Cien días que cambiarán todo y nada

Por Silvio Santamarina.

Es el plazo que le queda al Gobierno antes de perder la mayoría automática en el Congreso. Pero el oficialismo no cree que haber sido derrotado en las elecciones sea motivo para revisar su modo de administrar el poder y los recursos estatales. Entre la embestida de la oposición y el campo, logró pasarle por encima al poder mediático pegándole donde más le duele, en la caja.

Cien días. En números redondos, el plazo que le queda al Gobierno para moverse sin ataduras es equivalente a la luna de miel que supuestamente goza todo mandatario recién asumido, antes de que la opinión pública y las fuerzas opositoras le caigan encima. Un centenar de jornadas. Sólo que en este caso, se trata del período que falta cumplirse para que venza la mayoría automática del oficialismo en el Congreso de la Nación. La otra diferencia con una luna de miel poselectoral es que el kirchnerismo encara los próximos cien días luego de una clara derrota en las urnas. Y ésa es la novedad política: tal como declaró Néstor Kirchner esta semana, el Gobierno ahora no cree que haber perdido una elección, que fue encarada como un plebiscito, sea motivo para revisar sus modos de administrar el poder y los recursos estatales. Más bien, todo lo contrario. La negativa de la mayoría de los votantes del país parece haber liberado las pulsiones "revolucionarias" de la Casa Rosada. Y para un revolucionario que ya controla el sillón presidencial, cien días es una eternidad.

Con la capacidad intacta de cobrar las retenciones a la agroindustria y de reorientar las partidas del Presupuesto nacional, el oficialismo empieza a sentir que aquí no ha pasado nada. La temida embestida opositora poselectoral se derritió al calor moderado de un llamado al diálogo que al Gobierno le salió gratis, salvo algún cafecito y unas galletitas para la tarde. La presión del campo se contuvo como siempre, comprando algunas voluntades regionales, y mareando a la Mesa de Enlace con la misma ranchera sin relaciones. A los consumidores furiosos por los tarifazos se los calma con subsidios fugaces. Y al cuarto poder mediático se lo pasa por encima pegando donde más duele: no en la libertad de expresión, sino en la caja.

Se dice que, a diferencia del socialismo, el capitalismo sobrevive porque integra en su lógica las pasiones más viscerales del ser humano. No se basa en el deber ser, sino en lo que es. El kirchnerismo vive por una dinámica parecida, en torno a las acomodaticias contradicciones ideológicas argentinas. Ser de izquierda en la Argentina de hoy es decir cosas izquierdistas, mientras se hace lo que hay que hacer para acumular poder. Y la derecha es la etiqueta que conviene utilizar para amordazar al adversario de turno. Punto. Lo mismo pasa con el peronismo o con la vieja política: muletillas para justificar movimientos tácticos en la búsqueda del control más amplio posible de los bienes políticos y económicos de la sociedad. El período de hegemonía de los Kirchner pasará a la historia como el clímax del pragmatismo institucional. Todo por un sueño: y en ese abrazo de Néstor, caben al mismo tiempo Hebe de Bonafini y Julio Grondona, dos íconos de la memoria setentista. Cuando los años 70 se cierran sobre sí mismos, en un sentido, es el fin de la historia.

Pero, como bien le señalaron desde la izquierda al teórico del "fin de la historia", Francis Fukuyama, la historia sigue. Y en los próximos cien días se irán revelando los hitos del país que viene. Por lo pronto, la realidad poselectoral muestra un clima enrarecido. Los que supuestamente perdieron están descorchando champán, como bien saben en el entorno de funcionarios como Florencio Randazzo y Guillermo Moreno, por mencionar un par de caras conocidas. En cambio, los que presuntamente ganaron se pelean entre ellos, maldicen en silencio su imprevisión y calculan con mucha incertidumbre los pasos a seguir para reparar lo irreparable: en el directorio de Clarín, hay caras largas y un estado de asamblea permanente que ha hecho cancelar compromisos privados tradicionales a más de un directivo del Grupo. Los abogados del multimedios orejean una y otra vez las 16 páginas de ese bendito contrato que, a esta altura del análisis jurídico y periodístico, no dice nada que sirva para escandalizar a nadie ni para incomodar a Grondona, el caballo de Troya que ya suena como una mala palabra en las oficinas de TyC: Don Julio es hoy el Cobos del Grupo Clarín, porque en una noche les votó no positivo. Por eso la empresa que controlaba el fútbol televisado desistió de la tentación inicial de ventilar ese contrato que no habían visto ni los presidentes de los clubes involucrados en el mismo. No había nada que mostrar. La única cláusula que podía comprometer al capo de la AFA fue extirpada a pedido de Don Julio en la última renegociación de contrato: el delicado ítem estipulaba que los pagos mensuales de la empresa televisiva irían a parar directamente a los clubes que brindan los rentables espectáculos deportivos, sin pasar por las manos de Grondona. El intocable patriarca del fútbol se plantó y se negó a firmar si no se eliminaba aquel reparto automático de las riquezas. Del lado de TyC le explicaron que eso sólo podía hacerse con el consentimiento de los clubes. Grondona levantó un par de teléfonos y lo arregló. La cláusula de coparticipación había muerto: cada mes, los tesoreros de los clubes deberían mendigar en las oficinas de la AFA su cheque, que generalmente tenía fecha de cobro muy diferida. Para hacerse del efectivo rápido, se les recomendaban un par de direcciones donde cambiar los cheques por cash, eso sí, con quitas de hasta el 25%, que también explican la quiebra generalizada que acecha a la mayoría de las instituciones.

Y aquí aparece uno de los debates que podrían animar las tertulias de los intelectuales de Carta Abierta: ¿qué papel le cabe al Estado en el drama de una actividad social protagonizada por jugadores ricos, dirigentes ricos e instituciones sin fines de lucro en bancarrota? ¿Regulación reforzada? ¿O intervención justiciera? Si es sincera la reivindicación del rol del Estado que esgrimen los intelectuales filokirchneristas, votarán –testimonialmente, claro– por la regulación. La opción vengadora es, en realidad, otra vía pragmática disfrazada de ideológica para saquear con la espada estatal las arcas de un actor privado dominante, con el objetivo final de repartirse después el botín con los nuevos dueños del negocio, que asegurarán su tasa de rentabilidad volviendo a armar un escenario monopólico. Pero entonces ya no estará Aníbal Fernández, virtual primer ministro K, para pedirle que se haga justicia y se le regale fútbol gratis al pueblo.

Comentá la nota