Se fue Claude Lévi-Strauss, un teórico que marcó el Siglo XX

Era antropólogo. Sus ideas influyeron en el desarrollo de la lingüística, la historia, la neurología, la filosofía, la sociología, la psicología y la matemática. Falleció el sábado en París pero se supo ayer.
Se fue L-S. Lo siento". El mensaje de texto entraba y salía de los celulares. Se copiaban los links de los periódicos que anunciaban la noticia y se reenviaban por mail a los colegas, los amigos, los conocidos. Se contaba la novedad en los pasillos de las universidades, en los barcitos literarios, en el mostrador de las librerías. Parecía que hubiese fallecido el tío viejito de la familia, el tío al que todos los chicos querían porque regalaba golosinas y contaba historias enrevesadas de clanes tribales, criaturas fantásticas y viajes iniciáticos. En cierta manera era así: había fallecido el tío viejito de la familia, el de las historias enrevesadas.

Ayer se supo que en la noche del sábado, a semanas de cumplir los 101 años, murió el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, en París. Los cables de noticias señalaron que no trascendió la causa de la muerte. Tenía cien años. ¿Qué otra causa se necesita?

"Estamos en un mundo al que yo ya no pertenezco -dijo en una entrevista en 2005-. El que yo he conocido, el que he amado, tenía 1.500 millones de habitantes. El mundo actual tiene 6.000 millones de humanos. Ya no es el mío". Esa pátina de melancolía había estado allí desde el principio. Se la leía con claridad en Tristes trópicos, su libro de 1955, el best seller, el que lo convirtió en una celebridad del mundillo intelectual, el que parecía construido en torno a una cita de Pascal: "Nada nos puede consolar, cuando lo pensamos detenidamente".

Tristes trópicos es el relato de un antropólogo que, a mediados de la década de 1930, deja su acomodada vida burguesa en los claustros franceses y pone rumbo hacia la selva amazónica en busca de "una sociedad humana reducida a su expresión básica"; en busca de una sociedad que se creía completa, cerrada y autosuficiente, y que descubre que no es nada de todo eso. Lo que Lévi-Strauss encuentra, en cambio, es el producto del colonialismo, la transformación de los antiguos salvajes en aguas residuales del progreso industrial europeo. Encuentra pobreza, excremento, barro. "La mugre, nuestra mugre que hemos arrojado al rostro de la humanidad".

Esa melancolía nunca desapareció, aunque toda la obra de Lévi-Strauss (en libros esenciales como Las estructuras elementales del parentesco, El pensamiento salvaje, las dos partes de Antropología estructural, los cuatro tomos de las Mitológicas) haya colocado la tensión en el otro polo: el estructuralismo, la última gran empresa positivista de las ciencias humanas y sociales.

Propuso: el espíritu humano es el mismo en todos lados, se hable de indios amazónicos o burgueses europeos. Lo que prima es el intento de llevar orden al caos, de ordenar un universo desordenado. Hay un todo establecido, coherente. Un número limitado de estructuras que se repiten una y otra vez. Un sistema. Valiéndose de la matemática, la lingüística, la cibernética, las ciencias del signo, es posible reconstruir esas estructuras. Los mitos, las leyendas, los dialectos, los bailes, los tatuajes, son accidentes, contingencias. Lo que subyace es esa estructura. Y concluyó: el estudio del pensamiento humano requiere de una ciencia formalista, taxonómica, universal, abstracta.

El estructuralismo fue el paradigma académico predominante durante buena parte del siglo XX, y también una moda cultural que en la posguerra desplazó a otras modas culturales (el existencialismo, por ejemplo).

Si el estructuralismo, como corriente de pensamiento, comenzó con el Curso de lingüística general, la obra póstuma de Ferdinand de Saussure publicada en 1916, fue con los trabajos de Lévi-Strauss que adquirió el status de "movimiento".

Positivista, formalista y antihumanista (en contra de ese humanismo iluminista que acababa en los hornos de Auschwitz), analizó cada fenómeno como un sistema complejo de partes interrelacionadas.

Sus hipótesis fueron adaptadas en disciplinas como antropología, lingüística, historia, neurología, filosofía, sociología, psicología, matemática, arquitectura, etc. En las décadas de 1970 y 1980, sus premisas positivistas cedieron ante modelos más interpretativos y abiertos. Más que desaparecer, el estructuralismo se disolvió en corrientes como el posestructuralismo, constructivismo, deconstructivismo, posmodernismo o diversas vertientes marxistas.

Quedarán para las biografías el listado de sus deudos (desde Noam Chomsky hasta Umberto Eco, incluyendo a Roland Barthes, Jacques Derrida, Jacques Lacan, Jean Piaget, Thomas Kuhn, Michel Foucault, Louis Althusser, Julia Kristeva y miles más), sus reconocimientos (obtuvo todos los honores que puede recibir una persona de su posición; hasta el Presidente de Francia fue a saludarlo por su cumpleaños número cien), las críticas que cosechó (muchísimas), su pasión por el arte y la música, su activa oposición al colonialismo y el racismo (Raza e historia, su texto de 1951, es básicamente la segunda carta de fundación de la Unesco).

"En disciplinas como la nuestra, el saber científico avanza a paso inseguro, bajo el látigo de la contención y la duda -escribió Claude Lévi-Strauss, el tío viejito de la familia-. Basta que se le reconozca el modesto mérito de haber dejado un problema difícil en estado menos malo que como se lo encontró".

Acaso los mensajes de texto, los cuchicheos en pasillos y en mesitas de bar, hayan sido una forma de reconocerle tan modesto mérito.

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