Chile, en la flecha del tiempo

Por Abel Posse

Se cierran veinte años de centroizquierda en Chile. Hubo más centro que izquierda. La recuperación de Chile en el ámbito continental y mundial es un hecho notable. Con sentido de orgullo nacional y con diálogo alcanzaron el objetivo de la reubicación de Chile en el panorama internacional. Bachelet cede el poder con alto nivel de aprobación ciudadana. ¿Por qué no fue, entonces, reelegida su exitosa Concertación? De una forma sutil, Chile parece haber elegido un camino de persistente coherencia en el que "la tarea nacional" sigue prevaleciendo sobre las digresiones ideológicas o los rencores heredados de la historia pasada.

Desde la dupla Pinochet-Büchi, pasando por estos veinte años de la Concertación, el esfuerzo de Chile se centró en un desarrollo economicista, riguroso, sano y predominante sobre las particularidades y frenos ideológicos. Hecho destacable en un país con un pensamiento de izquierda combativa. El Chile de Neruda, Teitelboim, Recabarren, Allende, que a lo largo de la guerra fría creyó en una solución final del capitalismo a favor de un socialismo que ya se desdibujaba tanto en la URSS como en la China de la Revolución Cultural.

La Concertación que gobernaría después de Pinochet supo someter su visión de izquierda al signo de la época. Supo tomar nota del desmoronamiento del sistema comunista soviético, como de la inesperada y profunda transformación de China, con su franca apertura y reconocimiento de la eficacia capitalista. La flecha mundial dominante era el capitalismo. El mercader, el vaishya, predominaba sobre el guerrero y el hombre de espíritu.

Los izquierdistas chilenos parecieron comprender que, desde su pequeño país, no podrían modificar con su ética política, cualquiera que fuera, una realidad que hoy culmina en la entente de la China comunista con Estados Unidos y las potencias mayores de Occidente. Ese es el signo predominante de estos lustros, más allá de toda digresión crítica. La sabiduría política es reconocer la realidad y responder a ello en beneficio de la consolidación económica de cada país y región. Los chilenos dan muestras de haberse salvado de eso que Lenin llamó "la enfermedad infantil del izquierdismo". (La despiadada profundidad existencial de la Residencia en la Tierra , del mejor Neruda, prevalece sobre el demagógico Canto General , que le valiera el Premio Lenin. Hoy Chile es un aventajado "residente en la Tierra".)

Dentro de este esquema de sabiduría, se evidencia que la Concertación se mantuvo cerca del esfuerzo pinochetista por renovar una economía provinciana y crear un empresariado competitivo. Realidad que hoy merece el elogio internacional. Todo sin hacer ideología al revés, advenedizamente procapitalista y olvidando las particularidades nacionales, culturales y geopolíticas.

El país trasandino eligió la productividad y la afirmación económica, sin olvidar la necesidad de solucionar los difíciles problemas sociales todavía insuperados. Los chilenos saben dos enseñanzas fundamentales que dejó el siglo XX: 1) que contra toda previsión marxista los comunismos fracasaron justamente en lo económico, en lo que creyeron el pilar de todas las superestructuras: social, cultural, política, internacional, etcétera, y 2) que sólo la producción de riqueza y de bienes es garantía de trabajo, progreso, bienestar y es el único motor de toda posible distribución más justa del rédito .Como pasó desde Estados Unidos a la China actual, desde Escandinavia al Brasil y la India de hoy.

Los curiosos, y hasta exóticos, pensadores alemanes de los años 20, creadores de la llamada Revolución Conservadora, habían señalado que toda mejoría social profunda debía basarse en el éxito productivo, más allá de los esquemas encontrados de capitalismo-comunismo que ensangrentarían toda esa época.

Deng Xiaoping, que revolucionó la China revolucionaria de Mao, concordó con esta visión heterodoxa al pronunciar aquellas ya famosas frases: "No importa el color del gato siempre que cace ratones" y "Un país, dos sistemas?"

A la pregunta de por qué no persistió en el poder la corriente de centroizquierdistas extraordinarios como Allwin, Frei, Lagos o Bachelet, cabe responder que Chile procedió con inédito coraje y coherencia al elegir al conservador Piñera. Duplicó la apuesta. Mantuvo la línea exitosa de consolidación económica y empresarial como una política de Estado desde la que se podrán solucionar las urgencias sociales pendientes, más o menos con una estrategia como la empleada por Lula da Silva en Brasil.

En vez de achicar velas, los chilenos despliegan hasta la última gavia. Se juegan por la afirmación institucional con admirable civilidad. Se ubican en el signo del tiempo, que es circunstancia ineludible. La circunstancia es lo inmediato. La ideología es creación futura. La voluntad crítico-creadora no debe imponerse sobre la posibilidad inmediata que ofrece el mundo en cada signo de época.

Desde nuestro indecoroso putarraqueo político, desde nuestra patanería caníbal, desde la peor hora de la patria argentina, el espectáculo de civilidad y equilibrio de Chile es la contraimágen de nuestra pasión autodestructiva.

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