China, el aliado inesperado

China, el aliado inesperado

Adelanto del nuevo libro del periodista Néstor Restivo sobre el presente y futuro de las relaciones entre la Argentina y China. Las visitas de Néstor Kirchner y Hu Jintao y el vuelco en la relación bilateral. Las anécdotas del ex presidente.

En 2004 el ministro de Comercio chino, Bo Xi Lai, visitó Buenos Aires y sorprendió al señalar a esa Argentina recién salida de la crisis como el socio que necesitaba China, aún más que Brasil o México, las mayores economías latinoamericanas. Bo era un tremendo cuadro político que parecía saber todo sobre los futuros recursos naturales de América Latina y las necesidades asiáticas en materia de alimentos, soja, mineral de hierro, petróleo o cobre, sus principales objetivos. Pero también sabía del aire limpio, del agua, de la tierra para sembrar cosas que acá se desprecian, como el rábano; sabía también de la contra-estacionalidad, o de la energía eólica que en Argentina, decía, servía más que en Canadá porque allá dominan los fiordos y en cambio aquí (y era específico: hablaba de la costa atlántica "desde Samborombón hasta Punta Dungeness") todo era liso y recto como para aprovechar el viento mucho mejor. El canciller, Li Zhao Xing, vino con él: era otro cuadro alto del Partido Comunista chino y un gran poeta. Y Bo era, finalmente, un gran nadador, como su admirado Mao Zedong. En 2013, tras un juicio célebre, Bo, que había llegado a gobernador de la pujante municipalidad de Chongqing y era líder de una fracción tildada de neomaoísta, fue defenestrado por un juicio sobre corrupción y abuso de poder (su esposa, condenada a muerte por asesinato) y lo que parecía una promesa de futuro alto dirigente quedó recluido en la sombra. Pero aún se recuerda su paso por Argentina porque preparó las visitas que en ese mismo 2004 harían los presidentes Néstor Kirchner a China y Hu Jintao a la Argentina y le darían un vuelco espectacular a la relación bilateral. Como se señaló en el primer capítulo, la relación con China tiene antecedentes muy ricos y lejanos, pero en la última década ocurrió el gran salto.

Hacia principios del siglo XXI, si Brasil tenía como gran socio asiático a Japón y si México tenía ya una alianza firme con Estados Unidos, China, sin descuidar sus vínculos con el resto de América Latina, había elegido para su nueva era al país del tango y la generosa pampa.

A Kirchner, se sabe, no le interesaban mucho los viajes (de hecho ese fue uno de los primeros de su vida) ni los protocolos, que en la República Popular rozan lo sagrado. En las cenas oficiales, en Beijing o en Shanghai, pedía a gritos "algo que se pueda comer", despreciaba lapiceras de lujo o la cama mandarinesca con baldaquino que lo esperaba en el complejo de Diaoyutai para visitantes ilustres. Hasta se negó a ponerse una toga negra como correspondía en la prestigiosa Universidad de Fudan cuando lo premiaron con un Honoris causa porque decía que lo cargarían en su condición de "pingüino". Wang Shenghong, presidente de esa casa de estudios, usó la toga roja; el profesor Zhou Lu Wei, director del Instituto de Títulos, la púrpura. Pero la de color negro quedó sobre una silla para estupor de todos y dolor de cabeza del cónsul argentino en Shanghai, Miguel Velloso, activísimo en esa visita.

