La Cava otra vez en la mira

El retiro de la Gendarmería y el caso Barrenechea reactualizaron la situación de esta villa. Hay guerras salvajes entre clanes a metros de mansiones protegidas por paredones y alambradas. La Policía admite el problema de los robos.Por: Virginia Messi
El homicidio del ingeniero Ricardo Barrenechea y la seguidilla de asaltos ocurridos en San Isidro el martes pasado, con pocas horas de diferencia, volvieron a poner a La Cava en la mira. Y lo hicieron en plena polémica por el retiro de los 10 puestos de Gendarmería ubicados en puntos estratégicos del barrio desde 2006. Los asesinos de Barrenechea no eran de La Cava, sino de La Matanza. Pero el impacto del caso se llevó por delante las fronteras de la inseguridad. Al instante, el ministro de Justicia de la Nación, Aníbal Fernández, dio marcha atrás con su plan de reubicar a los gendarmes de La Cava en los trenes: decidió dejar 5 de los 10 puestos, que se completarán con un refuerzo de 20 policías bonaerenses, además de los 44 que ya trabajan en la seccional San Isidro 11°.

"Es verdad que existe una problemática de hurtos y robos en las inmediaciones de la villa. Sin embargo, hoy, el principal problema del barrio es una violenta guerra entre familias", explicó a Clarín el comisario Juan Ruggiero, titular de la comisaría cuya jurisdicción exclusiva es La Cava. La villa ocupa 22 hectáreas y en ella viven casi 10.000 personas.

Esta guerra entre clanes provoca que uno de los delitos más frecuentes sea el de "amenazas": 8 casos en el último mes, sobre un total de 77 denunciados en la comisaría. Sólo lo superan las "lesiones" (18, algunas acompañadas de amenazas) y los "delitos contra la propiedad", primero en el ranking con 34 casos. Es decir el 44% del total de denuncias.

La última baja de la guerra fue Rodrigo Ayala (18, paraguayo) asesinado de tres balazos la madrugada del martes 21, apenas unas horas antes del crimen del ingeniero Barrenechea. Ayala respondía a la familia Ojeda, enfrentada desde hace más de una década con la familia Silva (ver Quince años...).

"A veces se los ve pasar con escopetas. Se pelean y balean por nada en particular", le contó a Clarín Chavela López (50 años en la villa y 53 de vida). Madre de 12 hijos y abuela de 36 nietos, Chavela vive en La Cava Grande y fue una de las principales impulsoras de los cortes sobre la Avenida Tompkinson que se hicieron en los últimos 15 días para evitar que se levantaran los puestos de Gendarmería.

Adela Pucill (60 años, docente jubilada) fue la encargada de hacer los comunicados. Ella es "frentista", lo que quiere decir que vive pegada a La Cava, pero no dentro del barrio propiamente dicho. "El martes a la madrugada, cuando nos sacaron el último puesto, pasaban algunos pibes y nos miraban y se reían", cuenta mientras los gendarmes, aún sin casilla, se acomodan nuevamente en la esquina de Tompkinson y Alvarado.

Si hay algo que prima en la zona de La Cava son los contrastes de todo tipo. Los internos: patotas y banditas en contraposición a un gran trabajo social de organizaciones no gubernamentales y religiosas que, incluso, ha derivado en la creación de diversas comisiones de trabajo con el municipio (ver Integración...). Y los externos: mansiones -que pagan entre 14 y 16 mil pesos por mes por vigilancia 24 horas- pegadas a casillas construidas sobre tierra de relleno, inundables y sin cloacas.

Ese particular panorama es clarísimo entrando desde Tompkinson por Isabel La Católica. Allí, al fondo, esta "El Paredón", un muro de tres metros de alto que separa las casonas lujosas (cada una resguardada con alambres de púa) del sector de la villa conocido como 20 de Junio. Pegado a la pared hay un container donde se deja la basura de La Cava.

"El Paredón" tiene una entrada desde la cual se ve la villa, erigida varios metros bajo el nivel de la calle. A ella se accede por dos escaleras de tierra, una a cada lado de la "puerta".

Custodiando ese acceso hay un puesto de Gendarmería. "Antes era uno de los lugares donde se descargaba mercadería robada para meterla dentro del asentamiento", cuenta Juan Medina (44 años, "frentista").

Desde Intendente Neyer (otro de los límites del asentamiento), se tiene otra visión del lugar. La calle divide La Cava Grande de La Cava Chica y también a los Silva de los Ojeda. Cada tanto, desde Neyer se abre un pasillo hacia el interior de la villa, que queda un piso más abajo.

Cuando más adentro, mas bajo es el terreno y más cerca se está del "pozo". Allí, en 1946, se comenzó a cavar en busca de tierra colorada para hacer ladrillos. Pero las napas freáticas estaban ahí nomás, así que todo se llenó de agua y se abandonó el proyecto. Detrás de ese fracaso vino la gente, que no paró de llegar. Así nació La Cava. Hoy, en lo más profundo, hay una canchita de fútbol.

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