Qué lo Carrió

Por Eduardo Blaustein.

Antes que partidos lo que hoy tenemos es un sobrevuelo de confederaciones virtuales mutantes de opinable raigambre social.

Quichicientos años atrás Página/12 mandó este título principal de tapa: “Volvé Sourrouille, te perdonamos”. Fue en pleno bolonqui hiperinflacionario de los años de Alfonsín. Entre tanto barullo económico la asocio con una secuencia maravillosa de otras portadas del mismo diario: en la primera aparecía el hoy remoto ministro de Economía Néstor Rapanelli medio tapiado por una batalla naval, malherido y el título “Tocado”. Más bolonqui y al día siguiente se pudrió todo: la misma batalla naval, y, esta vez, “Hundido”. No alcanzo a recordar si no existió una tercera tapa intermedia: “Averiado”.

Acabo de escribir “secuencia maravillosa” de títulos de tapa y es que me traicionan alegres sales del oficio periodístico, cuando en realidad pretendía aludir a las cosas que los medios aceleran sin que esté claro que esté “bien” que ciertas cosas deban ser aceleradas. Decir que estos días estamos tontos por el sopor, la insufrible tele veraniega y el rally. Pero hay algo que se está instalando y es la probabilidad de que las huestes de Mauricio Macri se unan en las próximas legislativas con las de Elisa Carrió. De concretarse esa alianza –Carrió lo plantea en cómodas cuotas indoloras, que es el modo que tienen los políticos de acercarse o alejarse de actos y decisiones, digamos, mmm… controversiales–, de concretarse, digo, las próximas elecciones en la ciudad de Buenos Aires van a tener tanto suspenso como la vigésimo quinta vez que se ve Gladiador.

Las cosas se aceleraron también aquella vez que el radicalismo volvió de la muerte gracias a la alianza con el Frepaso. Tranquis, coleguis, no voy a decir que la Alianza fue fruto y culpa de los medios. Tampoco pretendo asegurar, como se hace desde el oficialismo, que estas movidas actuales vayan a constituirse en la Alianza, Segunda Época. Más bien pretendo preguntar algo que hace años jamás hubiera planteado, como quien dice, con alguna penita: hasta dónde estamos pagando el otrora discutido asunto del estallido de las representaciones políticas. Si los hubiéramos reemplazado, a los partidos, con algo sabrosón, seguramente no haría esta pregunta por la que me hubiera pegado unos cuantos zapatazos en la cara, unos cuantos años atrás. Se sabe que antes que partidos lo que hoy tenemos es un sobrevuelo ligerito de confederaciones virtuales mutantes de opinable raigambre social y territorial pero intensos aunque volubles niveles de sustentación mediática. Un modo de decir cuán inconsistentes e indistintas son esas confederaciones a la hora de pensar qué harán el día que gobiernen es el hecho de que el ilustre Lavagna podría ser ministro de Economía de varias de ellas: de la Coalición Cívica, de lo que sea que es el radicalismo, del armado que intente hacer Duhalde, del oficialismo y seguramente del socialismo de Binner.

Hay otro modo de subrayar los puntos en común antes que las diferencias: todas estas ¿aglomeraciones? aparecen parejamente fortachonas ante las cámaras en los momentos de auge. Pero así como amenazan con comerse a los chicos crudos, gracias a su virtualidad se derrumban fácil. Del oficialismo se conocen sus dificultades para presentar en sociedad nuevas figuras de peso. Pero sucede algo parecido con Mauricio Macri que a la hora de ofertar (así nos acostumbramos a decirlo) sólo tiene a Gabriela y nada más que a Gabriela. Y lo mismo pasa con Revelaciones Carrió: una de las tantas corrientes internas que con los años se fue del ARI habló en su documento de despedida de “macrocefalia del liderazgo” y “raquitismo partidario-institucional”. Es llamativo: muchos de los que hablan de república e institucionalidad, institucionalizan poco puertas adentro.

Los pecados de inconsistencia traducida en futura debilidad –eso que pagamos a la hora de hacer un país– no son exclusivos de Carrió aliada a Patricia Bullrich ni del Rico Aldo que se comió el kirchnerismo bonaerense. El asunto es que se vienen las elecciones 2009 y que los armados que salgan de allí, cualesquiera sean los engendros, van ser inestables con probabilidad de chaparrones. Easy comes, easy goes. Van a florecer en la tele y en las radios y pasará la primavera y vaya a saber durante cuántos años seguiremos inciertos mientras no surja ese algo que supuestamente deba reemplazar a las viejas representaciones políticas.

Hubo un tiempo que en que los grandes partidos no sólo hablaban de identidades y culturas más o menos sólidas. Tenían anclajes sociales, miles de locales callejeros, rutinas sacrosantas y diversos modos de interrelación con los mundos de los barrios, la economía, el saber técnico y el trabajo. Solían discutirse proyectos en esos partidos que además solían tener fundaciones, centros de investigación, alguna que otra regla de funcionamiento. Servían también, los partidos, como usinas generadoras de cuadros y técnicos, esos mismos que hoy no tienen las diversas representaciones del Estado, que así improvisa.

Mientras esos procesos de fondo discurren, por cada bolonqui político o económico “la gente” descarga su crispación y nosotros en las redacciones vivimos esos bolonquis como fiestas, felizmente electrizados en buenos títulos de tapa. Acaso sea por el distante sopor del verano: ahora mismo estoy tentado de escribir “Volved, partidos. Os perdonamos”. Lo escribo. Agarro el zapato y me pego y me pego.

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