Chiche Duhalde: "Lole sería muy buen candidato, pero necesitamos que hable"

Hilda Chiche González de Duhalde luce rejuvenecida. Como si el tiempo no hubiera pasado. No esquiva ninguna pregunta. Es más, relativiza que su marido, Eduardo, quiera ser presidente. Se nota claramente que los Duhalde apuestan por alguien que con sus silencios los mete en un laberinto: Carlos Reutemann.
Cordial pero enérgica, admite que no quiso compartir una cena en su casa con los Kirchner en plena campaña del 2003 y también concede que se equivocó al creer que Cristina tendría libertad de movimientos. Quiere ser gobernadora bonaerense y no perdona a Felipe Solá.

   —Vino a Rosario el día justo: el jueves Duhalde confirmó que va a ser candidato a presidente.

   —No, no es tan así. Lo que Duhalde quiere decir con una expresión muy gráfica es que no le saca la cola a la jeringa. Lo que está queriendo decir es que si no aparecen candidatos que estén dispuestos a jugarse por lo que tenemos que jugarnos los peronistas, va a tener que presentarse. Pero si hay alguien que aparece y está mejor en las encuestas, lo va a acompañar. Está diciendo: "Por favor, muchachos...".

   —Hace un año Reutemann anunció su intención de ser candidato. Se dice que larga en el primer semestre de 2010 y otros sostienen que de nuevo dirá "no". Usted se enoja recurrentemente con el Lole.

   —Me hace enojar un poquito a pesar del afecto que le tengo. Un día veníamos de Entre Ríos en el auto y escuchamos que lo había lanzado a mi marido como candidato...

   —Bueno, por lo que dijo su esposo no estaba mal rumbeado...

   —(Risas). Nosotros apostábamos a que él fuera el candidato. Ojalá tomé una decisión. La gente lo respeta, siente afecto por él. Es un buen candidato para el justicialismo. Necesitamos que hable, que diga cuál es su idea para salir adelante. Cuál es su proyecto en definitiva. Por sus características personales todavía no lo sabemos.

   —Recuerdo una anécdota en Olivos cuando estaba a punto de definirse, en el 2002. Le dijo a su marido: "Chiche me mostró la pileta de natación y voy a decir sí por eso, me va a venir perfecto para las cervicales...".

   —Recuerdo esos días de conversaciones con él. Yo le decía: "Lole, traete el tractor, pero aceptá". Todo en tono de chanza, pero nosotros queríamos que fuera él. La Argentina hubiera sido otra cosa.

   —Antes de que asumiera Cristina usted sostenía que sería inmanejable para su marido, que se cortaría sola... Le falló la intuición.

   —Me equivoqué. La creía con más personalidad, me imaginaba a Kirchner haciendo la valijita y retirándose de Olivos, un caso a la inversa al de Menem con Zulema.

   —¿Adónde va un país que se pelea con todos menos con Chávez?

   —Los países más exitosos de la región no tienen nada que ver con Chávez ni con Bolivia. Están en otra dirección, de producción, desarrollo, apertura de los mercados. Esto nos conduce a una situación de pobreza extrema. Creí que no llegaba a Rosario por tantos cortes y piquetes; hay reclamos por todos lados. Hasta grupos que no representan a nadie... La gente tiene paciencia, pero el Estado no interviene porque el gobierno tiene miedo a ser confundido como autoritario. ¡Y lo es! Son autoritarios porque no buscan el consenso, pero no ejercen la autoridad en lo que se debe.

   —Da miedo observar que Stornelli, jefe de los policías bonaerenses, denuncia que sus subordinados contratan pibitos para asesinar y crear caos. Después de eso, ¿uno qué puede pensar?

   —Que estamos en el horno. Lo lastimoso es la cantidad de contradicciones. Lo denunció un juez que no fue llamado por nadie. Y a los pocos meses lo reconoce Stornelli, bueno, verdaderamente la cosa debe ser mucho más grave en el tema inseguridad de lo que nosotros creemos.

