Catarsis y promesas en la residencia de Olivos

Por Fernán Saguier

Transcurrían los primeros minutos de la comida en la residencia de Olivos y no había pasado nada fuera de lo previsible.

Sesenta empresarios de primer nivel escuchaban otro discurso de la Presidenta sin grandes novedades ni sobresaltos. Se sentaron en ocho mesas redondas junto con el ex presidente Néstor Kirchner y varios ministros intercalados entre ellos. La jefa del Estado se paró delante del atril del quincho presidencial y marcó el tono de lo que sería la noche.

Amable, con varias alusiones elogiosas hacia algunos de los presentes, con indudable intención de generar empatía, buen clima, haciendo un evidente esfuerzo personal por caer bien, la Presidenta empezó destacando recientes anuncios privados de inversión mientras exhortaba a los invitados a apostar por el país y a seguir invirtiendo.

Hasta ahí, nada nuevo. Sus palabras sonaban conocidas; era apenas un atril más. Algunos comensales empezaron a bajar la vista hacia sus platos, señal inequívoca de que la expectativa sobre tan importante encuentro empezaba a diluirse con cierto grado de desencanto. Fue entonces cuando la Presidenta lanzó la que sería la frase más relevante de la noche: "Quiero que hablemos, que me digan las cosas, pero no a través de los medios de comunicación, sino entre nosotros. Así podemos conciliar y articular posiciones".

Eran las 22.10. Ahí empezó otra reunión.

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Por las mesas, los empresarios lentamente empezaron a soltarse delante de la Presidenta y los ministros. De a poco, con timidez, compartieron sus visiones sobre la marcha del país, el rumbo del Gobierno y sus vivencias diarias en las compañías.

Habían llegado entre sorprendidos y apichonados. ¿Para qué era la invitación? ¿Por qué a ellos sí y a otros no? Antes de sentarse a las mesas, primaba la desconfianza: comentarios inofensivos, de ocasión, nada comprometedor. Halago por la convocatoria, sí, pero una buena dosis de incertidumbre. ¿Les pedirían que se expresaran en voz alta o sería ella, una vez más, dueña exclusiva de las palabras? Pocos albergaban esperanzas de poder introducir algún bocado, como finalmente ocurrió.

En los diálogos entre canapés de salmón, champagne y vino tinto Catena Zapata, lo de siempre. Honda preocupación por el clima de negocios, por el creciente intervencionismo del Estado en la economía, por el desconocimiento oficial de resoluciones judiciales, por los atropellos sindicales y, lo más preocupante, por sentirse todos, casi sin excepción, a merced del humor -y de la arbitrariedad- de la pareja presidencial.

"Si nos ofrecen hablar, no sé qué voy a decir. Porque uno puede expresarse con la mejor buena intención, pero si lo que decís no cae bien, después te atacan o directamente te sacan del negocio", fue lo primero que escuchó LA NACION de un empresario con inversiones en América latina, Estados Unidos y Europa.

Aquella frase de la Presidenta vulneró algunas defensas. Hubo arrestos de catarsis en las mesas, siempre con palabras cuidadosamente elegidas e implorando no ahuyentar a sus caparazones a interlocutores cuya reputación para el diálogo es archiconocida.

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Lo principal de la reunión fue que varios empresarios se retiraron con una luz de ilusión para que se abra, de una vez, un canal de comunicación fluido -acaso con grupos más reducidos- con los Kirchner, en el que prevalezca la predisposición a recoger impresiones por sobre los monólogos acostumbrados.

"Es la primera vez en casi siete años de los Kirchner que se arma una reunión así. Ese hecho habla por sí solo. Lo que dijo Cristina es música para nuestros oídos, pero, conociendo a los Kirchner, ¿usted cree que es para ilusionarse?", se preguntó, incrédulo, un inversor del mundo energético.

"Ministro, yo me llevo bien con Moreno [Guillermo, secretario de Comercio Interior]; de hecho, hoy hablé con él y me retó? [risas], pero ¿cuándo terminamos con lo del Indec?", disfrazó de chascarrillo otro comensal ante el ministro de Economía, Amado Boudou.

Se conversó con respeto y no hubo ni una palabra fuera de tono en toda la noche. Boudou afrontó un nutrido inventario de observaciones, ninguna sectorial ni personal, con buen talante y sin chistar. "Es que hay funcionarios que son emblemáticos, son un problema por sí solos", apuntó una dama refinada que se congratulaba por sus 40 años de casada.

