En un clima de intolerancia creciente

Por: Eduardo van der Kooy

Debilitado el conflicto con el campo, los Kirchner iniciaron su embestida contra los medios de comunicación. Para eso necesitan un trámite expeditivo del proyecto de radiodifusión en el Congreso. Se limita la posibilidad de un debate profundo. Provocaciones del ex presidente.

Estamos como en Estados Unidos". La frase, difícil de entender, fue lanzada en un almuerzo por un destacado dirigente kirchnerista. Lo escuchaban un par de legisladores y un gobernador oficialista. Ante el estupor de los presentes continuó: "En Estados Unidos es frecuente que algún maniático se meta a los tiros en un colegio. La gente se espanta. Los policías hacen operativos gigantescos, pero nadie se anima a ingresar a ese colegio. Cada vez que lo intentan el maniático ofrenda una víctima", explicó.

¿Cuál podría ser la analogía con la realidad de la Argentina? "La sociedad está cansada de los Kirchner. La oposición patalea y arma líos. Pero todos temen marcarles algún límite pensando en el atropello que vendrá", remató aquel kirchnerista.

La parábola de ese relato, tal vez desmesurada, podría tener, sin embargo, un punto de conclusión coincidente. La sociedad observa al poder y a la política con desconfianza, sin pistas de lo que sucederá la próxima semana o el mes que viene. El peronismo asoma decididamente apichonado. La oposición ofrece un espectáculo regado de intrigas y divisiones. Los opositores más firmes al Gobierno de Cristina Fernández, los dirigentes del campo, también parecieran arrastrados por una nube de desorientación.

Daniel Scioli está mareado. El gobernador de Buenos Aires dice discretamente una cosa y luego hace otra. Le ocurre desde el día después de la derrota electoral. ¿Qué suele decir? Que su destino político no tendrá destino sin una nítida diferenciación con los Kirchner. Que su presencia pública al lado del matrimonio presidencial es nefasta para recuperar el terreno perdido. Pues bien: no logró consolidar ni un gesto de diferenciación. Cuando lo insinuó, se echó siempre hacia atrás. Aparece con inquebrantable lealtad al lado de Cristina o de Kirchner, cada vez que la pareja desembarca en Buenos Aires.

El ensayo más logrado, aunque débil, fue por el conflicto con el campo. Estuvo con la Mesa de Enlace, asistió a la Exposición Rural y alentó encuentros con productores. Bastó un sogazo de Kirchner para que se aplacara. ¿Cuál fue? El veto de la Presidenta a la ley que eximía del pago de retenciones por 180 días a 37 municipios de Buenos Aires. Esa ley fue aprobada por unanimidad en Diputados y el Senado con participación kirchnerista. El gobernador la había observado como un puente propicio para enderezar el conflicto y mejorar su propia imagen.

Emilio Monzó, el ministro de Asuntos Agrarios, había seguido la confección de aquella ley. El funcionario oriundo de Carlos Tejedor tiene buenos vínculos con el campo y predicaba delante de Scioli, cada vez que podía, un encauzamiento del pleito. Fue despedido por orden de Kirchner, más allá de la propiedad del despido que haya intentado el gobernador.

Monzó estaba hace rato en la mira del ex presidente. En esta cruzada final de su gestión junto a Cristina, Kirchner estaría maquinando una suerte de purificación ideológica de los hombres que lo acompañan. Una idea que habría prendido en su cabeza en los coloquios que mantiene en Olivos con Guillermo Moreno, el poderoso secretario de Comercio Interior.

Monzó tuvo militancia en la añeja UCeDé, un antecedente que podría causar preocupación a Amado Boudou, el ministro de Economía. Pero el funcionario bonaerense eyectado reuniría aún pecados más graves. En pleno rebrote del conflicto, cuando concluía el último verano, intervino en Pehuajó en una asamblea de más de 200 productores. Soportó críticas contra todos, incluidos Cristina, Kirchner y Scioli, fue agobiado por quejas y reclamos, pero se retiró aplaudido. Sólo por haber dado la cara.

La salida de Monzó pareció reactualizar una riña en el interior de la administración bonaerense. El jefe de Gabinete, Alberto Pérez, es uno de los puntales de Scioli que considera crucial mantener el vínculo con los Kirchner. En especial, por el cuadro financiero, económico y social de la Provincia. En otra vereda está el hermano del mandatario, José, secretario general de la Gobernación . Se opuso tenazmente a las candidaturas testimoniales y se opone a la extrema cercanía con el matrimonio presidencial. "Estamos en una trampa", se le escucha decir.

