Cazabán, gobernador de facto

Cazabán, gobernador de facto
Para salir del laberinto de impopularidad que lo atormenta, Jaque cedió todo el poder a su secretario.
Después de dos años de completa sumisión al poder central, el Gobierno de Mendoza decidió abandonar su última cuota de moderación provinciana y completar, en un loco salto al vacío, su mímesis con el kirchnerismo.

Utilizó el mismo método de Néstor Kirchner para sobreponerse a los efectos de una dura derrota en los comicios. Cerrados los caminos de la política tradicional, que cada día son más adversos, Kirchner eligió un enemigo fuera de ese ámbito, el grupo Clarín.

Luego de muchas dudas, y sin chance de levantar algo la cabeza por la vía natural de su gestión (cada vez más vapuleada por la opinión pública), el Ejecutivo local apeló, algunos meses después, a igual remedio.

Frente a un terreno político minado, eligió demonizar al grupo UNO, en un intento de hallarle alguna mínima razón de ser a los dos interminables años que le quedan por delante.

De este modo, copió otra característica determinante del modelo kirchnerista: la destitución de facto de la primera magistratura. En el Gobierno de la Nación, el hombre fuerte, el que decide y gobierna, el que concita la atención de todos, el que marca las reglas de juego es Néstor Kirchner.

En Mendoza, el gobernador Celso Jaque desapareció definitivamente de escena. Su mano derecha, su monje negro hasta ahora, el secretario de Gobierno, Alejandro Cazabán, abandonó el segundo plano, pasando por sobre el hombro de Jaque, y se hizo cargo de todas las acciones determinantes del Gobierno. Borró a un gobernador alelado por la magnitud de la batalla y borró asimismo, de un plumazo, a un gabinete timorato, primero en el trabajoso pacto con la oposición por la ley de endeudamiento y, después, en su embate contra el grupo UNO, acusándolo de extorsionar al Gobierno.

Un triple salto mortal digno del mejor saltimbanco.

Hasta hace unos días, Cazabán era el poder en las sombras. Hoy es el poder a secas.

Diferencias insalvables

Para lograr su audaz cometido, el jaquismo enfrenta un problema no menor. Kirchner es un estratega de corto y mediano plazo, un peleador nato, feroz y despiadado si hace falta. Enfrenta las circunstancias a pecho descubierto, plantado en el centro del ring y con el cuchillo –e nsangrentado– en la diestra.

La dentellada brava define el estilo K.

Jaque no. Jaque no puede. No está en su naturaleza. El facón se le resbala de las manos. Sus modos han sido siempre los de un hombre manso.

Por lo cual, para poner cara de malo en el reñidero, tiene que recurrir a Cazabán. Por ende, su figura de conductor, de líder, se adelgaza irremediablemente hasta desaparecer.

Sólo le está permitido un acto: avalar, desde atrás, a su Rasputín.

Afantasmarse es propio del estilo J.

El hombre orquesta

Hay otro desbalance grosero entre el estilo K y el estilo J: Kirchner tiene a su servicio una fuerza especial altamente entrenada para enfrentar cualquier adversidad.

Jaque sólo tiene a Cazabán.

Comparado con el pelotón de élite del kirchnerismo, es asombrosa, increíble, la cantidad de funciones que concentra el superpoderoso secretario.

Veamos. Cazabán es el De Vido de Jaque, porque se encarga de elegir, negociar y cerrar todos los grandes contratos del Gobierno, los que valen millones.

Es la Cristina Fernández de Jaque, no por detentar el poder formal sino porque permanece como el único habilitado para hablar al oído del gobernador y torcer el rumbo de las decisiones (otros amigos personales de Jaque, como Perruco Leiva y Daniel Pereyra, pasaron al ostracismo).

Es el Guillermo Moreno de Jaque, porque es el responsable de embestir y domesticar, por arriba y por abajo de la mesa, y con malos modos, a cualquier rival del Gobierno, tanto del ámbito político como del privado.

Es el Aníbal Fernández de Jaque, porque sólo él enfrenta, a viva voz, el debate público, cuando la cosa se pone espesa, para defender incluso lo indefendible y lo impresentable, y porque, también, es el único que se arroga el derecho de manejar la servilleta de Corach: la renovación, a su antojo, del Poder Judicial y de los órganos de control es uno de sus máximos berretines.

Es el D’Elía de Jaque, porque constituye la única fuerza de choque frontal del Gobierno.

Es el Perro Verbitsky de Jaque, no porque escriba artículos periodísticos en su defensa, sino porque es el más leído, el que aporta las líneas intelectuales e ideológicas que sustentan las acciones posteriores.

Es el Chueco Mazzón de Jaque, porque organiza las principales operaciones en la sombra y define el destino político de las distintas cajas de la política.

Pero hay todavía algo más inaudito en la diferenciación con el estilo K: Cazabán es el Jaque de Jaque.

O sea, lo ha abducido.

Lo ha remplazado, como en Secuestradores de cuerpos. Que es un –logrado– filme de terror.

El incierto destino del PJ

La apuesta de Cazabán pone en una dificilísima encrucijada al peronismo mendocino. Un peronismo que ya sufrió su primera debacle electoral desde el ’83, estando el poder, durante la gestión del padre intelectual de Cazabán y de Jaque, Arturo Lafalla.

La historia parece repetirse.

Pero con diferencias, otra vez, sustanciales.

Lafalla, aun con sus errores que llevaron a la pérdida de la gobernación, era un místico que creía, a pie juntillas, en sus autos de fe. Se propuso combatir la corrupción y para ello convocó a un equipo de cruzados, como Moreno Ocampo, Aldo Giordano y el propio Cazabán. De allí emergió la utopía de hacer de Mendoza una Isla de la Transparencia.

En esa hoguera inquisitorial ardieron muchos hombres públicos, entre ellos, varios compañeros peronistas. Y ardió buena parte de la Policía.

Lafalla también batalló, convencido, y hasta que le dieron las fuerzas, contra el modelo menemista que imperaba por aquel entonces en el país.

Fracasó. Pero dejando la piel y el alma en la contienda.

Cazabán, después de una década, ya no es el que era. Ya no es el mozalbete fanático que coqueteaba con el Verbo Encarnado en San Rafael. Ni es el fiel escudero del gobernador.

Cazabán ya no lucha contra la corrupción ni por adecentar la policía; no le importa fundar una nueva política ni un Estado moderno. No cree en Kirchner (a quien, en el fondo, detesta, porque, según piensa, intentó destruir el peronismo), sino que se aprovecha de él tácticamente.

Tampoco cree en Lafalla, por demodé, y mucho menos en Jaque, a quien trata, desde el punto de vista intelectual, como a un inferior, como a un subalterno.

Chiqui Cazabán perdió la mística. Se ha vuelto gélidamente pragmático.

Cazabán hoy sólo cree en él. En el manejo y disfrute del poder.

Y aunque suene descabellado, todavía piensa que tiene resto para ser el próximo candidato a gobernador de su partido.

El peronismo mendocino revive la pesadilla de transitar, de la mano del monje negro, por el borde finito del precipicio.

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