El caso de Alberto Fernández es patético. Quizás él mismo lo sea y no alcance a percibirlo.

Por Jorge Fontevecchia

El caso de Alberto Fernández es patético. Quizás él mismo lo sea y no alcance a percibirlo. Como esas personas que, sin ser conscientes de sus límites, quieren dar el paso más grande que la pierna, se caen, tratan de disimular y lo único que logran es quedar aún más en evidencia.

Cuando un malo hace de malo, Moreno por ejemplo, hasta puede terminar siendo querible, por lo menos cuando pierde su poder de hacer daño. Pero cuando un malo que encima quiere hacer de bueno pierde su poder, cosecha doble indignación.

Histérico, sosteniendo lo mismo que ataca y atacando lo mismo que sostiene, fracasa estrepitosamente en sus equilibrios forzados por quedar bien con Capuletos y Montescos cuando Julieta ni siquiera lo mira. ¿Qué hacía él interviniendo frente a Cobos, preocupado por que el Congreso no le restara al Gobierno sus superpoderes cuando desde el Gobierno no querían su intervención y a esta altura del partido parece que hasta lo aborrecieran?

Sucede en el espectáculo, donde personas que cosecharon una gran popularidad en su momento de gloria, pasan rápidamente al olvido y no se resignan a volverse personas normales. Es desagradable y produce vergüenza ajena ver cómo personas así buscan cualquier forma de protagonismo, como un adicto a la fama con síndrome de abstinencia. En la política a veces sucede lo mismo.

Repetir, recordar y reelaborar. Ya había sucedido antes, cuando Néstor Kirchner pasó a su condición de ex presidente y él continuaba siendo el jefe de Gabinete: Alberto Fernández creyó que su seniority entre los ministros le permitiría sustituir al marido de la Presidenta. Incluso creyó que podría poner al ministro de Economía real y manejarlo él mismo, hasta que el pobre Lousteau chocó contra el iceberg de Néstor Kirchner.

Aunque muy repetido, resulta increíble ver cómo la soberbia transforma a gente inteligente en ingenua y el cazador termina cazado como un aprendiz.

Justo Alberto Fernández, que de él dependían las operaciones más importantes que realizaba el Gobierno en contra de opositores y periodistas críticos, termina siendo víctima de su propio veneno y encima se queja como una carmelita descalza. La vida es justa, diría un optimista. O quien a hierro mata a hierro muere, dice el refrán.

Su relación con los medios merece un capítulo especial. Artífice principal de la política de premios y castigos, de él dependía el sistema oficial de medios, el sistema "oficioso" y la pauta de publicidad con la que se discriminó y castigó a los que hacían lo que él hace hoy. Pero ahora no quiere pagar las consecuencias de lo que hace algunos años era él mismo el encargado de cobrar. Y se enoja con su ex subordinado Aníbal Fernández, quien, más rápido qué él, lo corre con cinismo y cara de bueno: "Creí que éramos amigos". Mal favor le hace el discípulo al maestro continuando discípulo, pero peor favor le hace el maestro dejándose cazar tan fácilmente.

Alberto Fernández, quizás allí resida el punto de inflexión en la desconfianza de Néstor Kirchner, apostó a construir una relación propia con algunos medios de comunicación, independiente de las conveniencias del Gobierno para el que trabajaba. Fue la fuente principal de muchos periodistas que, a cambio de sus informaciones privilegiadas, cada vez que hubo que criticar al Gobierno dejaban siempre a salvo a Alberto Fernández. ¿Cómo Kirchner no iba a percibir que su jefe de Gabinete recurrentemente salía ileso cuando él mismo cobraba palos de los medios?

Esta semana volvió a usar idénticos canales de comunicación que los que utilizó durante sus cinco años como jefe de Gabinete, pero ahora para victimizarse. Doblemente irónico, su ex dependiente Aníbal Fernández, concluyó: "No es verdad que escuchemos a Alberto: ¿qué interés podemos tener en escucharlo si habla por todos los canales de televisión, con todo el mundo?".

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