Esa trampa tendría celadas varias. El proyecto político de Scioli -ocho años en la Provincia- estaría ahora condicionado por Kirchner y por Aníbal Fernández. El jefe de Gabinete sueña con dos cosas: que el ex presidente pueda ser otra vez candidato a presidente o, al menos, muy influyente en el PJ cuando llegue el 2011; cualquiera de esas variantes facilitaría su anhelo de convertirse en postulante por Buenos Aires.

Scioli acaba de quedar, además, en la primera línea del conflicto con el campo. La Mesa de Enlace anunció que a partir de esta semana cambia el modo de las protestas: los paros empezaron a ser reemplazados por marchas y concentraciones en grandes ciudades. Uno de los primeros destinos elegidos será La Plata.

En los dirigentes del agro, como en el resto del arco de la dirigencia argentina, volvieron a aflorar divergencias y desorientaciones. Algunos miembros de la Mesa de Enlace, entre ellos Mario Llambías, de CRA, sostienen que la mecánica de los paros tendría un agotamiento en la opinión pública y, por ende, ya no afectaría al Gobierno. Otros opinan que la suspensión de las medidas de fuerza darán un resuello a un Gobierno apremiado en otros frentes.

¿Cuáles? El Congreso: allí empezó a discutirse, con clima espeso y hostil, la Ley de los Kirchner para controlar los medios. Pero se trata sólo de un tema de una agenda en breve abarrotada: están por llegar el Presupuesto, el impuesto al cheque y el IVA. Cuestiones vitales para la gobernabilidad de Cristina en el 2010.

Quizá no importe tanto detenerse en cuál de las posturas de la Mesa de Enlace sería en este tiempo acertada como advertir una evidencia: el frente del campo y la oposición no tiene la unidad ni la consistencia que conoció cuando el conflicto tuvo su apogeo.

Ese debilitamiento ha sido detectado por Kirchner para sacar provecho integral de la transición hasta diciembre, cercando a los opositores y lanzando la expedición contra los medios de prensa. La batalla en el Congreso sobre el proyecto oficial para amordazar al periodismo es sólo un aspecto de esa travesía.

La pelea parece ir acompañada, de modo progresivo, con la instalación de un clima de miedos, intimidaciones e intolerancias a la vuelta de cada esquina.

El incidente con la diputada del PJ, Graciela Camaño, en el plenario de las comisiones parlamentarias, y las leyendas extorsivas en los muros de la Ciudad contra gerentes de empresas periodísticas y legisladores que se oponen a la ley, podrían haber sido tomadas como anécdotas si no hubieran ocurrido otras cosas. ¿Qué cosas? La conducta pública del ex presidente, por ejemplo, en su deplorable rueda de prensa en La Plata.

El ex presidente parecería estar mostrando su verdadera cara que supo enmascarar en los tiempos en que habitó la Casa Rosada. Antes, sus palabras solían tener una dirección y sus hechos, muchas veces, otra distinta. Ahora pareciera descubrirse una uniformidad casi perfecta: las palabras y los hechos asoman irreconciliables con la noción más básica de una aceptable convivencia en democracia.

Su destrato hacia un periodista de Clarín pareció asemejarse más al perfil de un carrero que al de un ex presidente. El fastidio por una pregunta sobre el incremento de su patrimonio personal desnudó otra de sus flaquezas conceptuales: su obligación de explicar el patrimonio no es equiparable, por su condición de ex mandatario, con la de ningún ciudadano común.

Los Kirchner tampoco parecen poseer acabada conciencia sobre el peso real de sus palabras y sus gestos. Cualquier mención amenazante o provocativa en la cima puede constituir siempre el preludio de hechos lamentables.

En ese marco podría entenderse, quizás, que el titular del Comfer, Gabriel Mariotto, haya interpretado que aquellas pintadas amenazantes de la semana pasada puedan significar una "manifestación de cultura popular y de ejercicio democrático". De la misma forma se explicaría que el funcionario haya invalidado la fusión de dos empresas de televisión por cable reclamando la devolución de las licencias y, también, la de los bienes. De los bienes privados: se trataría de un simple acto de expropiación.

El kirchnerismo se dispone a darle al proyecto mordaza un envión determinante en el Congreso esta semana. Cuenta para ello con el giro a talibán que produce Agustín Rossi, el jefe del bloque oficialista de Diputados. Una aprobación expeditiva de la ley en Diputados aventaría quizá riesgos que el oficialismo advierte de nuevo en el Senado. En esa Cámara resultarán vitales, entre varios, los votos de los senadores que responden al gobernador de Chubut, Mario das Neves.

A los Kirchner les importa sólo la rapidez con que se cumpla el trámite. Las invocaciones a la democratización y el pluralismo de los legisladores oficiales suenan a esta altura como monsergas vacías. El matrimonio presidencial persigue el control de los medios de prensa para intentar salvar un proyecto político que empezó en junio a naufragar. Así de sencillo, sin tanta púrpura.

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