El ministro explicó que en su corta gestión priorizó mejorar las condiciones de financiamiento para el sector privado. "Bajamos el riesgo país de mil y pico de puntos a 670", celebró. "Pero por más que baje el riesgo país, hay temor a hablar, se vive en un ambiente de excesiva tensión, y contra eso no hay riesgo país que aguante", se sinceró otro comensal.

"Yo a la Presidenta le dije que la vamos a acompañar, pero que nos indique una dirección y lo haga sin prepotencia", se jactó, en voz alta, un hombre del deporte camino al toilette.

Cristina Kirchner seguía paseándose de mesa en mesa, con vestido azul, hombros descubiertos y pelo recogido, saludando a uno por uno. "Esta reunión no es para dividir. Los necesito a todos más juntos que nunca", repitió la Presidenta. Ciertas ausencias notables parecieron contradecir tal afirmación: la presencia de Gustavo Grobocopatel no alcanzó a compensar la omisión del sector agroindustrial como pilar fundamental de la economía, faltaron industriales que fueron críticos últimamente y se comentó sin disimulo que tampoco se cursó invitación a miembro alguno del Grupo Clarín, que afronta una desenfrenado ataque por parte del ex presidente Kirchner, o a la Asociación Empresaria Argentina (AEA), que agrupa a los principales protagonistas de la vida económica.

"Recojo la idea -retomó el guante Boudou-. Le voy a decir a la Presidenta de reunirnos con grupos chicos de empresarios."

"Pero que sean para escuchar, no para bajar línea -suplicó alguien-. Ustedes tienen que entender que nosotros queremos que les vaya bien. Kirchner nos dijo lo mismo en su primer año de gobierno y después nunca más tuvimos noticias." Boudou siguió atajando penales. "Déjennos trabajar", imploró un empresario con inversiones en el interior como si todavía le dolieran los oídos tras aquel concepto presidencial de que "el Estado es el mejor socio de ustedes".

"Hay un clima empresarial pesado, es cierto. ¡Pero es que estamos discutiendo cosas que afectan intereses importantes, como la distribución del ingreso!", se defendió un ministro, encogiéndose de hombros, cerca de la salida.

Un emprendedor corpulento sintetizó: "Fue bueno venir, al menos hablamos y quizás vayamos a arañarnos menos. Pero los Kirchner son inmodificables, porque son rentistas. No van a cambiar nunca".

"Esto es un comienzo, un primer paso, vamos a aprovechar esta reunión para hablar más", prometió un funcionario del equipo de comunicación oficial. Entraba la madrugada y afuera empezaba a diluviar, pero la pareja presidencial seguía agasajando a los invitados.

Atrás había quedado el saludo cordial, con un beso en ambas ocasiones, de la Presidenta hacia quien representó a LA NACION, en contraste con el parco choque de manos con el que lo hizo el doctor Kirchner.

No hubo cámaras ni fotos oficiales, a pesar de que más de un hombre de negocios buscó una instantánea con funcionarios, lo que alentó la idea de que el ágape había sido un acto auténtico, sin fines promocionales.

Era muy tarde cuando empezaron las despedidas. La 1.55. Tan tarde como, conjeturaron algunos, parece llegar esta movida en la gestión de los Kirchner.

Es que los buenos modales y las palabras gratas, que siempre resultan bienvenidos, son a esta altura necesarios, pero ya no suficientes.

Algunos invitados

Jorge Brito

Luis Betnaza

Luis Pagani

Eduardo Elsztain

Enrique y Sebastián Eskenazi

Eduardo Eurnekian

Aldo Roggio

Eduardo Escasany

Carlos Bulgheroni

Alfredo Coto

Florencio Aldrey Iglesias

Gerardo Werthein

Ignacio de Mendiguren

Luis Betnaza

Juan Lascurain

Viktor Klima

Eduardo Costantini

Federico Braun

Bruno Quintana

Ernesto Gutiérrez

Carlos Miguens

Gustavo Cinosi

Sebastián Bagó

Marcelo Mindlin

Daniel Hadad

Gerardo Ferreira

Francisco Rubén Valenti

Carlos Riusech

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