Clima electoral explosivo

El presidente Hamid Karzai es el favorito, pero crece la tensión. Ayer un ataque suicida contra un convoy de la OTAN dejó al menos doce muertos y en otra emboscada dos soldados estadounidenses murieron y otros tres resultaron heridos.
A menos de un día de las elecciones en Afganistán, una ola de violencia talibán se apodera del país: un ataque suicida contra un convoy de la OTAN dejó al menos doce muertos, entre ellos un soldado internacional y dos agentes de la ONU, y una lluvia de morteros cayó en los jardines del palacio presidencial.

El ataque suicida ocurrió en una de las principales rutas que unen Kabul hacia el este con la ciudad de Jalalabad. Además de los muertos, al menos 52 personas fueron heridas por la explosión, una docena de ellas de gravedad. "Varios de mis hombres cayeron en el ataque", admitió un comandante de las fuerzas internacionales sobre el terreno. Entre las víctimas se contaron, a su vez, dos civiles afganos empleados por la ONU. "Estamos profundamente preocupados por la situación", señaló Ban Ki-Moon, secretario general de las Naciones Unidas. Los talibán no tardaron en responder: se atribuyeron la responsabilidad de los ataques y avisaron que habrá más.

La explosión incendió una fila de vehículos y, al dispararse las llamas, varios de los edificios aledaños también se prendieron fuego. Las tropas británicas que se encontraban sobre el lugar tuvieron que recolectar restos humanos desperdigados por los techos de las casas de alrededor y los vecinos revolvían los escombros en busca de sobrevivientes.

El este de Afganistán tampoco estuvo a salvo. Allí, en una emboscada, dos soldados estadounidenses murieron y otros tres resultaron heridos cuando una bomba explotó a su paso desde el costado de la ruta. Con estas dos muertes, el número de bajas norteamericanas alcanzó las 26 durante los últimos 30 días. En la provincia de Uruzgan, al sur, tres soldados afganos y dos civiles murieron con otro ataque suicida y en la provincia norteña de Jowzjan asesinaron a uno de los candidatos locales.

Estas serán las segundas elecciones generales desde la invasión estadounidense en el 2001 y, al igual que en el 2004, el presidente Hamid Karzai es el favorito, aunque una victoria en primera vuelta todavía no esté asegurada. Ayer, Karzai dijo que el pueblo afgano no se dejará intimidar por lo que consideró como "actos de barbarie" y llamó a restaurar la paz y la seguridad. Pero lo cierto es que su gobierno está tan desbordado por el baño de sangre que cubre al país que prohibió a los medios informar sobre los ataques que ocurran mañana, mientras dure la jornada electoral.

La orden se impartió a través de sendos decretos emitidos por el Ministerio del Interior y la Cancillería y el argumento fue simple: si se transmiten los ataques, la gente se asustará y no concurrirá a votar. "La decisión fue tomada en base al interés nacional de Afganistán para elevar la moral de la población y motivar a la gente para que vaya a votar", explicó Siamak Herawi, vocero gubernamental.

La estrategia de los talibán para perturbar las elecciones comenzó hace semanas y todavía ayer se recibían informes que señalaban que la población de varias ciudades estaba siendo amenazada para que permaneciera en sus casas. Las potencias occidentales consideran que unos resultados favorables con una buena tasa de participación electoral ayudarían a legitimar y consolidar buena parte del proceso político en curso. Los militantes islámicos, a su turno, amenazaron con volar por los aires los centros de votación y calificaron los comicios como un "complot extranjero en contra de los intereses del país".

A pesar del clima reinante, el alto mando de las fuerzas de la OTAN anunció ayer que detendrán todas las operaciones militares de envergadura durante 24 horas a menos que sea "absolutamente necesario" para facilitar la votación. Sin embargo, ayer, tanto en Helmand como en Kandahar, las tropas norteamericanas y británicas seguían operando normalmente sobre el terreno.

Mientras tanto, la red talibán que opera del otro lado de la frontera en Pakistán sufrió ayer un duro golpe. Mualvi Omar, uno de sus voceros hecho prisionero, confirmó que el 5 de agosto pasado el jefe del movimiento, Baitullah Mehsud, fue asesinado.

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