Clima de parálisis

Por Miguel Grinberg.

Desde la primera reunión cumbre sobre ambiente humano realizada en Estocolmo (Suecia, junio 1972) hasta la reciente conferencia mundial sobre cambio climático celebrada el mes pasado en Copenhague (Dinamarca), centenas de documentos emitidos por la Organización de Naciones Unidas han desembocado puntualmente en el fiasco y la decepción.

Desde la primera reunión cumbre sobre ambiente humano realizada en Estocolmo (Suecia, junio 1972) hasta la reciente conferencia mundial sobre cambio climático celebrada el mes pasado en Copenhague (Dinamarca), centenas de documentos emitidos por la Organización de Naciones Unidas han desembocado puntualmente en el fiasco y la decepción. Fueron casi cuatro décadas perdidas en la lucha para "salvar al planeta". Y, a esta altura, se podría sospechar que la clase dirigente internacional jamás tuvo la intención de resolver problema alguno al respecto.

Otros temas críticos (salud, alimentación, cultura, trabajo, por ejemplo) poseen dentro de la ONU un definido estatus organizativo que prevé una amplia estructura rectora y un sólido presupuesto operativo. Nada de eso ocurrió con la vapuleada "crisis ecológica" y con las cumbres y los tratados firmados en su nombre.

Pese al dramatismo de sus enunciados, Estocolmo no generó compromiso alguno, apenas se emitió una "declaración de principios" compuesta por 26 artículos que hoy nadie evoca, especialmente el referido a la abolición de los armamentos nucleares. El punto 9 sostenía: "Las deficiencias del medio ambiente originadas por las condiciones del subdesarrollo y los desastres naturales plantean graves problemas, y la mejor manera de subsanarlas es el desarrollo acelerado mediante la transferencia de cantidades considerables de asistencia financiera y tecnológica que complemente los esfuerzos internos de los países en desarrollo y la ayuda oportuna que pueda requerirse".

Las organizaciones clave de Naciones Unidas tienen su sede en Nueva York, Ginebra, Roma o París. En cambio, su Programa Ambiental (llamado Pnuma) fue asentado en Gigiri, un suburbio de la capital de Kenia, en África oriental. Y funciona como puede en base a contribuciones voluntarias de los países miembros, que no suelen exceder los treinta millones de dólares anuales. Muy poco para salvar a cualquier planeta.

La ONU acostumbra revisar los logros de sus cumbres de diez en diez años. Durante una llamada "sesión de carácter especial" realizada en Nairobi en junio de 1982, el plenario gubernamental admitió el carácter insatisfactorio de la aplicación real del plan de acción surgido una década antes en la reunión de Estocolmo. Y destacó que la situación global era peor que diez años antes y que por tal razón las verdaderas acciones no podían demorarse por más tiempo. Sin embargo, fue necesario otro decenio más para llegar a la cumbre de Río de Janeiro (1992) sobre Desarrollo y Medio Ambiente.

En Río se firmaron dos tratados vinculantes, uno sobre biodiversidad y otro sobre cambio climático. Firmar es una cosa que hace un presidente o un primer ministro. Pero luego es preciso que lo convenido sea ratificado por el Congreso de cada país. Y una vez alcanzada esa meta, según la dinámica de la ONU es necesaria la redacción, la aprobación y la entrada en vigencia de un protocolo de aplicación. El correspondiente al cambio climático se materializó en Kioto (1997) y sólo gracias al voto de Rusia pudo entrar en vigencia en 2005. Desde sus orígenes ha sido impugnado por Estados Unidos y por Australia (el mayor exportador de carbón de la tierra).

Otros dos documentos no vinculantes de Río, uno sobre la salvación de los bosques y un programa ecológico y social llamado Agenda 21, juntan polvo en los anales del olvido. En el ínterin, a mediados de 2002 tuvo lugar en Johannesburgo (Sudáfrica) una cumbre sobre desarrollo sostenible, subtitulada como Río+10. Contó con la participación de 188 países. Todos los especialistas en la materia la consideraron el ejemplo más rotundo de cómo los grandes acuerdos internacionales son puro humo sin instrumentos financieros y de gestión que los respalden.

El impotente brazo ejecutor de los acuerdos de Río ha sido una llamada Comisión sobre Desarrollo Sostenible anidada en el fantasmal Consejo Económico Social que la ONU alberga en su sede central de Nueva York. Hasta la fecha, ninguno de los intentos para crear una autoridad ambiental mundial logró superar la fase del discurso. En 1995, al celebrarse en San Francisco el primer medio siglo de la ONU, Al Gore (entonces vicepresidente de EE.UU.) propuso a esa ciudad como sede del emprendimiento: nadie lo apoyó. Pensando en París como lugar ideal, ya lo había propuesto sin éxito el extinto presidente francés François Mitterrand. Hace pocos días retomó esa idea el presidente Nicolas Sarkozy, y ocasionalmente la enarbolan algunos políticos "verdes" de Alemania. Sin efectos notorios.

El clima planetario sigue en estado de turbulencia. Pero ahora, la ONU promueve apenas políticas de mitigación y adaptación, o sea, de auxilio a los sobrevivientes.

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