Caros, los principios

Martín Caparrós.

Se suponía que tenían valores, todo cae cuando el Gobierno les dice a los que se llevaron la plata, a los que evadieron sus impuestos, que todo está olvidado.

Lo bueno es que ahora por lo menos sabemos cuánto valen. O, mejor: cuánto se creen que valen. (Será, si acaso, como en el chiste clásico sudaca sobre el mejor negocio: comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale.) Ahora sabemos, digo, el precio. No son baratos: deben pensar que sus principios son mejores que lo que parecen –y los cobran bastante. La propuesta de blanqueo y moratoria –que ayer empezó a discutirse en el Congreso– es eso: una etiqueta con el precio. Se suponía que tenían unos principios: la igualdad ante la ley, la oposición al capitalismo financiero, la “nueva cultura tributaria”, la apuesta a cierta redistribución a través del Estado, la insistencia en la justicia por sobre los olvidos. Todo eso se cae cuando el Gobierno les dice a los que se llevaron la plata, a los que evadieron sus impuestos, que no hay problema, que todo está olvidado. Por un puñado de dólares: economistas varios suponen que, en el mejor de los casos, puede volver un cinco por ciento de los capitales argentinos fugados, o sea: unos 6.000 millones verdes. Eso, sí alguien les cree y trae la guita –lo cual no está muy claro. Con mucha suerte, el Estado podría recuperar un 10 por ciento de ese cinco, unos 600 millones –y, al mismo tiempo, claro, aprovechar la módica reactivación que ese dinero puede traer a nuestra economía.

Es lo que valen sus principios. O, mejor dicho, el precio de cagarse en ellos: si lavaste plata, si evadiste, si truchaste facturas para quedarte con tu diego, no te preocupes, lo arreglamos –y si estabas en cana podés irte a tu casa. Si robaste diez kilos de carne en el negocio de la esquina, si le afanaste ochenta mangos a un pibe en una calle oscura, no, este negocio no te incluye. Evadir impuestos no es robarle a una persona; es robarles a todas, al Estado que debería gastar ese dinero en escuelas y hospitales para todos –o, por lo menos, para los que no tienen. Evadir es un robo más grave que cualquier otro robo: es robarles a los que menos tienen. Esos son los chorros que esta ley quiere salvar: los chorros grandes, los camisa y corbata, los amigos.

Por eso esta ley sí es un punto final: un punto sin retorno. Si la llegan a aprobar tal como está, nunca más van a poder hablar de sus principios: los habrán vendido –al amparo de una crisis que hace unos días no existía. Un poco caros, es cierto: como en el chiste malo.

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