La clave estará en cómo se lea el resultado

Por Rosendo Fraga

En tres oportunidades, quien gobernaba perdió en la Argentina las elecciones previas a las presidenciales durante el último cuarto de siglo: Alfonsín en 1987, Menem en 1997 y De la Rúa en 2001.

En la primera y la tercera, el Presidente renunció anticipadamente a raíz de una grave crisis económica y social (la hiperinflación y el estallido de la convertibilidad). En el segundo, aunque había dificultades económicas (crisis asiática y devaluación brasileña), no se perdió la gobernabilidad y el Presidente terminó el mandato en fecha. Pero en los tres casos, el oficialismo perdió las elecciones presidenciales siguientes.

Ahora, en 2009, es inevitable que el oficialismo sufra una derrota en las elecciones legislativas, ya que perderá entre 3 y 4 senadores, y quedará con aproximadamente 16 diputados menos.

La situación puede parecerse a la de Alfonsín y De la Rúa, pero también a la de Menem. No es inevitable que sea de una u otra manera: si algo caracteriza a la política, es que suele tener final abierto.

En este marco, es difícil que el oficialismo pueda ganar las presidenciales de 2011, pero en política hay antecedentes, no leyes de comportamiento inexorable o inevitable. La declaración de Kirchner sobre que si el Gobierno pierde, el país volará como en 2001, es una estrategia para polarizar el voto, ya que la gente teme el desorden económico porque tiene experiencias al respecto. Pero la economía está en dificultades, pero no en una situación crítica. Kirchner, en mi opinión, está exagerando.

Con su lógica política, postergó oficializar su postulación como candidato del oficialismo en la provincia de Buenos Aires hasta el último momento, quizá buscando potenciar la singularidad de su candidatura.

Esta no está carente de riesgos, pero no asumirlos hubiera sido dar una señal de derrota por anticipado, que hubiera creado un efecto negativo sobre la adhesión de los intendentes bonaerenses del justicialismo al ex Presidente, de alguna manera forzada por las llamadas candidaturas testimoniales. Estas fueron aceptadas por la mitad de los intendentes del PJ de la provincia de Buenos Aires, pero por ninguno de los gobernadores, con excepción de Scioli.

La oposición quedó dividida en dos ejes: la UCR y la Coalición, por un lado; aliados al PS y los seguidores de Cobos en algunos distritos, y el PJ disidente y Pro, por el otro. La división de la oposición en la provincia de Buenos Aires es lo que puede permitir a Kirchner ganar en este decisivo distrito, aun perdiendo 10 puntos respecto a elecciones anteriores, al no tener ahora el voto del campo, como en 2005 y 2007.

En lo que hace a la denuncia contra De Narváez, es un típico ejemplo de lo que se llama campaña sucia. El ha logrado convencer a sus seguidores de que es una maniobra y por eso no le resta votos hasta ahora. Una denuncia de este tipo a pocos días de las elecciones puede ser difícil de revertir, pero a dos meses, hay tiempo para neutralizar sus efectos.

En cuanto al papel electoral del vicepresidente Julio Cobos, quien sigue siendo el político con mejor imagen en la Argentina, ha quedado un tanto ambiguo, por el conflicto final con Carrió. Pero no cabe duda de que está mucho más cerca de la oposición que del oficialismo. En general, dice lo que la opinión pública quiere escuchar y no se desgasta al no tener responsabilidades ejecutivas.

En una situación de tensión poselectoral, como el mismo Kirchner reconoce en sus discursos de campaña, el rol del vicepresidente y también el de los gobernadores crecerán.

El oficialismo retrocederá en el interior del país; perderá bancas en ambas cámaras del Congreso; incluso podrá quedar sin mayoría en alguna de ellas y tendrá en la provincia de Buenos Aires un retroceso de aproximadamente 10 puntos.

Pero Kirchner, con su habilidad táctica, ha logrado imponer hasta ahora que ganar o perder un voto más o un voto menos en dicho distrito define las elecciones. Por esta razón, imponer la interpretación del resultado será clave desde la noche del 28 de junio.

El autor es director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría

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