Sin castigo social, la mentira copa a la política

Los dirigentes suelen esconder o disfrazar la realidad según su conveniencia frente a la impavidez de una sociedad que no condena el embuste.
“Bocca della verita...” (boca de la verdad) reza la inscripción que se lee en una gran tapa de cloaca en forma de máscara humana, con algo de león y la boca abierta, esculpida en la iglesia de Santa María de Roma. Según la leyenda, todo aquel que colocaba la mano dentro de esa boca no podía sacarla más si se trataba de un mentiroso. También, sostiene la creencia popular, los senadores de la Roma imperial se cuidaban mucho de pasar por el enigmático lugar y mucho más de estirar sus dedos hacia la boca implacable de la verdad.

¿Cuándo dicen la verdad los políticos? ¿Sobre la base de cuáles criterios asumen una posición hoy y mañana otra? La mentira está tan arraigada en el quehacer político que forma parte de un legado cultural. “Los hombres casi siempre creen fácilmente aquello que desean”, supo decir hace más de 2.050 años el emperador romano Julio César. Luego, recibió 34 puñaladas en el propio Senado. Hasta el dictador alemán de la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler, aportó lo suyo: “si quieres conseguir la simpatía de la multitud, debes decirle las cosas más estúpidas y crasas”.

La discusión sobre la reestatización del sistema jubilatorio en Argentina abre el debate sobre el papel de la mentira en la política. Más allá de los verdaderos motivos por los cuales el kirchnerismo impulsa semejante cambio, lo cierto es que durante los 90 el matrimonio presidencial formó parte del grupo dirigencial que apoyó la creación del sistema de capitalización. ¿Por qué se miente tanto en la política argentina? ¿Por qué la sociedad es tolerante con el engaño? Según los analistas políticos, la mayoría de los dirigentes miente para obtener votos y, una vez en el poder, lo hace para ocultar verdades sospechosas. El ex presidente Carlos Menem, por ejemplo, fue uno de los más adictos a las “mentiras piadosas”. “Fue una avispa...”, se hizo famosa como la frase a la que recurrió el riojano para referirse a uno de los retoques quirúrgicos faciales a los que sometió durante su mandato. La sociedad festejó la ocurrencia. De la misma manera que celebró cuando, en 1996, el entonces Presidente habló de la idea de una plataforma de lanzamiento en la Argentina, que permitiera unir Japón con nuestro país en una hora y media. En definitiva, la reflexión también debe comprender al resto de la sociedad, que elige, premia o castiga a los políticos. En rigor, se trata de develar los eufemismos del “doble mensaje” o “doble discurso”. Al no haber un castigo social, las penas que impone la ciudadanía se traducen en la indiferencia y el desinterés por el manejo de la cosa pública.

En este análisis del comportamiento social, los politólogos concluyen que mucho tiene que ver el contexto en el que se comete la mentira. Esto es, el clima social. Un ejemplo fue la tolerancia que la sociedad norteamericana expuso frente al escándalo sexual que rodeó al ex presidente Bill Clinton. En el perdón social influyó una marcha positiva de la economía. “Pareciera que hay una fuerte tendencia a preferir gobiernos eficaces y decisionistas, a gobiernos deliberativos y más transparentes”, supo reflexionar el prestigioso sociólogo Emilio de Ipola sobre el comportamiento de la sociedad argentina.

La cita del doctor en Filosofía permite introducir otro elemento en la discusión: la excusa del pragmatismo. En base a ello, los dirigentes políticos actúan de una manera un día y, al otro, lo hacen de la manera opuesta. Ocurrió en los albores de 2008 en Tucumán: el oficialismo dijo que necesitaba desprenderse de inmuebles del patrimonio histórico y, frente a la presión social, optó por tomar otro camino. Hasta el edil peronista Juan Carlos Mamaní actuó con el libreto del pragmatismo bajo el brazo cuando, en julio, anunció que renunciaría a su banca por problemas de salud. No sólo no dimitió, sino que ni siquiera sus pares le creyeron la promesa.

“La gente quiere políticos que les digan la verdad”. De esa forma explicó José Luis Rodríguez Zapatero su triunfo en las presidenciales de España de 2004. Aquí, si uno se permite llevar por los ejemplos, parecería más aplicable uno de los consejos del escritor Oscar Wilde: “quien no dice la verdad, antes o después acaba por ser descubierto”.

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