Las dos caras de Aníbal F.

Por: Ricardo Roa

Lo único que le faltaba a Scioli es que Aníbal Fernández lo rete en público como si fuera su jefe. Sin el menor cuidado por la investidura del gobernador, Fernández le dijo a los periodistas que le había pedido a Scioli que "tome medidas un poco más contundentes" porque debía "poner fin" en un "corto plazo" a la ocupación de la fábrica Kraft. Y Scioli acató

Hay una sola manera de interpretar algo que el jefe de Gabinete pudo haber hecho en privado y ventiló a los cuatro vientos: cargarle a Scioli la responsabilidad de lo que estaba pasando y, sobre todo, de lo que podía ocurrir con la represión a los empleados y activistas a cargo de la toma. Si había que pagar costos, Fernández se los endosó de frente al gobernador.

Por la parte que le tocaba a su gobierno, el ministerio de Trabajo no le encontró la vuelta a una crisis que lleva 38 días y que se convirtió casi en un conflicto de principios. La empresa no estaba dispuesta a reincorporar activistas que pretendían imponer un poder paralelo y los activistas, a convalidar un solo despido. Encerronas así suelen terminar del peor modo.

Como siempre, el Gobierno ve la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el propio. Fernández, el que le ordenó a Scioli mayor dureza, es el mismo que mira en silencio cómo la Ciudad es bloqueada todo el tiempo por piquetes de cualquier origen y color y obliga a la policía a mantenerse con los brazos cruzados.

El vocero de la Federal ya se aprendió, por las dudas, el libreto K: "No vamos a criminalizar la protesta", aseguró como si en lugar de ser un jefe policial fuera un observador. Criminalizar la protesta equivale así a no intervenir y a dejar que el desorden se apropie de la Ciudad. Cualquiera puede hacer cualquier cosa.

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