuerte memoria sobre sus efectos, la percepción de bienestar también está asociada a la inflación.

La variable que quizá mejor refleje la situación ocupacional con relación al bienestar es el crecimiento del empleo registrado, esto es, el empleo de buena calidad (mayor estabilidad, protección legal, seguridad social y mejores ingresos). Su signo y magnitud son un indicador del estado y perspectivas del bienestar de los hogares. Esto no ocurre necesariamente con el empleo total, que incluye una proporción importante de trabajos precarios, asociados más bien a la privación. Cuanto más alto y sostenido es el crecimiento del empleo registrado, mejor es el sendero de bienestar, no sólo por el ingreso presente sino por comparación con el pasado cercano (sobre todo si éste ha sido malo) y, quizá más, por las oportunidades de movilidad laboral ascendente. A igualdad de otros factores (desde luego hay que ser cuidadosos con este si) ello debe traducirse en un aumento de la confianza en el Gobierno, que con sus políticas ha creado las condiciones para la mejora del bienestar. Si, al revés, la creación de empleos registrados pierde impulso, peor aún si se deteriora (lo que por lo general se extiende a la ocupación total), también a igualdad de otros factores, esa confianza disminuye.

La confianza en el Gobierno medida por la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella muestra una tendencia parabólica, con un tramo de rápido ascenso a la salida de la crisis de 2001-2002; un período con algunos altibajos pero de alta valoración entre mediados de 2004 y el primer semestre de 2007; y una faz de progresiva declinación desde la segunda mitad de 2007, hasta alcanzar un nivel casi tan bajo como el del comienzo de la serie.

Esta trayectoria es parecida a la del crecimiento del empleo registrado, especialmente a la salida de la crisis de 2001-2002, y en la recesión reciente de 2008-2009. Quizá no es tan evidente en el período 2004-2007, cuando, no obstante una cierta desaceleración del empleo registrado, la confianza en el Gobierno se sostuvo en valores altos.

Pero esto no invalida la hipótesis: aunque el empleo aumentó algo menos que en la inmediata poscrisis (cuando la tasa media alcanzó a 12,5%), su crecimiento siguió siendo muy elevado, cercano al 10% anual. En otros términos, se sigue verificando la correspondencia entre un aumento rápido del empleo de buena calidad y la confianza en el Gobierno.

También hay una asociación, pero en sentido inverso, entre la confianza en el Gobierno y la inflación, que afecta -en la experiencia argentina, mucho- el bienestar de los hogares. Esto se aprecia con claridad a la salida de la crisis, cuando la abrupta disminución de la inflación (que de casi 36% en el primer trimestre de 2003 cayó a menos de 3% en el primer trimestre de 2004) tuvo como contrapartida una fuerte alza en el índice de confianza en el Gobierno (de 0.88 a 3.15 en igual lapso).

La confianza en el Gobierno se sostuvo en valores altos (un índice promedio de 2.15 entre mediados de 2004 y comienzos de 2007) mientras la inflación se mantuvo en tasas bajas o moderadas (9,5% promedio en ese período); pero cayó significativamente (a menos de 1.50), con la aceleración de los precios al consumidor (que subió hasta 24% anual) en 2007 y 2008.

El único período en que no se verifica una correspondencia inversa entre la inflación y la confianza en el Gobierno es este año. La desaceleración de la inflación en 2009, hasta un promedio de 16% en el tercer trimestre, no se vio acompañada por una mejora en el índice de confianza que, por el contrario, cayó hasta 1.19. La razón de esta caída bien puede estar en los factores no económicos (el clima político, por ejemplo), pero es también probable que se deba al desempeño, no ya separado sino conjunto, de las variables que determinan la percepción de bienestar.

Hasta mediados de 2007 el alto crecimiento del empleo registrado estuvo acompañado por una inflación baja o moderada; es decir, ambas variables tuvieron simultáneamente un buen desempeño. En el último tiempo, en cambio, aunque la inflación se desaceleró bastante (aunque todavía en dos dígitos), el empleo registrado cayó al terreno negativo.

Esto sugiere que no alcanza con que una variable funcione en el sentido deseado; las dos deben hacerlo al mismo tiempo.

Es difícil determinar cuál pesa más en la percepción de bienestar y, en consecuencia, en la confianza en el Gobierno. Es probable, incluso, que ese peso cambie con el tiempo. Pero es claro que la valoración de esa confianza depende tanto de lo que ocurra con el crecimiento del empleo registrado, de buena calidad, como con la inflación. No es un desafío menor para lo que resta de esta administración y también para la próxima.

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