La censura es una forma de matar al otro

Por Adrián Ventura

Un mago hace desaparecer un conejo y la gente aplaude: es un acto burdo y repetido, pero el público está dispuesto a ser engañado. En cambio, el Canal 7 cortó las imágenes que mostraban a Julio Cobos en el Festival de Jesús María y la gente critica. La prestidigitación, hacer trucos para despistar al auditorio, es una virtud en los magos, pero un vicio en los políticos. La ciudadanía se cansó de los trucos.

La decisión del Canal 7 y del Canal 10 de Córdoba de no mostrar al vicepresidente de la Nación quizá no coarte la libertad de expresión de Cobos, porque él no pidió expresarse, sino que simplemente asistió a un acto, pero seguramente viola el derecho de la gente a conocer los hechos, que es otra forma de censura. Y, también, menoscaba la figura institucional del vicepresidente.

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El incidente que afectó a Cobos tiene la apariencia de ser anecdótico, pero no lo es.

La diputada Silvana Giúdici, presidenta de la Comisión de Libertad de Expresión de la Cámara de Diputados, dijo en declaraciones públicas que este acto va en la misma línea del manejo que hace el Gobierno con la publicidad oficial y con la utilización de los medios de comunicación.

Quizá no haya sido la presidenta Cristina Kirchner la que se haya rebajado a tomar la decisión de cortar las imágenes, pero los responsables de la televisión pública no dudaron en hacer gala de obsecuencia política ni en usar la televisión estatal como un bien propio del Gobierno.

El Gobierno no sólo incurre en censura cuando prohíbe expresarse a quien pide hablar, sino, también, cuando silencia el pluralismo, aunque esa diversidad se manifieste dentro del oficialismo.

Desde 2003 hasta la fecha, el Gobierno y algunos de sus voceros se preocuparon por instalar en la sociedad dicotomías que deberían estar superadas: progresismo y derecha, negros y blancos, trabajadores y oligarcas, campo y ciudad, kirchneristas y opositores, y una gran cantidad de epítetos que sólo persiguen fracturar el tejido social. Es una parábola más que curiosa de un gobierno que pretende ser progresista y que termina prodigando costumbres propias de la derecha más conservadora.

Discriminar a "los otros" es una metáfora de matarlos, un simulacro de su supresión. El otro me molesta, entonces no lo tolero, sino que lo silencio. Es una eliminación simbólica del enemigo. La prueba de fuego de la democracia es saber qué hacemos con el enemigo: si lo toleramos, si lo silenciamos o lo matamos. Quizás el Gobierno esté sacando una baja nota en el examen de la democracia, que se merece mucho más que actos mezquinos.

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