Más cerca de las elecciones que de la crisis

La crisis acelera los tiempos y agudiza las contradicciones de la política argentina.

Botas embarradas, pelo mojado, expresión compungida, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner descubrió en Tartagal que en la Argentina hay pobreza de verdad, no sólo la que adorna sus discursos sobre redistribución para justificar los manotazos del fisco.

En tanto, las principales figuras de oposición, acicateadas por lo que perciben como un largo estertor del kirchnerismo, se apresuran a crear nuevos "espacios", guiados por el cálculo electoral, la ansiedad de posicionarse mejor y al temor a perder potenciales aliados, más que por la convicción o la paciencia estratégica.

De resultas, el país político e institucional está concentrado en los preparativos para algo que tendrá lugar en nueve meses –las elecciones legislativas de octubre- y mucho menos en lo que se necesita para combatir una crisis a la que todavía no se le termina de ver la cara.

Cual esas películas en las que del monstruo –Alien, Godzilla- se van viendo destellos, partes que sugieren un todo terrorífico, la crisis asoma por aquí, por allá, y descompagina hasta lo que el Gobierno más cuida: los discursos, la escenografía, el manejo de los tiempos y la chicana política disfrazada de sensibilidad social.

PASO, LUEGO EXISTEN

"…Lo que pasó ayer en Tartagal…" dijo el jueves la presidenta, un día después de su breve visita a esa localidad salteña golpeada por un alud de agua y barro, en una frase que revela que la jefa de Estado cree que las cosas suceden sólo si ella las ve o toca, como los argentinos pudimos constatar por TV, gracias a las grabaciones oficiales.

El alud había sido el lunes y desde mucho antes Tartagal sufre de "pobreza estructural", que en la presidenta parece ser un giro discursivo más, no auténtica comprensión.

De lo contrario, no habría calificado de "taperas" las viviendas de los habitantes de la castigada localidad salteña, ofendiéndolos con una palabra que cualquier pobre del país percibe más como una muestra de asqueado desprecio que como una expresión de empatía, de alguien que siente de verdad con el otro.

Después de todo, se trata de la misma presidenta que hace 13 meses, cuando ya hacía por lo menos seis la economía casi no generaba empleo y la pobreza descendía sólo en las estadísticas del INDEC, consideró "impresionantes" los logros del "modelo" oficial, sentenció que la Argentina había dejado para siempre atrás los ciclos económicos de subir y bajar y, tras presentar al Tren Bala como un "salto a la modernidad", observó con orgullo: "hay mucha menos gente pidiendo en los semáforos".

LA OPOSICIÓN Y LAS CORPORACIONES

Mientras, los tanteos opositores van conformando un escenario electoral con tres protagonistas: el oficialismo, el peronismo no (o anti) kirchnerista y un incipiente panradicalismo aliado a la corriente mayoritaria del Partido Socialista.

Un cuadro suficiente para alterar el ánimo oficial, en la medida que el trío Solá-Macri-De Narváez puede disputarle votos peronistas y poner en riesgo su primacía en la provincia de Buenos Aires. Y suficiente también para descolocar a Elisa Carrió, que coqueteó con Solá y le tiró flores a Reutemann, en búsqueda de su ansiada "pata peronista".

La razón es simple: en los últimos 60 y pico de años, ningún gobierno no-peronista elegido por el voto pudo concluir su mandato.

Del lado corporativo, la "Mesa de Enlace" rural exhibió reflejos para suspender un paro que hubiera dejado al campo fuera de juego luego del pedido presidencial de ayuda ante la crisis.

La Unión Industrial y la CGT, en tanto, están en pleno minué para ver si, cómo, cuándo y para qué suman al "Consejo Económico y Social" que la presidenta comenzó a pergeñar en España.

Pero la crisis, decíamos, descompagina todo. Las bases rurales, acicateadas por una crisis que está dejando al interior sin aire, podrían volver a hablar de paro más temprano que tarde, y el Gobierno no tiene margen para atender su principal reclamo: una suspensión temporal o una baja significativa de las retenciones, que permita a los productores vender con más margen los granos que aún tienen en acopio y tener resuello para atravesar una campaña entre mala y muy mala, y sin certeza de que las próximas serán mejores.

LAS CUENTAS NO CIERRAN

Al oficialismo las cuentas no le dan. Lo dicen las cifras de comercio exterior, la declinante recaudación, las altísimas tasas de interés que el Gobierno elige pagar con tal de patear deuda hacia adelante y la descomunal expectativa que tiene sobre el blanqueo de capitales y la moratoria impositiva.

En materia de imagen, tampoco lo ayudó la morosa reglamentación de la Ley de Bosques Nativos, anunciada tras la tragedia de Tartagal, pero más de 14 meses después de la sanción de la ley.

Es difícil afirmar, como hacen con seguridad cargada de prejuicios algunas organizaciones ecologistas, que el alud fue por el desmonte de bosques. Pero más difícil es entender cómo un Gobierno que la va de sensible y eficaz tardó tanto en atender una norma que debía reglamentarse en un máximo de 90 días. La ley fue sancionada el 28 de noviembre de 2007, doce días antes del traspaso de Néstor a Cristina.

En ese lapso el ex presidente prorrogó por 15 años (hasta 2032) y por decreto la concesión de los tragamonedas de Palermo. Para el vencimiento de la concesión original faltaban 10 años. ¿Qué apuro había? La respuesta tal vez la tenga el principal beneficiario, Cristóbal López, un amigo del poder, el mismo que con un aporte de 7 millones de pesos podría quedarse con Paraná Metal, la metalúrgica. Más contradictorio aún fue que, en Olivos, la presidenta anunció que este año la "ayuda social" del Gobierno alcanzará a 6 millones de argentinos. Eso equivale a admitir que el 15 por ciento del país vive en la indigencia.Hace apenas semanas el INDEC informaba que la economía sigue viento en popa y la pobreza y el desempleo descienden sin pausa.

En su paso por Tartagal, la presidenta también condenó la desigual distribución geográfica del ingreso, desigualdad que 69 meses de administración kirchnerista no hicieron sino aumentar con sus políticas de subsidios tarifarios a los que más tienen y de concentración de recursos fiscales.

En 2008, de 270.000 millones de recaudación, el Gobierno nacional dispuso de más del 70 por ciento. Y parece que no le alcanza.

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