La causa Fuentealba en el mundo de las burbujas

La auditoría al fiscal Velasco Copello no se hará, se ha dicho desde el Tribunal Superior. Es importante la decisión política de la Corte. Todo se da en un contexto caracterizado por una burbuja muy politizada, que suele despreciar las reglas elementales de la democracia.
El Tribunal Superior de Justicia (TSJ) no le dará vía libre al pedido de auditoría a la labor del fiscal Velasco Copello que había presentado Alberto Tribug.

Y no lo hará –según anticipó el presidente de la Corte provincial, Oscar Massei- por una razón muy simple: en medio de la causa Fuentealba II, en esta coyuntura concreta de definición, sería ni más ni menos que auditar una decisión, un fallo técnico.

Avalar el pedido del jefe de los fiscales sería contribuir a juzgar a un funcionario judicial por el contenido de sus resoluciones o sentencias. Algo que orilla directamente con un atentado contra la independencia tal como se la entiende en el Poder Judicial.

La renovada Corte neuquina produce así una primera muestra importante de política judicial, a tener en cuenta para observar su desempeño, clave para la democracia en esta provincia tan proclive a declamar su ejercicio, sin practicarlo de verdad más veces que lo que cualquiera pudiera suponer.

La causa Fuentealba II queda así sujeta –como técnica y legítimamente debe ser- a las decisiones de sus tribunales naturales. En este caso, a lo que el juez Cristian Piana decida respecto de la elevación a juicio oral y público de sus imputados.

Cualquier instancia de apelación deberá ser posterior a estas decisiones, aunque la ansiedad política y la intencionalidad evidente quieran pasar por arriba al sistema, al método, al mecanismo que es parte de la garantía de debido proceso.

La decisión que se anticipó este jueves del TSJ no se puede calificar como buena o mala, como de hecho no puede calificarse ninguna decisión de la Justicia. Será, en todo caso, motivo de análisis en lo que hace a su fundamentación jurídica. Las leyes no se interpretan según la bondad o maldad de funcionarios, sino por la claridad de los conceptos que sean estos capaces de utilizar en su aplicación concreta.

Comienza a derrumbarse así una burbuja que le estaba haciendo muy mal a la sociedad neuquina. Una burbuja que se caracteriza por trazar una ignominiosa raya que pretende alinear de un lado a los “buenos” y del otro a los “malos”.

En ese mundo imaginario, en el que existen ogros que matan maestros y a la vez gobiernan, y hadas que luchan contra los monstruos con haces de luz pletóricos de bondad por el semejante, se pretende tener jueces a medida, que combatan a otros jueces que presuntamente funcionan a la medida del enemigo.

Así no funciona la democracia. Así funciona en todo caso la anarquía o el totalitarismo, que suelen confundirse de tal manera que muchas veces terminan siendo lo mismo.

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