   —Usted conoce el conurbano al dedillo. ¿Esas inmensas barriadas siguen siendo ganadas por las dádivas del poder?

   —No. Ya reaccionó la gente. Kirchner perdió las elecciones en el conurbano bonaerense. Es tan injusta la distribución de los programas sociales... Cuando son conducidos por los amigos del poder, llámese piqueteros o intendentes, nos encontramos con cifras alarmantes. Los que los reciben son los que saben qué timbre hay que tocar.

   —¿Le gustaría ser candidata a gobernadora bonaerense?

   —Sí. También sé que no es nada fácil. El justicialismo debe reconstruirse porque ha cometido muchas macanas. Y este gobierno llegó de la mano del justicialismo, más allá de que después haya errado el camino. Me encantaría ser gobernadora.

   —Dicen que para estar en política hay que tener el cuero duro, pero siempre viene a la mente aquel aplauso estentóreo de Felipe Solá (un ahijado político de los Duhalde) cuando Cristina los comparó con El Padrino. Ahora está otra vez buscando la bendición de Duhalde... ¿Cómo se soporta tanta traición?

   —Lo de Solá es muy confuso, busca a los de más experiencia, pide consejos pero después no quiere que se sepa. Me dolió muchísimo y se lo dije personalmente en mi casa. Le dije que no podía perdonar. Felipe nos conoce.

   —Leí que usted tenía tal desconfianza hacia los Kirchner que cuando los visitaron en su casa prefirió no aparecer y quedarse en la cocina. ¿Es verdad?

   —Es la verdad, la pura verdad... Cuando estaban en campaña vinieron a comer a casa, yo no sabía, mi esposo me avisa un rato antes... Y pensé: los vamos a atender bien, pero yo no voy a estar en esa mesa. Y no estuve. Las mujeres tenemos más desarrollada la intuición. Había compartido con ella (por Cristina) la Cámara de Diputados y no actuaba bien, no era solidaria con su bloque, no le importaba si el conjunto pensaba distinto.

   —El que se equivocó fue su marido...

    —Bueno, pero en aquel tiempo apostábamos a otro hombre que no quiso ser (por Reutemann).

   —Duhalde fue fundamental para evitar la anarquía, un gran piloto de tormenta. ¿Por qué las encuestas no lo muestran arriba? ¿Hay un estigma?

   —No, no. Se fue de la gestión con una muy buena imagen pero sistemáticamente el gobierno comenzó a destruirlo. A través de los amigos de Kirchner, como D’Elía por ejemplo. Y lograron su objetivo. El rumor se instala y es muy difícil modificarlo. Hay que tener espaldas anchas para soportarlo, pero a mí no me importa tanto lo que la sociedad pueda pensar, me preocupa la historia que se escriba y mis nietos. Ya ni mis hijos, porque han crecido y saben el papá que tienen. El rumor es imbatible.

   —Pero las últimas encuestas están revirtiendo la imagen, no se tiró a una pileta sin agua cuando dijo que iba a ser candidato.

   —Tiene razón, las cosas se modifican. Hay que pensar también qué hace la sociedad, y me incluyo. Cuando la economía funciona nos olvidamos de todo lo demás, cuando la economía deja de funcionar el gobierno pasa a ser malo y al que lo tenían guardado como un bombero lo vuelven a llamar. Si mi marido vuelve a ser presidente desearía que fuera votado por la gente.

   —¿Le gustaría que él fuera presidente?

   —No. Sé que en el fondo él tampoco quisiera. Pero como es responsable entiende que debe hacerse cargo en situaciones de emergencia y cuando no hay candidatos que tengan peso específico. Reutemann es un hombre con peso específico pero demasiado silencioso. Falta una personalidad que nos devuelva a un país normal.

   —¿Y qué peronista le gustaría que fuera presidente?

   —Aspirábamos a que fuera Reutemann, pero no sé qué hará este hombre.

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