CIRCO Y TRAPOS ROJOS FLAMEANDO EN EL SALON BLANCO

La profesional, sin relación con la política, que acude cada vez que hay un acto institucional, se levantó abruptamente y abandonó el recinto cuando ya no pudo soportar más de dos solemnes juras y pedidos de licencia.
Las candidaturas testimoniales, que le dicen, hicieron menester jurar "por las dudas" a cuatro concejales electos, Pan Rivas, Manganiello, Dorrink y Delettieres, para al instante solicitar licencia a fin de cumplimentar el acuerdo que establecía que el concejal Alianello, sétimo en la lista, asumiera su banca.

Antes, un troglodita desocupado desde hace quince años, que sacudía con energía una bandera roja, le había gritado traidor a Jáuregui Lorda, sin recibir el último parte de arreglos y siquiera sospechar que el mismo San Pedro se iba a estrechar en una abrazo con el ofendido.

También aplicó a viva voz una frase maradoneana para referirse la edil Geliti, que acababa de jurar.

Quienes tuvieron la idea de contratarlo, olvidaron que estos individuos no respetan símbolos ni patrios ni religiosos y solo veneran los rojos colores de la dictadura stalinista.

El flamante presidente del concejo, tal vez más coherente que muchos de sus compañeros, estrenó traje de mandatario legislativo sin jurar el cargo, total – se habrá dicho – muchos de los que lo hicieron no ocuparon sus bancas.

Fue un aquelarre en el que no faltaron Delías vernáculos, barras bravas que no sabían bien a quién había que ofender y de pronto prorrumpían en aplausos a favor de quienes no debían, "arreglos" de última hora y caídas de presuntos acuerdos previos.

La derecha reaccionaria, mezclada con la izquierda siniestra del decano de los desocupados y secretario del único partido que no tuvo desaparecidos en la dictadura, Rodolfo Moraglio, hicieron sobrevolar en el recinto un clima intimidatorio y locuaz a la hora de la ofensa fácil y olor a pólvora de los cohetes desperdigados en la entrada.

Al fin terminamos extrañando el bombo peronista que sin dudas hubiera estado de más.

Ese circo sin pan, no fue precisamente una clase de civismo y democracia a la que se puede llevar a presenciar a alumnos de un establecimiento educativo.

La doctora Raffo definió el bochorno ajeno con pocas palabras: Faltó buen gusto.

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