Sin embargo, Kirchner sedujo a todos. No sólo a los alumnos universitarios, a quienes en el más destacado párrafo de su discurso llamó a mantener siempre la rebeldía, sino a los dirigentes chinos que con los años descubrirían lo acertado de la decisión, a juzgar por los resultados de la década en ciernes. En ese mes de junio de 2004 comenzó una relación estratégica que continuaría con los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, presente en aquel viaje como senadora y primera dama, no sólo en la Gran Muralla sino recorriendo hospitales y centros de estudios chinos, y que significaron cada año desde entonces una multiplicación del comercio del 20% al 30%, pasando de 4 a 16 mil millones de dólares anuales de intercambio. No sólo de soja por industria, como algunos simplifican, sino incorporando cada vez más capítulos como los de ciencia y tecnología, espacial o cultural, incluyendo inversiones o las coincidencias en los más altos escenarios de la política global, con una apuesta fuerte de Buenos Aires y Beijing por el fortalecimiento de lazos Sur-Sur.

Si Bo Xi Lai viajó a la Argentina dos veces para preparar el terreno, el Ministerio de Planificación Federal y la Cancillería (se recuerda la labor de Nora Jáuregui desde el Departamento de Asia y Oceanía o del asesor Eduardo Valdés, hoy embajador ante el Vaticano) también hicieron periplos previos para armar la visita de Estado. El entonces canciller Rafael Bielsa suele recordar que Kirchner instruía: "Largo y chico, que al final es grande", para referirse al vínculo con China. Es decir, no la idea propia de tanto argentino miope de querer vender "ya" lo que sea a un mercado de casi 1400 millones de personas, sino pensar en la durabilidad y las ganancias a largo plazo, como de hecho hacen los asiáticos. Para Kirchner, evoca Bielsa, las relaciones externas eran una planilla excel, sin prejuicios ideológicos, aunque sí firmeza en la soberanía, para evaluar el debe y el haber.

En aquella travesía viajaron ministros, gobernadores y una lista impresionante de empresarios, que antes pasaron por Rusia. Pocos de ellos, si es que alguno, no sintieron que estaban en el inicio de algo grande. Argentina acababa de salir "del infierno", algún eunuco, y no de la corte imperial, la veía "afuera del mundo" y el gobierno nacional intentaba fijar un rumbo diferente al de las articulaciones anteriores de política exterior, que habían dejado un sabor a sometimiento.

El 24 de junio de 2004, desde la zona militar del Aeroparque Metropolitano, partieron Kirchner y su comitiva oficial para una visita que tuvo -bajo un calor de 36° en el verano chino- toda la gala y la pompa del Ejército de Liberación, incluido los 21 cañonazos de honor, y del buró político del gobierno comunista. Fuera de su disgusto por la falta de pollo asado con ensalada (casi su única dieta de cada día, fuera de algún churrasquito o algo de atún) en las mesas circulares por donde rotaban manjares para él insondables, y fuera de los arreglos florales y otras atenciones propias para un jefe de Estado y la primera dama, Kirchner sabía, y cuidó siempre que así fuera, que esa relación debía tomarse en serio y con compromiso.

Entre muchos otros iban con él los ministros y funcionarios Bielsa, Roberto Lavagna, Julio De Vido, Carlos Zannini, el hoy procesado Ricardo Jaime, jefes legislativos, directores del Senasa, el INTI, la CONEA y otros organismos, directivos de todos los bancos públicos, los gobernadores Felipe Solá (Buenos Aires), José De la Sota (Córdoba), Jorge Obeid (Santa Fe), José Gioja (San Juan), Eduardo Fellner (Jujuy), Julio Cobos (Mendoza) y Sergio Acevedo (Santa Cruz), y lo más granado del empresariado local, además de dirigentes de Pymes, de la CGE y de cámaras empresarias, en total unos 300 ejecutivos. El entonces embajador en Beijing, Juan Carlos Morelli, así como Velloso desde Shanghai, trabajaron sin descanso en la organización y la agenda del viaje, que duró hasta el 3 de julio. Cada uno de los cientos de invitados tenía una tarjeta escrita en mandarín que rezaba, ante cualquier inesperado apremio: "Por favor lléveme a la Embajada argentina." «

Néstor Restivo es codirector de la revista Dang Dai, columnista de Radio Nacional y licenciado en Historia por la UBA.

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